La noche del primer ocaso [Flashback - Ingrid Shultz]

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La noche del primer ocaso [Flashback - Ingrid Shultz]

Mensaje por Liam Volt el Miér Mayo 14, 2014 11:29 pm

¿Cómo ganar una partida a la muerte? Haces trampa, le mientes, desdoblas las reglas a una única y particular conveniencia. Preocuparse de las consecuencias es la excusa del débil para justificar su falta de acción. El mundo es un elemento capaz de caber entre las manos de unos pocos que pueden obligarlo a girar a favor de las circunstancias. Sin embargo, la fecha de caducidad de sus componentes es un destino ineludible. No por ello el final; no la catástrofe a la que las personas buscan huir haciendo uso hasta del último aliento. Un fatídico evento que proporciona nuevas perspectivas, la iluminación de haber encontrado una salida tras un largo túnel. Yo invité a la muerte, voluntariamente llamando al frío de su nombre. Un paso adelante, la sorpresa que arrebata la primacía de la experiencia. Todo cuanto pedía era aquello que yo más repudiaba. Siempre supe que el precio de la libertad era su abrazo y mi ser esperaba con ansías su toque vacío. Inconmensurable odio profetizado por la profanación de su sagrado obrar. Tras un beso que arañaba los segundos, los fragmentos eran recogidos por huesudas manos para solo dejar la mejor versión de mí mismo. Gané, y haría con mi oponente el más fiel sabueso; transitando las huellas que mi andar dejasen para hacerse con los pútridos restos de cadáveres sin denominación. El peso de la historia era mi incansable escriba, el testigo de la llamada del silencio.

Horas que podían pasar sin la necesidad de un motivo, solo un hombre que miraba un arrugado y viejo mapa de las tierras europeas. Hojas amarillentas que adornaban la superficie de un escritorio de épocas pasadas, un viaje inconcebible para la vista del efímero mortal. La mente que entretejía planes que se extendían más allá  de simples razones cuales ramas que surcan bajo la tierra, escondidas al ojo desnudo. El tiempo es un factor  sin ponderación y un aliado que subconscientemente aporta a la marcha. Trascender, como primer paso, requiere de superar barreras más físicas y mundanas. Los sentidos son una maldición que centra a los seres a un presente que carece de mérito. El dulce placer de poseer la existencia solos se promete a aquellos con la paciencia de la inmortalidad. Con las excusas a punto de cada segundo, las cartas que sucedían  por sus manos lograban la perpetuidad de una cínica sonrisa. La magia de las palabras sobre el cristal, vaporeas líneas en un espejo que difuminaba la verdad en su reflejo hasta su transparente exilio. ¿Sería el único capaz de verlo? Divide y conquistarás es sólo el inicio de la estrategia, en la debilidad el caos y la peste se propagan con el destructivo arder del fuego. La semilla corrupta que asegura cosechas a su nombre, la manzana podrida de una maldición eterna. El hombre no es capaz de escapar al pecado de ser hombre. No había necesidad de que sus ojos fueran deponentes de las circunstancias, la inseguridad, la preocupación y la rabia eran aromas que fácilmente se percibían en la superficie de cada pensamiento en la condenada Alemania. ¿Por qué consumir aquello que te deja cobijo? La desesperación es un arma milagrosa, cuando todo falla los ojos siempre quedan puestos sobre un único salvador; uno que su mano apuntaría y cuyo nombre haría eco en el pasar de las décadas.

-Todo lo que se necesita es una guerra y la gente comienza a creer en cualquier cosa. Wilson siendo lo suficientemente estúpido para aceptar y promocionar la idea de crear una Sociedad de Naciones, es como si desearan dejarme el trabajo fácil- Su mirada volvió hacia la mujer que se sentaba provocativamente sobre el escritorio, decidiendo ignorar por completo los papeles, moviendo las piernas en un descarado incentivo. ¿Por qué? preguntó ella solo para darle el placer a su señor- Piénsalo, una organización que concentra el poder en un solo punto, capaz de sesgar a la capacidad individual de una nación por “simple consenso”. Sencillo de contagiar y que las ideas se propaguen a todo punto en el globo. La propuesta e información adecuada pondría a cientos de miles de rodillas ¿¡Quien habrá dado con tan buena idea!?- su risa resonó en el recinto, acompañado por un gesto divertido por parte de su acompañante- Gracias Fleur, pero esta noche te necesito en otras obligaciones. Verás, mi flor, las ideas no perduran sin situaciones que recuerden el porqué de su surgir. Para que este pequeño bebé sea considerado en mayor estima, la humanidad necesita de golpes más propicios, algo que les remarque su nueva  adquirida necesidad. Ve a Francia- con total soltura se acercó a ella, posando sus manos a cada lado del cuerpo ajeno para acortar la distancia casi por completo- Todo cuanto necesitas saber está aquí – comentó sonriente, arrastrando un papel con su derecha para presionarlo contra el pecho de la mujer. Sin lugar a dudas en el camino ella habría de pensar las maneras de ser retribuidas, pero hasta entonces había tiempo para pensar y tener el trabajo hecho; la velada nocturna que le esperaba sería muy distinta  a la de su protegida.

Existe un solo sitio donde la información fluye sin censura y eso es entre sábanas, mentirse a uno es el estandarte de la débil estupidez. Entre el calor y la buena compañía, la lengua encuentra descanso y se desenrolla para dar lugar a cada vil secreto y oscura tentación. Condenados desde un inicio, la humanidad es llanamente tonta. Volt tenía regalos, verdades a las cuales se es imposible resistir ya que valen más que la vida misma. El segundo Reich era una pieza necesaria que no tardaría en dar lugar a su próxima creación. La reina abeja y su sinfín de hijos dispuestos a acatar hasta la más mínima orden, su orden, y con cada hilo que tiraba la meta se vislumbraba más cercana.

-Los humanos son la concepción de la definición de la hidra, quitas uno y siempre tendrás dos esperándote detrás. El perfecto títere para un juego de sangre- con palabras dejadas a la merced del viento quedaba a espaldas su fino resguardo para aventurarse donde el flujo de almas se vuelve perpetuo. Lo que es bueno no puede ocultarse, no importa que tan alto  sea su estrato o los secretos que atesore. Zapatos que marcaban el paso dentro del recinto y una leve sonrisa capaz de desarmar con tan solo ser observada. La voluntad destruida de una joven le esperaba cómo única bienvenida, una vestimenta que generaba sensaciones encontradas en su persona, pero sin duda fáciles de despojar. Una pobre ignorante que terminada la noche no recordaría ni su rostro, solo una palabra que rara vez se le presentaba. No le buscaba a ella sino el conocimiento y guía encerrados en su mente.

-Dämmerung- y en una respuesta casi autómata era conducido a su objetivo.

“El ocaso de una gran esperanza es como el ocaso del sol: con ella se extingue el esplendor de nuestra vida.”
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Re: La noche del primer ocaso [Flashback - Ingrid Shultz]

Mensaje por Ingrid Schultz el Mar Mayo 20, 2014 7:14 pm

¿Qué me dirías si te prometiese la vida eterna? ¿Qué me darías a cambio de no envejecer? ¿Qué estarías dispuesto a entregar por no perderte en el tiempo sin que nadie recuerde tu nombre? Muchos responderían que estarían dispuestos a darlo todo. Otros, que no merece la pena quedar apartados de la vida llena de gracia al lado de nuestro creador. Las ambiciones humanas son algo innegable. Algo que toda civilización ha tenido como motor para nacer y morir. Los juegos de poder crean intrincados lazos entre los humanos que viven y mueren en las calles de las grandes cuidades y los pequeños pueblos. Pero, ¿qué vale una vida?

Ese tipo de preguntas aún no se le habían surcado por la mente de la joven Ingrid. Desprovista de sus padres a una joven edad, terminó trabajando en un burdel en el centro de Berlín. Las cosas se estaban poniendo tensas. Aunque aquello escapase al pequeño mundo que era la vida de la niña. De mirada dulce y ojos azules, la joven corría de aquí para allá cambiando sábanas, llevando botellas de vino y copas a la planta superior. Pero aquella noche era diferente. Aquella noche tendría la oportunidad de dejar el trabajo de criada para ser como las demás chicas, sus hermanas mayores.

Pero tenía muchas decisiones que tomar aún. ¿Qué tipo de chica sería? Cálida y cariñosa como Clara. Ardiente y lujuriosa como Zafiro. Fiera e indomable como Elsa. Atrevida y juguetona como Melissa. Cada una de ellas tenía algo que la distinguía de los demás. Cada una tenía algo que hacía que los clientes se fijasen en ellas y las diferenciaba de sus compañeras haciéndose una lista u otra. Madame les había enseñado a sacar partido de sus atributos y a esconder sus defectos. Ingrid tendría que elegir qué camino tomaría. Aunque aún tenía un par de semanas para ajustarse. Aún tenía tiempo para decidir aunque todavía no tenía ni idea de cómo lo haría.

Allí se encontraba en su habitación. Un cuarto con una cama grande de sábanas de color crema impolutas y cojines de terciopelo rojo. A un lado, una puerta que llevaba a un cuarto de baño pequeño con una ducha y un wc para refrescarse cuando le hiciera falta. En la pared contraria, una mesa con un espejo y un cajón amplio donde guardaría las pocas pertenencias que tenía por ahora. Más adelante, cuando fuera mayor, guardaría el maquillaje que acentuaría sus ojos y sus labios. A cada lado de la cama había dos lámparas que iluminaban casi de forma tímida la estancia. Un armario al lado del gran ventanal que daba a las calles de Berlín, donde guardaba sus vestidos, ropa interior, lencería y camisones. Madame había sido generosa con la habitación que le había entregado y después de un año y medio ahorrando para comprar cada pequeño objeto que adornaba aquel lugar lo había conseguido. Ella le había criado y ahora le tocaba pagar de vuelta el dinero que había invertido en ella.

Vestía un bonito conjunto blanco hueso. Si era demasiado claro, chocaría con su piel, pero oscuro no era algo adecuado para una niña tan pura e inocente como ella según le había aconsejado Madame a Elsa cuando escogía la indumentaria para presentarla. Se sentía un poco expuesta con aquel corsé apretando su menudo cuerpo para darle las formas que aún no se habían pronunciado. Un buen inicio para las curvas que con la edad se crearían. Unos cortos pantaloncillos con volantes del mismo color, creaba la ilusión de que fuera todo una pieza. Unas medias que brillaban con suavidad con las luces tenues que tenía el local. Tacones no muy altos, delicados y el pelo recogido en un moño elegante y llamativo. Solo un adorno tenía en forma de varilla plateada con unas delicadas alas que sobresalían de su cabello oscuro. Engel sería conocida a partir de entonces para la clientela.


-Estás preciosa, niña -la voz de Clara la sacó de su ensimismamiento. Cuántas veces había pasado la brocha con el colorete por su mejilla. La risa de aquella mujer, tan cristalina como un riachuelo que caía desde la cumbre de las montañas inundó la habitación haciendo que la joven se sonrojase. -Deja que te ayude. No te pongas nerviosa. Ya verás como lo haces bien esta noche -aseguró tomando un paño quitando el exceso de rosa de sus mejillas atenuándolo. -¿Ves? Mucho mejor. Anda, ven conmigo. Madame nos llama y debemos dar la bienvenida al señor Volt -dijo la mujer tomando a Ingrid de la mano haciendo que se pusiera en pie.

Ingrid la siguió con paso nervioso. Solo le había visto una vez en su vida. Y de eso, hacía años. Él ni siquiera se había dado cuenta de que ella le estaba mirando tras la falda de Zafira con sus ojos azules plasmados sobre su rostro abiertos de par en par. Parecía como si hubiera robado todo el aire de la sala al poner un pie en ella. Recordaba haberle seguido con la mirada antes de que Madame la hiciese marcharse para recoger la habitación de Melissa. Se hubiera quedado más tiempo, pero no era bueno hacer a Madame enfadar.

Al entrar en la habitación fue recibida por sus hermanas. Cada una vestía sus mejores galas para recibir al señor Volt. Por lo que había podido escuchar a escondidas de lo que hablaba Madame con Claude, un viejo contable que se había mudado desde Lyon, Volt era un gran benefactor de Dämmerung. Así que todas estaban obligadas a sorprenderle y darle el mejor trato posible. Ingrid sonreía a los halagos de Clara y Zafira sonrojándose por los comentarios picantes de Melissa sobre lo que haría aquella noche.


-Venga. No te pongas así. Tarde o temprano vas a tener que aprender a abrir la boca y...-había empezado a decir Melissa riendo vestida con su ropa ajustada de color verde oscuro.

-Déjala Melissa. Nadie quiere escuchar tus consejos sobre felaciones -increpó Madame ante las risas de las demás. -Ven conmigo, niña. Quédate aquí cerca de la puerta en la penumbra. Si quiere algo, tú se lo sirves. ¿De acuerdo? Si no tenemos lo que quiere, le dices a Ícaro que vaya a buscarlo, ¿capisci?-dijo con firmeza a la muchacha arreglándole los mechones oscuros que caían por los lados de su cara. -No te preocupes, dolce Ingrid. Ya tendrás tiempo de estrenarte. Ahora ve, ragazza. El señor Volt está a punto de llegar. No me decepcionéis -dijo con aquel acento italiano que la caracterizaba.

Y así, Ingrid quedó relegada a un segundo plano esperando a las peticiones de la Madame y el señor Volt. No la vería de nuevo. Solo sería una sombra bajo las luces brillantes que eran sus hermanas. Tan bellas, fuertes, seductoras. Unas ninfas que llevaban lejos a los hombres que podían permitirse ser llevados por unas horas al séptimo cielo o al más perverso de los infiernos.


-Benvenuto, señor Volt. Pase, pase -dijo la Madame guiándole hacia el interior de la sala. Y de nuevo, parecía que le arrebataba el aliento a la joven Ingrid que solo podía mirarle. Solo existía él en aquel momento. Sin siquiera haberse dado cuenta.
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Re: La noche del primer ocaso [Flashback - Ingrid Shultz]

Mensaje por Liam Volt el Jue Jun 05, 2014 8:11 pm

Las manecillas del reloj parecían apenas moverse con cada segundo. Tiempo. Una idea construida por los mismos mortales para contabilizar su escasa estadía en el mundo. La medida que le daba sentido y orden a sus miserables existencias. Tic, el pequeño mecanismo marcaba el paso de un nuevo minuto. Obviamente los mortales no poseen la exactitud de un  inmemorial, y de hecho al único que ser que podía atribuirsele tal puntualidad era solo la muerte. Sí, la repudiada muerte, aunque neutral a todas las cosas, algunos le odiaban quizás tanto como a él mismo. Su mero nombre era condena ¿Por qué negarlo? Siquiera intentar pronunciarlo era demasiado, nadie sería capaz de entender la belleza y grandeza tras unas únicas palabras. No, aquél conocimiento se había limitado sólo a él y al omniinutil creador de todo el universo, si es que había uno en existencia. La sonrisa que observaba reflejada en el cristal del espejo le respaldaba las ideas que surgían de un segundo al otro. Verse de esa manera le recordaba cual era el juego actual, su rostro tras una hermosa lámina de cristal. La máscara que mostraba la cara que todos querían ver. Un último click le hacía saber que el momento había llegado, era hora de probar nuevas almas.

El burdel, un sitio donde los cuerpos se reúnen ante la caída inevitable hacia los deseos de la carne. Un lugar donde los puntos de vistas varían como los colores de un camaleón, y por sobre todo, la naturaleza mortal se deja más expuesta para ser juzgada. Sin embargo, él no era juez alguno. El mundo habría de caer en desgracia y los heraldos ya estaban listos para traerla. Mientras más almas corruptas habitaran la tierra, mayor sería el ejemplo que podría dar a sus "impolutos hermanos". Los humanos son seres imperfectos, faltos de la belleza y la gracia divina del poder que les dio origen. Manchados desde un inicio, la Tierra sería un mejor lugar sin esa peste bípeda. Por eso, y la vendetta personal que se había amasado en siglos de estar confinado a la fría oscuridad de sombras eternas. La cadena rota que pronto encontraría su verdadera libertad, alejada de un sinfín de cadáveres fragmentados de débiles eslabones y caminos sin salida. Tratar con mortales no era más que un trámite pasajero. Sencillo y tan cotidiano que podía volverse hasta burocrático. A pesar de ello no dejaba de divertirse, había pasado lo equivalente a una eternidad encerrado en lo más profundo de los infiernos, torturar almas humanas hasta dejarlas irreconocibles era uno de los pocos hobbies que se permitía. Las masacres sin razón, la violencia desmedida, y el sadismo eran algunas actividades de gran importancia, pero que por lo general relevaba a alguno de sus tantas "flores". ¿Para qué molestarse en trabajo que podían hacer otros? La importancia estaba en divertirse, alzarse por sobre los demás sin que estos dieran cuenta de ello. Pisotear las voluntades y demostrar su victoria frente a toda la creación, placer absoluto. Esa misma perfección de la que se jacta, lo convertía en la antítesis de todo. Era cuanto su padre había querido que fuere, el hombre más poderoso y sagaz, una fuerza capaz de alzarse y golpear a Dios en la cara para demostrar cuan equivocado estaba. El tiempo se acerca y el reloj no posee frenos.

De a una en una, carentes de inhibición o vergüenza, los señoritas se presentaban de la manera que dictaba el protocolo y la etiqueta de un secreto que él mismo había ayudado a fundar. El hombre de cabellera oscura las esperaba con una sonrisa cautivadora, de aquellas que no puedes apartar la mirada por el mero temor de perderla de vista. El blanco de su dentadura resaltaba en contraste con su vestimenta y la pálida piel, todo a la medida justa para crear la imagen del hombre perfecto. No faltaron tampoco las sonrisas lascivas, guiños furtivos, movimientos provocativos y una cercanía al espacio personal que para algunos podía considerarse invasiva – Madame – dijo tenuemente, marcando el acento alemán por puro placer. Volt dejaba que las señoritas hicieran mas sin devolver el gesto, un recordatorio de quien estaba a cargo y tenía la última palabra. Acostumbrado a las sombras, un ente que se movía por ellas con la facilidad del viento en una tormenta, sus ojos se posaron en lo que había más allá, el detalle que la persona corriente y banal pasaría por desapercibido - ¿Qué tenemos aquí? – preguntó con gracia medida, cuidando la sonrisa con una meticulosidad adquirida en el paso de los años. Un gesto que ocultaba la verdad a plena vista, el filoso peligro  de marfil blanco. Solo el iluminado reconoce el verdadero resplandor – Madame, supongo que podemos acordar un cambio de planes – Solo entonces miró al resto, algunas había probado y otras quizás quedarían para un nunca. Aunque placenteras, la sucia esencia de sus seres supuraba de cada poro como una realidad casi palpable. Allí no había un río carmesí sino la brea negra más espesa que pudiera probar.  Manchadas por el toque de la mortalidad propia y ajena, convirtiendo sus toques en verdadera salvación para aquellas almas en condena. No. Quien se alza por sobre lo demás prueba lo mejor, siempre – Cuando llega el ocaso de la inocencia se da paso a un amanecer lleno de posibilidades- Donde incluso las sombras quedan a la luz del día confinó a la chica en secreto. Si sus labios habían conocido el movimiento, o no, es un misterio que se enterró en aquél instante. Observando a los ojos de su objetivo permitió que más preguntas se enrollaran en una intrínseca espiral que llevaba a su mirada – Dime, Ingrid ¿Quieres acompañarme?- Su voz murió tras la pregunta, sellando el silencio con la risa en su mente.
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