El precio de la libertad~ Libre

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El precio de la libertad~ Libre

Mensaje por Natasha Nikoláyevna el Sáb Mayo 03, 2014 11:06 pm

La reunión del mediodía había sido la segunda – tal vez la última- suponía con alivio. Si ella misma no ponía fin a su acuerdo, algo que podría ocurrir muy pronto si su viaje de investigación iba como había planeado, existía una posibilidad real de que, en cualquier caso, Gregorio no siguiera por mucho tiempo entre los vivos. Su piel tenía un color tan mortecino que Natasha había podido distinguir las redes de venas azules bajo la superficie pálida y delgada. Los ojos de Gregorio ardían en fiebre y casi no podía sostenerse con el bastón. Resultaba absurdo que el hombre abandonase la cama y mucho más que celebrase una reunión de negocios en el salón principal de su mansión. Sin embargo, era todavía más absurdo que hubiese buscado tan desesperadamente una entrevista personal con la hija única de Alexei Yefímovich quien, por razones que pocos conocían, portaba un apellido que se había dejado de nombrar hacía años en Rusia. No era secreto que la visión de Gregorio no le agradaba en absoluto, notándose en sus facciones delicadas y suaves el rechazo que generaba en su interior. Ese hombre era impetuoso y poco profesional, justo la clase de cosas que Natasha debería haber esperado de un fantasioso coleccionista de arte como él. Los protocolos habituales de investigación exigían permisos para visitar bibliotecas privadas y esa biblioteca era mucho más conservadora que la mayoría. Imaginaba que sería pequeña, pintoresca, llena de helechos y de espantosas pinturas al óleo de corderos y niños, la clase de decoración patética que las monjas encontraban adorable. Suponía que la bibliotecaria tendría unos setenta años, que era una mujer sombría y enjuta; una criatura severa y pálida que no apreciaría en absoluto la colección de imágenes que custodiaba. Belleza y placer, los elementos que hacían soportable la vida, seguramente serían inhallables en la biblioteca del Museo de Belvere.

Como una musa que se sienta a esperar las palabras preciadas del artista que se compromete a pintarle, había soportado hasta el hastío la presencia de Gregorio para obtener la preciada información de sus propias manos. Un sello que terminaba en un escudo familiar y unas coordenadas que le llevarían al sitio donde podría encontrar ejemplares históricos acerca de aquello que no existen en las bibliotecas normales.

-Como le prometí – voz que se corta en el instante final de la oración, tosiendo aquel liquido carmesí en un pañuelo tan blanco que terminaba por delatar su real estado. Gregorio estaba muriendo y tal cómo había pactado, entregaría a Natasha aquella dirección única junto con una serie de encomiendas para una mujer que demasiados años había vivido apresada a sus mesquinos intereses. – Los pergaminos sagrados. Deberás devolverlos a la Biblioteca que se encuentra debajo del Palacio de Belvere. Presentando este pergamino a los iniciados, le permitirán el paso, hermosa Natasha, a los secretos que los mios y yo hemos resguardado por generaciones enteras.- De nuevo la tos. Gregorio se apoyó sobre la empuñadura de marfil cubierta de sudor de su bastón, tratando de contener la irritación que sentía. Los ojos claros envueltos en las pestañas largas y negras de Natasha parecían incapaces de entender lo malo que significaría la muerte de aquel hombre que había puesto en ella su confianza. En su interior, dentro de su alma particionada, esperaba aquello con ansias, de forma que pudiese liberarse de aquel ser tan repulsivo y pedante. –Natasha, si tus miradas severas pudieran alimentar poco más mi vida, sería inmortal – depuso el rostro cansado al suelo, al a vez que el viento se escuchaba en el exterior. Extendió su mano anciana para así buscar posarla sobre la piel lunar de esa mujer intachable, helada como el clima que azotaba en las afueras. Ella no dudó en mover el brazo, poniendo su peso en las botas de cuero negro que cubrían sus delicados pies. Las telas de su falta cayeron en cascada por sus piernas esbeltas y sin el menor reparo en decir verdades, Natasha respondió a aquella muestra de amor sincero – Lo maldigo y aun así me ama. El tiempo pasa para todos, Gregorio. Nuestra relación ha finalizado en el instante en el cual me ha dado esto. Jamás permitiría que usted, mortal o inmortal tocase un centímetro de mi piel. La desdicha me ahoga al creer que pudiese confundirse conmigo. Pero no es mi culpa sino la suya que alimentó sus falsas esperanzas buscando despertar en mí la pena, cuando en realidad, genera desdén, repulsión, asco…-

Gregorio lo sabía y en un gesto de hombre de alta cuna, parecía perdido en las palabras de rechazo. Setenta años y una enfermedad mortal ¿Un rechazo podría dolerle más que aquello? Al menos había ganado años en compañía de una mujer que alimentaba las fantasías gastadas y perdidas de un anciano egoísta – No tiene otra culpa que su belleza, Natasha. Cuando más le amo, más me odia – buscó decir antes de que su tos volviese a interrumpir su declaración de amante, una vez joven – Su locura, Gregorio, no es culpa mía. Con permiso…- era su despedida pero la mano estirada de Gregorio posándose en la propia le detuvo. La fiera mirada de Natasha se plasmó en sus facciones como un lienzo en el cual se dibuja un animal salvaje pero, la piedad emergió de su alma al ver los ojos cansados del anciano que estaba muriendo, sintiendo la dicha en el calor humano que devolvía su propia piel. ¿Por qué no moría de una vez y le liberaba de esa tortura de ser deseada por semejante ser? El anciano negó con la cabeza, bajando la mirada nuevamente para volver los ojos al mundo que se movía en el exterior cual amante resignado – Váyase, Natasha. Espero que algún día pueda perdonarme estos años que le quité en mi egoísta deseo de compartir lo que me quedaba de vida en su compañía. –

Natasha liberó sus dedos y sin permitir que le viese el rostro, sin siquiera poder entregarle un beso de despedida pues la sola idea le repugnaba, atravesó la habitación con el resonar de sus botas de tacones altos y salió sin decir vocablo alguno. Aun así, cuando la puerta se cerró detrás de ella, sus labios se abrieron como si buscase una bocanada de aire desesperada. Sus manos temblaban y sus ojos dejaron surgir dos lágrimas transparentes como el manantial. No prostituta, pero sí amada sabiendo el poder que el amor genera en los hombres. Una fantasía mentirosa en un anciano moribundo y todo para llegar a aquello que anhelaba. –Le perdonaré el mismo día que me perdone a mi misma…- su mente habló, limpiando sus ojos con la suavidad de sus dedos blancos. No volvería a verlo y lo sabía. Jamás volvería a pisar esa mansión donde la muerte parecía una visita habitual.

Aun así, el recuerdo del anciano no se marchaba de sus pensamientos y a pesar de los años que había compartido a su lado, ni un mínimo musculo de sus facciones de porcelana reaccionó ante la noticia de su fallecimiento. Ahora era libre para poder visitar Viena y llegar a ese museo en cuyo interior se escondía una de las bibliotecas más secretas del mundo. El pergamino con el sello entregaría la noticia del fallecimiento de Gregorio Howe, miembro del selecto grupo de los Observadores. Sumado a ésta, la presentaba a ella, Natasha Nikolayevna como su señora viuda, quien en conocimiento de la sectaria orden, pasaría a ser también una guardiana de los secretos herméticos de los Observadores.

Desdichada Natasha, cuyos ojos son estrellas polares y los dulces aires de su voz más armoniosos que el canto de la alondra al oído del pastor cuando riega y comienza a florecer la primavera. Luego de tantos años en compañía de aquel que no amabas, por fin la herencia que éste te otorga ha llegado a tus manos. Acceder a un mundo desconocido ahora que la luna en lo alto brilla magnifica y gloriosa. El museo de Belvere se encontraba ante sus ojos y aun así, no podía dar crédito a ello. Sin embargo, el miedo se apoderó por un instante de su cuerpo y su caminar decidido se detuvo frente a los soberbios escalones de mármol. ¿Y si Gregorio había mentido? ¿Si la orden no existía? ¿Si esa biblioteca no existía? Sus dientes cuales perlas mordieron en un gesto contenido su labio inferior y tuvo que tomar aire para poder seguir avanzando. Debía existir. Tanto la Biblioteca como la Orden. Su padre no la habría entregado a Gregorio de no ser así. Gregorio, amigo de su propia abuela. Pero todo era por un bien mayor; mucho mayor. Todo sea por obtener la información que salvase a la hermosa mujer rusa de la maldición que caía sobre ella desde el instante en el cual había nacido. ¿Qué son unos años en compañía de un ser despreciable comparados con una eternidad?

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Re: El precio de la libertad~ Libre

Mensaje por Leonard Langschwert el Dom Mayo 04, 2014 5:53 am

Pertenecer al grupo de los Observadores significaba muchas cosas, entre ellas estar en contacto directo con algunas de las miserias del mundo, y bestias capaces de producir una angustia existencial tan insoportable que al final muchos de los miembros del grupo no lograban sobreponerse a los tormentos del mundo de tinieblas, y los que no se suicidaban tarde o temprano se ganaban el odio obsesivo de los vástagos de la oscuridad, pero ninguno de ellos había sido Gregorio. De alguna manera el hombre se las había arreglado para llegar hasta la decrepitud y posteriormente al lecho de muerte. Esto no quería decir que el viejo Gregorio se había alzado sobre las criaturas innaturales a las cuales escondía, o incluso, arrebató secretos. Como todos, o por lo menos la mayoría de los Observadores, se ganó un enemigo en la noche que lo sobresaltaría y perseguiría hasta el fin de sus días.

La imagen en sus sueños febriles durante los últimos años era más que una alucinación, aquella lúgubre y terrible imagen de ojos brillantes que destellaban en la oscuridad de su mente delirante realmente existían. Claro que aquel temor tenía una causa infundada, nunca nadie actuó de forma directa contra él, lo que significaba que sí aquella criatura existía, había sido imperceptible al grado de acontecer como el murmullo de una paranoia para aliados y enfermeras. Nada estaba más alejado de la verdad.

Sin saberlo, Gregorio se había convertido desde una temprana edad en tema de investigación para una criatura tan ruin y malvada que usaba como arma la paciencia y el tiempo; los que en condiciones naturales ya no le significaban absolutamente nada. Un heraldo de las tinieblas tan astuto que se colocaba más allá de la violencia para obtener lo que quería y le interesaba de aquel hombre. Durante décadas la biblioteca personal del anciano había sido violada constantemente por siervos cuidadosamente colocados y disfrazados a fin de pasar como miembros de la servidumbre, pero jamás encontraron rastro alguno del tesoro más importante que se escondía celosa y cuidadosamente en la mansión, pero al final, con la muerte de Gregorio, el secreto se desveló, sin la necesidad de derramar una sola gota de sangre en el proceso.

Los pergaminos habían salido a la luz, y su portadora, la viuda de Howe, ahora estaba en la mirada de esos ojos que nunca nadie ve hasta que es demasiado tarde.

Nunca lo supo, pero desde el momento en que sus pies abandonaron la seguridad de la mansión del difunto Observador, unos pasos silenciosos siempre estuvieron demasiado cerca de ella, disfrazados en el concurrir de las multitudes, e imperceptibles en la soledad. Durante horas fue así, y en la quietud una línea más peligrosa se atravesó sin plan alguno. Aquel monstruo de la tranquilidad sintió una curiosidad poco habitual palpitar en su corazón cada vez que sus ojos velados contemplaban las líneas de un rostro demasiado bello, frio y al mismo tiempo triste uniendo en ella sensaciones y emociones que nunca había visto convivir al mismo tiempo en un mortal... fascinandolo, seduciendolo.


Cuando el momento de la verdad había llegado, y la damisela se plantó dubitativa y contemplativa a los pies de las escaleras, el archidemonio abandonó su velo de anonimato y se dejo ver a la luz de los últimos rayos de la tarde, bajando sobre los peldaños que ella tenía que subir originalmente. Su talante era la de un caballero de la alta aristocracia, con un gusto sobrio y refinado más que claro en el conjunto de su vestir; un traje negro y sobre encimado un pesado saco inglés  cubriendole los hombros y que casi le llegaba hasta los tobillos.

- ¿Usted es la viuda de How?- El momento del juego había llegado, su voz se levantó con claridad en el tono zafio de su personalidad. Con un movimiento de su muñeca ladeó ligeramente la sombrilla con la que se protegía de los últimos rayos del crepúsculo, mostrando su rostro angélico; cuya perfección también resultaba perturbadora. Su piel era tan blanca y tan lisa que no parecía de este mundo, además le acompañaban otras rarezas, como el gesto de sus ojos; siempre severos, y también estaba su sonrisa lobuna. Y como sí todo eso no fuera suficiente, también estaba aquella larga caballera plateada de canas prematuras. –Disculpe la interrupción, hace horas que la espero aquí por ordenes de su difunto esposo. Mi nombre es Arthur Black, y soy miembro del consejo de Observadores- Y he ahí su máxima cualidad, el hombre que había vivido mil vidas y que podía ser y presentarse como la persona que él quisiera, engañando a los más escépticos, amigos o enemigos, pues esa era la naturaleza del Luxifero, del Vampiro. Leonard era la epitome del cuento del lobo que se disfraza de oveja para irrumpir y asesinar dentro de un rebaño.
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Re: El precio de la libertad~ Libre

Mensaje por Natasha Nikoláyevna el Dom Mayo 04, 2014 10:16 pm

El crepúsculo comienza cuando el astro solar oculta con lentitud soberbia su figura en el cielo, tornándose éste en una mezcla de tonalidades naranjas y violetas, sabiéndose que la noche era pronta. El sonido que proviene de las calles se atenúa de a momentos permitiéndose solo el soplo del viento respirar en las cercanías de la piel de mármol de la infame Natasha. Su cuello envuelto por un pañuelo era el único rasgo de tonos claros en su vestimenta, negra por el luto que debería guardar a pesar de no sentir el dolor por pérdida alguna. Y sobre ésta, la cabellera cobriza atada de tal forma que, sujeta firmemente por una peineta de plata cuyo escudo bordeado en formas entrelazadas, terminaba en una afilada punta, era incapaz de ser deshecha por el viento o la brisa. Solo algunas hebras de su cabellera roja se mecían de un lado al otro, buscando libertad. A pesar de no poseer la calma habitual de su carácter, nadie que no pudiese tocar directamente su corazón, sabría que éste estaba latiendo con especial discordia en su interior. Un instinto tan humano como lo es el miedo se apodera de su ser a pesar de que los pasos resonantes de los tacones de sus botas le acercan al umbral de ese museo. Envuelta por el hechizo que éste desprende, no ha notado figura alguna hasta que la sombra de un mancebo señor se posa sobre ella, haciendo que la mirada angelical de la dama se pierda en él en un decreto de sus ojos salvajes. El primer reflejo que predomina es un alerta tácito, como si el correr en ese instante fuese una reacción poco descabellada más allá de que, al pensarlo con detenimiento, sería irracional.

-Buenas tardes. Así es. Soy Natasha Nikolayevna– su respuesta no se hace esperar; vanidosa incluso en esa situación, incapaz de unir el apellido de "How" a su nombre. Aunque su rostro angélico y carente de imperfección no mostrase el menor signo de temor, en sus ojos existía un brillo profundo, como dos estrellas escondidas en el centro de sus pupilas negras recubiertas de guirnaldas verdes cuando, ante ella la luz del día moribundo fue eclipsada por una figura masculina, de porte noble e intimidante. Natasha solo sentía las caricias de sus cabellos moviéndose débilmente alrededor de su rostro en el momento en que sus mejillas heladas se llenaron de aquel gesto tan humano como lo era el rubor. No hubo palabra que interrumpiese al varón espectral, puesto que toda la energía de la bruja estaba en admirar su oscuridad, peleando con siglos de tradición. ¿Era posible que Rasputín viviese y, dueño de una forma humana, haya llegado a ella? Fue el destello inhumano de sus ojos y la palidez profunda de su rostro cadavérico lo que respondió a Natasha su interrogante. Más los labios de aquel caballero le quitaron el misterio a su identidad. Como Arthur Black se presentó y de esa forma, Natasha volvió a respirar rompiendo el contacto de los ojos ajenos con un débil movimiento de cabeza – No se me había notificado que era esperada por un observador. Menos que gozaría de una escolta- resuena su voz angelical y melodiosa como el canto de las sirenas, tratando de mantener la quietud que siempre predomina en su interior. Extiende su mano en un gesto de saludo cordial, aquel que existe entre los hombres cuando el velo de la sospecha comienza a invadir sus pensamientos. Nuevamente sus ojos se posan en los de Arthur y en una débil sonrisa que se dibuja en sus labios delineados en rojo; un leve y disimulado paso hacia atrás es la primer respuesta que su cuerpo atina a realizar en ese momento– …Porque no hay persona que tenga en su conocimiento que yo vendría aquí. Solo mi esposo quien, como ya ha manifestado saber, ha dejado este mundo hace pocos días.- su voz exuda valor y clara sospecha, pero son sus ojos los que realmente destellan como estrellas encendidas en un cielo completamente carente de luz.- Y ni siquiera él gozaba de la fecha certera en la cual yo vendría a este lugar…-


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Re: El precio de la libertad~ Libre

Mensaje por Leonard Langschwert el Lun Mayo 05, 2014 2:51 pm

A pesar del matiz resistente que recibió en cada una de las respuestas de su interlocutora, su gesto no desvarió en ningún momento, respetando la sonrisa con la que se mostro desde el primer momento; aunque ciertamente adquirió una escala diferente, que solo podría describirse como un gesto más divertido.- Es natural que se sienta sorprendida e incómoda con esta sorpresa, sin embargo como viuda de Howe debería saber mejor que nadie lo prevenido que era el hombre.


Desde antes de su muerte, sir Howe dejó instrucciones claras con la servidumbre y algunos de sus contactos para que los Observadores estuviéramos al tanto de usted. En otras palabras la hemos cuidado desde poco antes de que su esposo falleciera, y en cuanto salió de la mansión y cruzó la frontera adivinamos que venía hacia acá, por lo que he estado esperando a las puertas de esta biblioteca las ultimas… -Checó su reloj de bolsillo, aumentando las sugerencias de una estirpe anglosajona.- ...3 horas.- Le explicó en consideración, usando el extravagante discurso de un hombre romántico que sin duda había vivido por largo tiempo a la sombra de la opulencia.

Su presencia pesaba, y así como podía pasar totalmente desapercibido cuando se lo proponía, también podía convertirse en el centro de atención, y no hacía falta más que mirar alrededor para darse cuenta de ello. El gentío a su alrededor lo admiraba con rostros que variaban entre la admiración y el temor total. Las personas que experimentaban esta sensación no sabían explicarse cuál era el motivo preciso. Probablemente era a causa de esos severos y grises ojos que parecían penetrar hasta lo más profundo del alma, y ahora recaía como un rayo de plomo sobre la damisela Nikolayevna cuyas facciones embrujaban de tal manera que El Vampiro no podía apartarle la mirada.

Sir Howe era un hombre celoso que me advirtió acerca de esto. Estaría muy molesto conmigo a causa de la emoción que me provoca su presencia.- Confesó. Luego cerró los ojos en un intento desesperado por liberarse de aquellos pensamientos básicos como la pasión. Durante siglos Leonard había perdido la capacidad de sentir interés por otros seres, ocupándose de lo único que creía realmente importante: La influencia y el poder, empresas que lo habían mantenido ocupado durante por lo menos los ultimos 6 siglos, percatarse de golpe que la mujer frente a él podía remover en su alma y en su corazón sensaciones violentas como la atracción y la seducción no hacían otra cosa que abrumarlo e incomodarlo, a tal punto que cultivó en su imaginación la posibilidad de abrazarla, ahí en medio de la concurrencia misma. Un impulso casi adolescente evitado únicamente por la aguda razón capaz de sobreponerse a sus instintos.

“Ahora entiendo porque el viejo Gregorio estaba tan obsesionado contigo” Cruzó por su mente.

Hasta entonces su atención había sido conquistada solo por ella, pero volviendo al origen de su presencia en ese lugar, bajó su mirada para observar lo que doncella traía consigo.- ¿Trae consigo los pergaminos?- En un gesto disimulado y minúsculo observó hacia sus costados, estudiando a los hombres y mujeres en la cercanía; como confirmando que nadie más aparte de él hubiera seguido a lady Nikolayevna.- De ser así este no es un lugar seguro- Vociferó, bajando el último escalón y poder colocarse sobre el mismo y largo peldaño en donde la había interceptado, y que casualmente definía la mitad del camino hasta el portón de la biblioteca. – ¿Me permite llevarla a un lugar más adecuado para esta reunión?
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Re: El precio de la libertad~ Libre

Mensaje por Natasha Nikoláyevna el Mar Mayo 06, 2014 6:06 am

Sombrío era el aliento que se cernía caprichoso sobre la ciudad, tan oscura como el abismo más inexplorado pero no por ello menos hermosa. Distinguida como una ninfa emergente de los brazos oscuros de la noche, Natasha no movió un solo músculo de su rostro ante las palabras del vivaz hombre. Un varón prodigioso y llamativamente incitante que, a la misma vez, parecía gozar de una tranquilidad atípica en sus gestos. –Muchos serían los adjetivos que utilizaría para referirme a mi fallecido esposo pero prevenido no estaría entre los mismos. - las palabras emergían con la suavidad de los cantos, envueltas en el mismo misticismo que envolvía a la bruja de cabellos ardientes como el fuego pero durante sus cortas frases, solo ver al varón en las penumbras le mostró un rostro diferente que él ocultaba detrás de un velo de despreocupación. Podría ser un sexto sentido aquel que afloraba de su interior, casi como si las frases dichas por el desconocido en realidad ocultasen algo que no terminaba de revelar. Pero no podía ser así de arisca sabiendo que, efectivamente, Gregorio habría invertido tiempo y fortunas con tal de tener la mirada ajena sobre su ser cual trozo que sería de su pertenencia. Lo había hecho en vida ¿Tan descabellado era que continuase con ese caprichoso accionar luego de muerto?

En un suave gesto de sus cejas, levantándose con gloriosa parsimonia de forma tal que delataban su descontento, la nieta de la emperatriz rusa liberó el aliento de sus pulmones, volviendo su mirada celestial al desconocido – Agradezco la lealtad que le unía a Gregorio. Puedo comprender que también usted cumplía con su trabajo. Pero mi esposo ha muerto y por lo tanto, está liberado de cualquier tipo de contrato que haya tenido con él…- en medio de sus palabras melódicas enunciadas por una potente voz delicada como el canto de una náyade, las telas de su prenda se mecieron con delicada insistencia, mostrando las piernas impecables de la bruja Natasha, quien escondía sus pantorrillas de nieve con unas ceñidas botas de cuero negro. Levantó su mano como si con esta fuese a acariciar el rostro del varón pero solo fue el principio de un elegante ademán puesto que su acción llevó a sus dedos a limpiar su mirada de las hebras rojas que escapaban de su peinado – En palabras más claras, lord Arthur: no me gusta que me persigan. – dueña de un carácter severo, su hermosa voz se había levantado en muchas ocasiones en contra de su esposo por buscar encerrarle como si de un ave se tratase. Un trofeo que le gustaba exhibir y del cual siempre exigía absoluta presencia y atención. ¿Incluso muerto se las había arreglado para volver su vida aun más desdichada?

A pesar de la molestia manifiesta en sus rasgos de marfil; los ojos temperamentales de Natasha se mantenían en la visión salvaje de aquel desconocido y con esta acción, la sensación de alerta volvió a recorrer su cuerpo, haciendo que la poderosa y caprichosa dama rusa bajase la mirada al suelo. Ella, dueña de un temperamento similar a las tormentas lograba hacer su voluntad con mínimas palabras, se sentía de una manera extraña y vulnerable ante ese desconocido; impresión que se amplificó al escuchar la frase dicha por los labios del mancebo al manifestar en voz alta la emoción que le causaba su cercanía. Era normal que un hombre posase los ojos en aquello que no podía tener. Dueña absoluta de sus emociones, logró suspirar y cerrar así los ojos celestes antes de responder – Estaría molesto por el solo hecho de verle dirigiéndome la palabra. Desde el momento en que nos unimos en matrimonio, se ha encargado de que no tenga ningún tipo de interacción con hombre alguno. Y espero comprenda la razón de mis sospechas. Usted no es un hombre que pueda pasar desapercibido. Si mi esposo le conoció puedo suponer…Reformulo; puedo afirmar que habría movido el cielo, la tierra y todos sus contactos con tal de que esta reunión no se llevase a cabo - más allá de la seriedad que envuelve su discurso, esto no parece despertar en la bruja emoción o temor alguno. Sus ojos han perdido el brillo un instante, notando cómo incluso luego de muerto, Gregorio se las ha arreglado para hacerle la vida imposible.

Pero la sinfonía de la voz ajena la trae de nuevo al mundo de los vivos. Entre sus manos, envueltas por sus dedos blancos como la espuma del océano, tenía esos pergaminos que significaban la llave para el conocimiento más amplio que podría existir en Viena o, quizás, el mundo. ¡Ingenua que en medio de la nada, sin escolta alguna, muestras los trozos de papel porque has pagado con tu propia felicidad!

Nada en aquel hombre le decía que debía confiar en él. Pero nada que no fuese su propio instinto le gritaba que estaba en peligro. –Pensé que su trabajo era escoltarme al museo para entonces presentar estos documentos a la autoridad competente - Entrecierra sus ojos, siendo sus párpados del color de los pétalos de las rosas, mostrando unas espesas pestañas que enmarcan el azulado tono de sus irises. Está confundida en medio de un mundo que desconoce. Un instante es lo que dura su deseo de despedirse formalmente de aquel galán de la noche, mancebo caballero de cabellos platinados, tan diferente a todo hombre o ser vivo que antes haya visto. Pero es su mente ingrata la que le hace creer que quizás, tanto tiempo ha estado sometida a otras voluntades que encuentra fantasmas y enemigos dónde no los hay – Desconozco cuales son los protocolos a seguir.- extraña es la vez que admite humildad en gesto alguno pero, en ese momento cuando su rostro se encuentra con el umbral del museo para luego volver a encontrarse con la mirada de Arthur Black es cuando Natasha comprende lo perdida y sola que se encuentra. -Le acompañaré.-

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Re: El precio de la libertad~ Libre

Mensaje por Leonard Langschwert el Lun Mayo 12, 2014 10:42 am

Le escrutó con atención, y por primera vez en muchos siglos, le fue imposible terminar de formarse una opinión clara sobre el carácter de un mortal, una mujer que parecía tener un instinto agudo, y por otro lado una ingenuidad que al final le permitió envolverla dentro de sus mentiras. Una fortuna extraordinaria para ambos, sí en su vanidad y en su carácter la damisela se hubiese negado acompañarlo, no le habría quedado más remedio que usar la fuerza en frente de todos para arrebatarle los manuscritos.

Hallando no obstante, cierta comprensión por la misión de Natasha, abandonó la idea de despojarla de los manuscritos, tan solo necesitaba inspirar en ella la suficiente confianza para que le permitiera leerlos antes de entregarlos.

Cómo sabrá, los Observadores no podemos darnos el lujo de desvelar nuestros secretos a la ligera a cualquier persona, sin importar que esta fuese recomendada previamente por otro de nuestros miembros más destacados. Antes de dejarla entrar a la biblioteca tengo que saber sí realmente compartes la visión y la filosofía que manejamos, y más importante aún… tengo que estar seguro de que estás preparada para conocer lo que hay más allá de “La casa de cristal”, o como otros lo llaman, el mundo de tinieblas.- Aquel ligero adormecimiento que le acompaña durante el día se había difuminado repentinamente, atrás de los edificios el sol se encendía, y mientras el día iba dando paso a la noche, sus verdaderas fuerzas emergieron regodeando al Vampiro en su singular naturaleza.

Cómo ya no era necesario seguir cubriéndose del sol, cerró su sombrilla y la convirtió en un elegante bastón. Ufano por la llegada de la noche, sus ojos grises brillaron con una magia plenamente visible.- Hay un café cruzando la plaza, sí mira con atención desde aquí lo podrá ver. Por estar aquí esperando me he saltado la hora del té, y como un inglés de costumbres comprenderá que siento la necesidad de compensar dicha falta. Además es un lugar adecuado y seguro para la entrevista.- No tardó en ofrecerle su brazo con caballerosidad, un gesto que además de atrevido y al mismo tiempo poseedor de un encanto de otros tiempos, era un método tramposo y sagaz para presionar las decisiones de la damisela rusa.- Sería muy poco caballeroso de mi parte hacerle la entrevista aquí, de pie y en el frio. Además sinceramente temo que alguno de los enemigos sobrenaturales de Sir Howe le haya seguido hasta aquí, me gustaría estudiar el entorno durante unos minutos antes de que entráramos a la biblioteca.-
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Re: El precio de la libertad~ Libre

Mensaje por Natasha Nikoláyevna el Lun Jun 16, 2014 11:58 pm

El suspiro del viento movió las telas que le cubrían solemne junto con algunos rizos de su cabellera cobriza logrando que los frágiles brazos de la mujer se uniesen en su abdomen en un abrazo propio. Ella nunca se había sentido tan sola en el mundo. Su mente poderosa nunca pudo entender por qué incluso rodeada de afectos y amores que en todo complacían sus caprichos, se sentía con grilletes pesados en sus muñecas. Por eso su carácter se fue moldeando como si de una flor nacida en medio de la roca se tratase. Pétalos débiles y cubiertos de espinas que lejos de dejar en claro un interés ajeno, siempre ponía su propio deseo y capricho por encima de los demás. Bella como pocas, sabía que causaba que las miradas de los hombres en su cuerpo y su rostro se posasen. Y nunca había dejado de aprovechar aquella virtud. El desconocido de cabellera platinada no era una excepción. A pesar de poseer rasgos tan atípicos que contradecían en todo lo que había visto con anterioridad, sabía que sus ojos y varias de sus palabras buscaban llegar al mismo puerto que la de tantos otros: Cautivarle.

No era sino la luna la única fuente de luz palidecida más allá de los faroles encendidos que se mecían a la par de la lenta y cómoda brisa nocturna. Tan sutil como el aliento de un amante al oído pero helado como el suspiro de la muerte esperando el instante supremo en el cual envolverá a su próxima victima. Las pestañas espesas cual guirnaldas que envolvían el celeste de sus ojos permitieron que al entrecerrar los mismos el color de éstos resaltase aun más. Y el tenue rasgo de una sonrisa en sus labios rosados fue la respuesta a las palabras del caballero. No habría pasado parte de su vida junto a Gregorio para que no le permitiesen entrar a esa Biblioteca. Si debía ganarse a aquel extraño, por los Dioses, lo haría. Incluso si fallase en tal empresa, no dudaría en arrebatar la vida de ese hombre con tal de adquirir la respuesta a la pregunta que venía haciéndose desde que tenía uso de memoria:

“¿Cómo puedo ser libre?”

Haciendo caso de las palabras de Sir Arthur, alcanzó a vislumbrar el café donde él pretendía escoltarle. La luna comenzaba a aparecer en el cielo y la última vez que se vio sola en la noche había sido antes de casarse. Tal como el joven Black había dicho, su esposo era un hombre celoso.
Un nuevo suspiro de la noche acarició la piel desnuda de su cuello y piernas, los cuales se veían al moverse las telas oscuras de su falda que revestía su efigie, pero su rostro no se veía siquiera ligeramente expresivo ante ello. Solo sus manos se abrazaban a sus brazos, sintiendo las falanges frías en la piel todavía cálida de su cuerpo. La invitación del extraño caballero no se hizo esperar, captando la atención suprema de la princesa rusa cuyos atavíos eran de ligeros tonos negros. El frio de la noche amenazaba cruelmente a quienes esperaban fuera de un techo. –Me encantaría acompañarle, señor Black - su voz era como el llanto de una sirena en medio del océano, volviéndose el perfecto adorno para un carácter frágil y suave. Eso era Natasha y ni siquiera los tormentos de su vida pudieron matar del todo esos gestos gentiles y delicados, más si lograron aplacarlos notoriamente, tras un velo de fría superficialidad. Su sonrisa volvió a mostrarse distante asintiendo seguidamente con la cabeza, elegante y armoniosa. – Enemigos sobrenaturales. Gregorio siempre se ha negado a hablar de ellos al punto que llegué a pensar que todo era una farsa - sus pensamientos pasean por su mente en los segundos en los cuales centra sus ojos en el caballero - ¿Ha visto esos seres, Sir Black? ¿Puede dar fe de que “ellos” existen? -entrecerró sus ojos celestiales - ¿Podría identificarlos y…? - al levantar su mirada y permitir a Arthur Black ver su rostro de nuevo, él notaría la desesperación intrínseca en lo más profundo de ella. - ¿Sabe cómo destruirlos?-


Spoiler:
Perdón por la tardanza. ~
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Re: El precio de la libertad~ Libre

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