⊱Denn die Toten reiten schnell (Por los muertos que corren veloces) Flash Back -Amelia

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⊱Denn die Toten reiten schnell (Por los muertos que corren veloces) Flash Back -Amelia

Mensaje por Invitado el Sáb Mayo 03, 2014 5:11 pm

-¿Dime Johann...que día es hoy?- Pregunto la hermosa mujer mirando hacia una edificación antigua, un castillo que se veía a los lejos. Databa más o menos de la edad media tardía, del 1476, el siglo XV.  No creyó que existiera nada más pintoresco y solitario. Dominando este conjunto se levanta la amplia fachada del castillo con sus numerosas ventanas, sus torres y su capilla abandonada. Delante del castillo se extiende el pintoresco bosque; a la derecha, la carretera discurre a lo largo de un puente tendido sobre un torrente que serpentea a través del bosque.

538 años. ¿Tanto tiempo había pasado? La mujer se quedo en su asiento, recordando a alguien en particular, el gallardo y brutal hombre que había sido el único que hubiera permitido entrar en las  sabanas de su cama. Sus ojos celestes salpicados de iridiscentes rojizos, simplemente vieron el paisaje, lo había visto miles de veces ya. Rumania era para ella como su campo de juego y ese camino en particular, hecho infinidad de veces para ella era como estar viva de nuevo. Como si el musculo que era su corazón, estuviera latiendo más fogoso que nunca.
-Walpurgisnacht. -El cochero no dijo más nada y saco el reloj de su bolsillo, la Lady que iba en el carruaje, simplemente miro en la caída de la noche, el color azulado de las llamas que le daban entrada al castillo.
-Walpurgisnacht...-Repitió Amelia.
-Sabes Johann...A veces creo que no lo volveré a ver. No sé porque sigo viniendo acá- Murmuro la dama sin dejar de ver por la ventanilla. -Tú sabes, fue al único que quise en serio. Pero Papa no quería.- La Dama apoyo su pequeña mano en su mejilla y el cochero siguió en silencio.
-Yo creo que el también la quería, Señora.- los ojos de Amelia viajaron a la cabeza del hombre y sus rojos labios descubrieron unos pequeños y perlados colmillos, la sonrisa abierta y descarada de la dama, dejo salir una risita traviesa. Exactamente como la niña que era, las sombras de la noche que recién estaba comenzando revoloteaban en la tierra.
-Eso espero, Johann.-El cochero pensó que la dama iba a decir algo mas, pero no. Amelia volvió a ver el camino que ya llegaba a su fin. Amaba a los Cárpatos, amaba todo lo que ahí había estado...las flores, los viñedos, las cenas...Él. Los ojos azules y grises, profundos, hacia que su piel quemara como un tizón ardiente, Amelia lo había admirado, desde lejos y no había un día que no lo recordara.
Johann se había puesto en movimiento rápidamente, como si desease recobrar el tiempo perdido. De vez en cuando, los caballos parecían levantar bruscamente sus cabezas y olfatear  el aire de manera sospechosa. Un extraño viento comenzó a soplar, un viento denso, de tormenta. Amelia sonrió dulcemente.
El día era considerablemente importante para ella, él le había prometido volver en Walpurgisnacht  y Amelia volvía siempre para la misma fecha y siempre volvía al mismo castillo, ese castillo en el cual sus muros guardaban secretos de las noches en vela, hablando de arte, literatura, amor, sangre...

De él aprendió lo que sabía. Muchos podrían haber dicho que había sido su padre, pero no era así, su padre había sido un parte muy pequeña en la vida de la pequeña bruja que era Amelia. Los ojos con una inocencia fingida, los labios rosados, las mejillas de lirio, su delicada fragilidad, que hacía pensar en algo ultra terreno, de piel casi transparente, de oscuros cabellos, que dibujaban una especie de halo glorioso en torno a su menuda cabeza; los ojos eran grandes, de suave mirar y de un tono azul cerúleo. Tenía su persona la fragilidad del hada, casi angélica; el cuello poseía una graciosa curvatura; su perfil resultaba perfecto. Aunque no era pequeña realmente, lo parecía, por su esbeltez, por su justa corpulencia. Sus movimientos eran suaves, casi lentos. Perfilada contra la ventana, parecía una princesa de cuento de hadas: ella hubiera dejado que el disfrutara de su sangre, siempre juntos. Sanguis Vincit Omnia (La sangre conquista todo)

Amelia pensó amargamente que siempre había estado obsesionada con él, que él había sido su debilidad desde siempre y tenía suerte de no haber compartido con nadie aquel secreto, el hecho que la “La Bruja” tuviera una debilidad, aunque esta estuviera muerta o desaparecida, era peligroso para su padre y el clan. Desde que lo conoció aquella noche, La primera Walpurgisnacht que compartieron juntos. Un humano podría decir amor...Los labios de la dama se curvaron en una sonrisa débil: Amor...solo criaturas tan estúpidas como los humanos pueden pensar que un sentimiento así existe. No, ella lo deseaba, lo deseaba como deseaba su sangre, como deseaba alimentarse, con ese apetito voraz que es su eterno castigo. Sin él su mundo era nada más que la mierda disfrazada. La desdicha es diversa. Sin él, la desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos.
Luego despareció o murió. Nunca supo bien a donde se había ido, nunca supo porque nunca hubo carta, ni aviso. Nada: ni un grito en la oscuridad.

Luego de aquel día, Amelia volvió a sus tareas en el clan. No mucho mas paso para que “la bruja” entrara en frenesí y despachara a varias humanas fuertes y vigorosas. La belleza de Amelia se hacía más profunda cuando estaba en pleno banquete. Los ojos brillaban y la piel cremosa ardía. En los viejos calabozos de la casa de su padre estaban los juguetes de la niña. Hermosas jovencitas y hermosos mancebos de varias edades, a la usanza de “La Báthory” como solía decirle ella, eran sus compañeros de juegos. Pero a veces, jugaba tanto con ellos, que los juguetes se rompían y morían.  “No es eso lo que los juguetes debían hacer?” preguntaba la niña. La mujer diseñaba con sus manos, las pieles los cuerpos, las carnes. Luego, como algo descartable, Amelia dejaba a su juguete y seguía con otro y con otro, hasta que los juguetes dejaban de gritar y de llorar por sus vidas. Fue el frenesí más largo de Amelia en tanto tiempo, luego intervino su padre y la dejo sin juguetes, atándola como una bestia en uno de esos mugrientos calabozos.

Nada fue lo mismo sin él, nada será lo mismo.
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