No has conocido el infierno hasta que has visto a través de mis ojos

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No has conocido el infierno hasta que has visto a través de mis ojos

Mensaje por Marca de Sangre el Miér Abr 30, 2014 11:22 am

Desde el Otro Lado




Desde que había sido maldito por Marca de Sangre, Anthony no lograba descansar en tranquilidad. A cualquier lugar que veía las sombras se encargaban de ejecutar el tormento que la deidad vampírica había destinado para él. El pequeño niño tenía sólo algunos escasos espacios de pasividad cuando Francois estaba a su lado y el Maestro de Sombras ejercía su poder para disipar alguna que otra sombra o demonio pero sin ser suficiente. Al llegar a Londres observó que el problema crecía. A diferencia de los Donovans que no tenían la vena asesina a flor de piel, los Raphael cargaban con miles de historias sobre sus hombros. Y con historias el joven de cabello platinado se refería a tormentos atados a su alma. A cualquier lugar que veía podía observar sus auras oscuras siendo perpetradas por humanos consumidos y  licántropos descuartizados. Una escena fatídica y hasta barroca de lo asquerosa que podía presentarse porque una vez que las sombras reconocían a Anthony entonces abandonaban a su objetivo para representar una esquirla en el alma del Donovan.

Él pensó que su vida estaba acabada. Es más, aún desconocía porqué la Reina Úrsula se arriesgaría a llevar a un joven cuya cordura estaba más cerca de perderse de lo que parecería. Y sin embargo, lo había hecho. Tal vez Francois le hubiese contado todo lo que Anthony le mencionó y quería mantener un ojo sobre él para tratar de descifrar qué hacer pues la sentencia de que ni siquiera en la muerte conseguiría paz había rebotado en su mente, en la del Maestro y…Quien sabe, hasta en la propia Joya de la Raza.

Sin mucha tarea que hacer, el joven niño solía pasear por la Fortaleza. Ya que no encontraba diversión ni placer en beber o comer solo se distraía aprendiendo sobre la formación rocosa que los Raphael llamaban Fortaleza o incluso aprendiendo los menesteres que ocupaban a las cortesanas y guerreros del clan de los Iluminados. A medida que avanzaba por el pasillo, alumbrado sólo por la escasa luz de las antorchas, siguiendo el eco de gritos y risas socarronas; Anthony sintió que una leve corriente de frío le erizó la piel. Sus ojos azules como el zafiro observaron el titilar del fuego, un titilar que daba por sentado que hasta la más inmensa llama temía el mundo de sombras que se acercaba. El rubio se detuvo sintiendo poco a poco cómo las sombras que desdibujaban los contornos de las piedras desaparecían y todo parecía ser atraído por el andrógino Maestro de Sombras –Francois, Maestro- Dijo con aquel tono de voz tan vinculado a la pubertad. Agudo, molesto.

El profesor, ataviado en una camisa negra como la noche y pantalones lisos en la misma gama, parecía resaltar con su cabello albino a través del pasillo. Sus ojos tan celestes como el cielo mismo establecidos desde pequeño por la falta de melanina en su organismo, se posaron sobre el rostro del alumno rechazado –Tienes una tarea- Mencionó Francois que, pese a que detestaba la soberbia con la que Anthony daba cada paso, sabía que las maldiciones de la Madre de la Raza no eran precisamente un juego –La Reina necesita que utilices tus virtudes- Dijo y apartó la mirada de él con rapidez para observar al final del pasillo segundos antes de que un par de guerreros doblaran el recodo. Francois asintió con una leve sonrisa a modo de saludo y los jocosos raphaelitas perdieron el chiste para saludar con fría cortesía antes de seguir caminando, abandonando el pasillo en completo silencio.

-¿Mis virtudes?- Preguntó el ingenuo niño sin saber exactamente a qué se refería porque hasta donde él sabía sólo tenía una maldición que le desgraciaba la vida. Francois rodó la mirada con cierta ansiedad –Anthony… La Reina considera que tu visión de las sombras puede ser de ayuda actualmente. Los tormentos que se atan a las almas inmortales suelen mostrarse ante ti. Actualmente, buscamos a cierta…Sombra- Mencionó y sus ojos fríos brillaron brevemente. Esperó que entendiera porque no quería dar demasiados detalles aunque sabía que nadie estaba escuchando. De otra forma, se lo susurrarían. Anthony se llevó la mano derecha a la barbilla con algo de confusión. ¿Sería cierto que podría ser de ayuda? Nunca pensó en esto como algo positivo. -¿Qué es exactamente lo que están buscando?- El Maestro de Sombras se contuvo de emitir un bufido –A Raphael- Las palabras que escaparon de la boca del profesor francés hicieron que Anthony bajara la mano de inmediato y moviera la cabeza en cuestionamiento –La Reina considera que fue traicionado por un hermano. Tu deber es examinar cada ápice de esta Fortaleza hasta que encuentres a quién está atado. Si es cierto que su asesino está dentro de estas paredes- Advirtió en un susurro antes de volver  a callarse cuando un grupo de cortesanas, seguramente letradas porque avanzaban con pergaminos y tinta, pasaban a su lado en muda comunicación pero haciendo saludos con la cabeza a modo de cortesía.

-Te escoltaré para que te enfoques en los Raphael. Si necesitas ayuda, sólo pídela- Se guardó el comentario de “No seas orgulloso”. Empezó a caminar por el pasillo suponiendo que debido a la cantidad de gente que había pasado en menos de un minuto encontraría una gran cantidad de vampiros. No se equivocaron, al doblar el recodo, un par de metros más allá un gran portal daba directamente hacia la sala de entrenamiento de los vampiros Raphael. Al ingresar pocos notaron su presencia pero la mente de Anthony en seguida empezó a bullar de energía cuando todas las sombras se giraron hacia él –Hay demasiados- Murmuró y Francois dibujó una sonrisa –Será un buen entrenamiento entonces-







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Re: No has conocido el infierno hasta que has visto a través de mis ojos

Mensaje por Elise von Odenssen el Sáb Mayo 03, 2014 7:26 am

Regresar a la catedral raphaelita había sido exponerse a una serie de verdades gritándole a la cara a quemarropa. En circunstancias tan adversas como esa, su más ferviente aliada, su cognición, se antojaba más como una formidable enemiga que se sumaba a la causa riéndose en su cara. Las horas encerrada en su alcoba con aquel lúgubre silencio estacionado entre sus cuatro paredes, habían creado el escenario para que sus demonios aparecieran susurrándole al oído toda clase de antiguas deducciones, desempolvando vetustos recuerdos y atizando los más recientes.
 
Y los últimos no resultaban más alentadores, sintiéndose en medio del fuego cruzado entre lo sabido y lo desconocido bombardeándola desde cualquier flanco posible, pues no era la cantidad de información lo que la abrumaba, sino su contenido, que anunciaba un futuro incierto pero con seguridad, oscuro, incluso para quienes viven en la penumbra.
 
No era más que un león enjaulado en su habitación releyendo mentalmente un texto con perfecta cacofonía hasta el hartazgo para tormento personal; errando por un inmenso laberinto de incógnitas sin fin, encontrando a cada paso sólo callejones sin salida. Exhaustivos análisis, hojas de pergamino sobrepuestas que terminan como complejos  diagramas que conducen a ninguna parte, lo cual,  sólo tornaban más sólida frustración que permanece encerrada en su cuerpo marmóreo y exánime en un punto donde el alimentarse había resultado más una obligación que una necesidad; pues en más de una ocasión incluso había negado a las cortesanas alguna copa de sangre embotellada que le resultaba tan desagradable cambiándola por una de vino, por más insano que resultara.
 
Y si en algún punto de su investigación lograba dispersarse, las memorias volvían, en su mayoría reanimadas por la presencia de la Reina Oscura y su corte bajo el techo de los Raphael. La escandinava no había visto venir un evento así, es decir, no tan rápido. Con la presencia de los Donovan, se había hecho recurrente la facilidad con la que solía remontarse a tan empolvado pasado, cuando los  ríos corrieron rojos en la pila de su bautismo a una nueva vida en la muerte, bañando la escalinata de la Santissima Trinitá al Monte Pincio con la sangre de aquellos que intentaron exterminarla, todos y cada uno muertos bajo el peso abrumador de su mítico escudo azul, el cual, reposa en algún punto escondido dentro de la fortaleza. Con dicho recuerdo venía aunado el incipiente deseo de ir en su búsqueda y mantenerlo tan cerca de su mano como fuese posible. Por mucho tiempo se cuestionó la procedencia de tan magnífico artefacto, con el pasar de los años y en su haber como letrada terminó por deducir que se trataba de una forja Donovan, algo que quedó en meras especulación que nunca tuvo la oportunidad de corroborar, hasta ese momento.
 
No podía negar que ansiaba corroborar sus sospechas pero pronto vio la irrelevancia dentro de ello ¿en qué cambiaría saberlo? En nada. Después de todo, atrapado entre sus manos el escudo sigue procurando la función para la que fue creado. Proteger. A ella y a los suyos para así alzarse victoriosa frente a la tormenta. Pero en algún punto del camino había fracaso tal vez en la encomienda inherente más grande de todas, proteger la vida del padre a quién más que reverencia la estirpe le debía la vida en la muerte.
 
Sonrió en la soledad de su habitación, sólo para sí misma burlándose de la propia ingenuidad en la que había incurrido. La imagen de su Sire cobró forma en su recuerdo y con ella su voz  ambas sobreponiéndose a la sinfonía de destrucción que provocó en Italia.
 
Tan lejos… y aún sigues dándome lecciones…— de un trago acabó con el remanente dulce y embriagador del vino en la copa, se anudó a la cadera los floretes que inusitadamente dejaba a la vista, pero por esta vez no se atrevía a ocultar su belleza argentada.
 
“Levantarse después de caer… y luchar” pensó citando a su manera las palabras de su creador. La labor de un escudo en efecto es procurar el bienestar de quien lo porta y con ello también sus convicciones… pero no sólo eso. Más que sólo preservar la existencia, ofrece la preciosa oportunidad de vivir, para volver a pelear y esa… para Elise, era su más grande alegría.
 
Aquel era un día de revelaciones para ella, su ánimo se vio renovado y supo que debía descansar la mente y ejercitar el cuerpo, afilar las espadas y hacerles cantar al cortar el aire. Imbuida con aquel talante surcaba airosa las galerías pétreas, apenas y cruzando un solemne gesto de cortesía para con los transeúntes que coincidieron en su camino a las estancias de entrenamiento. Mismo que se vio frustrado en su camino apenas llegó, con todo y sus intenciones.
 
Detuvo su andanza lentamente, los orbes de plata enfocaban dos siluetas que sobresalían por encima de las huestes de Raphael. Aunque la belleza no era una virtud exclusiva de los hijos del cáliz, incluso para ella resultaba imposible negar la gracia que adornaba a los hombres que yacían postrados allí. Por mínimo, les había visto a su arribo, una desgracia el no poder formar parte del encuentro de los líderes sin duda, pero era capaz de recordar en su memoria eidética las siluetas irreales que componían el cortejo procedente de Viena a su arribo, tanto por su hermosura, como por las ínfulas que se daban, encontraba más de un pecado en ellos, al menos dentro de su concepción, encabezados por el joven rubio que los acompañaba.
 
Creyó que podría encontrar paz en el entrenamiento, pero últimamente se venía convenciendo de la inexistencia de las coincidencias.
 

Espero no ser inoportuna señores…— aquellas fueron las palabras que sirvieron de introducción a su inesperado arribo, ni siquiera los gruesos tacones fueron capaces de delatarla al andar con aquellos pasos asesinos desprovistos de sonido, sin embargo se sabía reina de la diplomacia, aristocrática y siempre elegante va exhibiendo el gesto de una ceremoniosa seriedad, una mezcla peligrosa y magnética de la doncella de marfil, maniobra que solía servirle de llave a muchos caminos, no siempre todos buenos. Se emparejó a ellos a una distancia prudente, creyó suficiente una media inclinación a manera de saludo antes de continuar— me resulta… inusitado, encontrarles en esta ala de la fortaleza, no creí que fuese de su agrado, ¿buscan algo en especial?— en más de un significado, las palabras serían su gracia para conducirse a través de un camino desconocido —con gusto podría auxiliarles…
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