Jackson Tesla || ID

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Jackson Tesla || ID

Mensaje por Jackson Tesla el Mar Abr 29, 2014 11:09 pm

Jackson Tesla


Datos básicos
Nombre completo: Jackson W. Tesla
Apodos: Jack
Original o Predeterminado: Original
Edad: 33 años
Fecha de nacimiento: 09/08/1981
Lugar de nacimiento: Inglaterra
Raza: Humano
Grupo: Observadores
Rango: SÓLO LOS MIEMBROS DEL CONSEJO.



Descripción Psicológica

Todo sucede por una razón, ese es su lema favorito. Ante ello, busca indagar en todos los aspectos posibles hasta llegar a la raíz, nada pasa sin explicación. Una persona de gran racionalidad a la cual le gusta pintar el mundo con matices filosóficos solo por el mero placer de hacerlo. Siempre a un paso adelante. Su intelecto es una gran virtud, y a la vez el origen de su excentricidad. Una chispa es capaz de encender toda mecha. La vida que se vive en el presente lo ha amoldado a ser flexible, siempre cambiante, a ajustarse a toda situación con extrema diligencia. Demasiado correcto para un mundo que se ha sumido y vanagloriado a las manos del caos y de la muerte, donde esta incluso ha llegado a considerarse arte.

Y al igual que el pecado, te escondes en la sombra pues el brillo se codicia y rápido cae.
Un remanso de justicia en un mundo desbaratado. Juguetón, irónico y satírico, las máscaras que ocultan su verdadero ser. Un hombre que no deja pasar el error para hacer gracia del mismo. Demasiado sagaz para su propio bien. Carece de miedos, pues vive el ahora o nunca. Perfecto. No es más que una perfecta mentira, una que pocos lograrían desentramar.


Historia



Se despertó aquella mañana con una sensación extraña en el estómago. Al abrir los ojos comprobó que aún no había amanecido y que ella seguía a su lado durmiendo plácidamente, abrazada a la almohada con rostro de felicidad. Se dio la vuelta en pos de ella y la observó con una sonrisa. Cayó en la cuenta en ese mismo instante de cómo había pasado el tiempo. Su piel, tersa y luminosa, eran sino el recuerdo de millones de sonrisas y enfados de cientos iguales. El cielo albardado que anidaba su cabello. Y su belleza... su belleza seguía viva a sus ojos pese a la nueva luz.

Con extremo cuidado la besó en la frente y cubrió su cuerpo con las sábanas antes de levantarse, no importaba si solo era otra más. Se vistió con aquello que siempre tenía preparado con absoluto cuidado, pues los años no habían logrado quitarle las viejas y malas costumbres, y salió a la calle en absoluto silencio.

Una brisa gélida le golpeó la cara y no pudo más que sonreír recordando lo mucho que le gustaba aquella sensación cuando era niño. Mucho se había esforzado durante toda su vida por no parecerse a su padre y ahora que los años pesaban sobre él se daba cuenta de lo absurdo que había resultado al fin y al cabo, pues a día de hoy era la viva imagen de su progenitor.

Miró al cielo, aún pardo y supo hacia donde debía ir. Había recorrido ese camino cientos de veces y sus pies prácticamente se movían solos, paso a paso, encaminándose al este a través de las tortuosas calles empedradas.
Se detuvo un momento, justo antes de tomar la última calle a la derecha y llenó los pulmones cerrando los ojos. El aroma a salitre le transportaba a otras épocas que le resultaban tan lejanas que aún podía permitirse el dudar si realmente habían existido. Retomó la marcha por el callejón que le separaba de su destino con paso decidido. Ante él se abría un mar inmenso, del zafiro más oscuro, vivo como él mismo y susurrante. Bajó las escaleras y sin pensarlo demasiado se encaminó hacia la bocana norte, a su izquierda y paseó unos minutos por ella, mirando al profundo horizonte.

Se sentó al fin en uno de los bancos de piedra que daban al mar y suspiró. Rebuscó dentro del bolsillo de su chaqueta y sacó una pitillera de plata labrada con motivos marineros, legado de una memoria sin raíz, dentro había cinco cigarros. Sacó el primero, se lo llevó a los labios y lo encendió con un pequeño mechero que siempre guardaba en sus pantalones. El tabaco de liar crepitó y prendió sin problema y él inhaló el humo saboreándolo y lo exhaló echando la cabeza hacia atrás. Y sin saber por qué ella, Su Luna, vino a su cabeza. La recordó correteando vestida de rojo, ¿O era de amarillo? Recordó el harpa que había robado para ella, las galletas de coco que su madre le regalaba. Recordó un beso... y unas escaleras... ¿de dónde eran? Al final iba a resultar que estaba perdiendo la memoria por tanta nueva información. Entre caladas recordó un lago y en su orilla un árbol junto a una roca. Tampoco sabía a dónde pertenecían. Recordó barcos, dados, niñas. Una taberna, un muelle abandonado... un ataúd de cristal y el cigarro se apagó.

Volvió la vista al mar. Aún no amanecía pero calculó que no faltaba demasiado, pues a lo lejos el añil quería ser cobalto, así que se encendió otro cigarro y miró al cielo libre de estrellas. Le pareció que estaba mezclando la realidad con un cuento. En cualquier caso les quiso, les quería, a todos, por eso perseguía la verdad.

Las aguas se agitaron levemente, anunciando la llegada de un navío. Al alzar la vista descubrió que era un pequeño pesquero que parecía regresar de su jornada con las redes llenas. Sin embargo no atracó cerca de él, sino en alguna dársena más al sur. Al pasar junto a él pudo ver el nombre pintado en el casco de la nave, enmarcado entre dos alas también pintadas: "El Cardenal". Y sonriendo se encendió su tercer cigarro. Muchas veces pensaba en él, en Su Sol, y aquella fue una de ellas. En el rizo de las aguas le vio. Su sonrisa perfecta y su cabello teñido de un morado barato. Agradecía cada gesto, cada moneda, cada palmadita en el hombro. Y por un segundo sintió un odio intenso que le quemaba los huesos y que se disipó con la siguiente calada. Recordó un manojo de llaves, un barco hundido donde jugaban, un nombre: “Dama Fortuna”. Recorrió en su mente el piso en el que habían vivido, la cama que un día compartieron. Mentira, cada uno tenía su propia habitación, así era. Un puñal temblando en su mano, lágrimas... Abrió los ojos. ¿Qué había sido aquello?

Intentó tranquilizarse y volvió a mirar al horizonte, donde el cielo empezaba a mostrar un tono dorado, pronto amanecería. Sacó otro de los cigarros, lo olisqueó antes de encenderlo y suspiró. Era ya el cuarto. Se le hacía raro no escuchar la voz de ella reprochándoselo. Y sus ojos verdes como la hierba recién cortada volvieron a su cabeza. Fumando con la mirada fija en el hermoso cambio de colores del cielo, recordó sus rizos dorados, sus lazos, sus sedas... Una risa fresca y unas manos sosteniendo un pesado volumen de tapas de piel. Recordó consejos, miedos, poder. Litros de agua, de hielo crujiendo y rajándose, recordó a un niño... pero no era ella y el agua le rodeaba. Suspiró con pesar y oyó cascos de caballos en su mente. Un lugar hermoso, danzas a la luna. Un abrazo. Pero el cigarro se apagó y lo tiró a las aguas frente a él.

Cruzó las piernas y dejó la pitillera abierta sobre su regazo con su último cigarro dentro de ella y ladeó la cabeza mirándola. Se esforzó en recordar, pero le fue incapaz averiguar de dónde la había sacado, hacía tantísimo tiempo que la tenía que ya casi formaba parte de él. Cogió el cigarro y se lo llevó a la boca. Esta vez no guardó la pitillera en el bolsillo de su chaqueta, aunque sí encendió el último cigarro que le quedaba. Sabía a roble, a mora, a... a nada. Mientras el sol asomaba por la línea del horizonte y hacía refulgir cada centímetro de mar que rozaba, él se quedó dormido en aquel banco a orillas del agua que empezaba a tornasolar. El cigarro sostenido únicamente por sus labios cayó al suelo y empezó a consumirse con la brisa. Y soñó.

Se encontró en un paraje bellísimo, a gran altura, un balcón. El suelo de mármol blanco y las barandas hechas de cadenas de anclas antiguas le daban un aspecto de cuento. Un aire cálido mecía las ramas de un sauce llorón que había crecido enraizado en la pared rocosa que sostenía las vigas del balcón. Más adelante, frente a una caída mortal de decenas de metros sobre un acantilado besado por el mar, estaba él. Pero no era él, era otro él. Un él del color del mar por la noche, un él escuálido, triste, solitario, un él ajeno a sí mismo. El cabello se le alborotaba con el viento, un cabello azabache y fuerte y en una de las ráfagas el parche que cubría la cuenca vacía de su ojo se desprendió de su cabeza y voló hacia abajo. Sintió presión en el pecho, en el estómago, era de hecho la misma sensación que tuvo esa mañana al despertarse y lo supo. Miró hacia abajo, pero no a las rocas, si no a la ciudad que se perfilaba a su izquierda y entendió dónde se encontraba y qué hacía allí. Fue de este modo como empezó a hablarse a sí mismo y estas fueron sus palabras:

“Hazlo. Durante toda tu existencia has sido un desgraciado. Has tenido lo que has querido y lo que has querido no lo has tenido. Has deseado disfrutarlo todo, pero cuando lo has tenido no has sabido aprovecharlo. Has sido un niño caprichoso y un adulto aún más niño y aún más caprichoso. Has intentado apartarte de en medio muchas veces y la Dama Fortuna no te lo ha permitido, pero ahora estoy yo contigo. Y yo, hombre desdichado, yo soy tú. Hazlo, acaba con todo y busca redimir cualquier culpa que pese sobre tus hombros, pues aún estás a tiempo. Y es más, te digo, cuando tú creas que todo acaba aún tendrás dos oportunidades más para darte cuenta de lo mucho que has errado, de que tu lente distorsiona la realidad que te rodea y que en realidad no estás condenado a ser un completo perdedor. Volverás, y la primera vez aún no entenderás mis palabras, pero en tu última vida serás un hombre nuevo, un hombre diferente con la opción de empezar de cero habiendo olvidado lo que ahora eres y entonces tus sentimientos serán verdaderos. No habrá filtro, no habrá interés, no habrá miedo. Escúchame ahora cuando te digo: hazlo. Tírate al vacío y comprobarás que no eres tú, si no la Diosa la que te quiere en la partida y que tienes una mano buenísima para hacerte con todo lo que hay sobre la mesa. El loco, El ahorcado, La justicia... ya no existirán, y serás capaz de llevar la vida plena que siempre has anhelado.

Hazlo, hazlo.”

Era su muerte, la de ella, la de todos una vez más. Una seguidilla sin explicación que no conocía tiempo. Sus nombres quedaban como vestigios enterrados en un viejo papel, archivados en cajas que solo conocen el frio abandono, jamás volviendo a encontrar la luz.


Despertó, nada de ello siendo real. Un horrible recordatorio diario de la sombra que seguía su andar. Ningún puerto o cigarro, solo la cálida compañía de la persona de turno. La alarma de un reloj que marcaba la hora de irse a librar una nueva batalla. Una lucha por la verdad, por la explicación. Por dar voz  a aquellos que ya no tienen y merecen su justicia.



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Re: Jackson Tesla || ID

Mensaje por Marca del Lobo el Mar Abr 29, 2014 11:32 pm

¿Quien no ha despertado en la mañana, reconociendo en esas imagenes de nuestra cabeza un poco de realidad? ¿Quien no ha aspirado a alcanzar esa verdad del otro mundo; quizas recuerdo; quizas ilusión, rogando y clamando por un poco más, sintiendo que el corazón se parte en mil partes al abrir los ojos y chocar con la realidad? ¿Qué es el otro mundo? ¿Qué es la mente? ¿Qué son los recuerdos? ¿Qué son los sueños?

Roto y a la vez incompleto, aun debes esperar antes de saltar al vacío que aguarda frente a tí, Jackson. Aun hay mucho que caminar; mucho que ver.

No cierres los ojos; no tienes derecho a hacerlo. No olvides que cuando la puerta se abre, luego no puede cerrarse. ¿Pedías claridad? Pues es en la oscuridad donde realmente vislumbrarás vestigios de la realidad de este mundo que amas y odias.

Se bienvenido a este mundo de tinieblas, hijo del hombre.


Si estás dispuesto a beber el veneno amargo de la cruel eternidad, te ofrezco mi mano...

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