La llamada de las Sombras [Donovan y Úrsula]

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La llamada de las Sombras [Donovan y Úrsula]

Mensaje por Donovan el Sáb Ago 31, 2013 4:02 am

Ubicación: Mansión Donovan.
Tiempo: Tres semanas despues de la Caída de Raphael.




Donovan



La oscuridad acariciaba los pasillos del lujoso palacio ubicado en las afueras de Viena. Rodeado de montes y jardines, la construcción había logrado lo que su dueño pidió: mantenerse alejada de los ojos curiosos y ser una obra de arte que, si bien era admirada, dejó de ser visitada con los años. Al principio, esa mansión había sido un teatro donde se llevaron a cabo numerosas apariciones de fantásticos artistas. Los periódicos estallaron cuando éste se cerró al público y fue convertido en una mansión privada luego de ser comprada por un millonario excéntrico como regalo de bodas para su amada. Del millonario no se dio nombre, pero sí había suposiciones, desde que era una estrella de Hollywood hasta que era un sultán oriental. Sin embargo, nadie pudo llegar más allá de la historia y, como todo en el mundo, la gente empezó a olvidarlo.  Si bien muchos pensaron que se redecoraría la construcción en su totalidad, realmente poco fue lo que se llegó a cambiar. El estilo rococó austriaco del Palacio, que sería nombrado en varios artículos de periódicos europeos como “el Versalles de Viena” se mantuvo hasta estos días, mostrando y rememorando los viejos lujos de la época imperial. Lo que los periódicos no mencionaban y nunca mencionarían porque esa información no llegaba a salir de las paredes lujosas del antiguo teatro, era que quien había adquirido aquella construcción hacía más de ciento cincuenta años aun vivía en él con su elegida y sus protegidos, a quienes llamaba “familia”. La bailarina Ursula había enamorado al Lider del Clan de oscuros cuando éste acudió a verle danzar una noche de agosto, allá por el año 1800 y él, dispuesto a ganársela como todo lo que deseaba en su existencia, compró su amor con costosos regalos. Entre ellos, la vida eterna.

En la noche descubierta de toda nube, el cielo se veía azul como las lejanías del océano. La luna nueva se reflejaba en cada montículo de piedra. Los pétalos de las flores que los jardineros habían llevado en el tramo del día se desprendían de los tallos meciéndose en el aire como una barca vacía navegante en el mar. Tantas tumbas olvidadas en esa tierra tan muerta. Tantos habían pasado por el mundo y habían ido a parar allí, pudriéndose en la tierra para volver a la ceniza. El Clan Donovan había nacido hacía más de mil años y por el puesto de Lider habían pasado exactamente cuatro hombres. Cada uno descanzaba en esa zona ubicada detrás del palacio, junto a las viejas ruinas que había pertenecido a la primer construcción erigida de ese teatro, destruidas con el paso ponzoñoso del tiempo.

De entre la niebla una sombra se distinguía ubicado frente a un mausoleo intacto, imponente con arcos construidos al estilo gótico señalando los cielos como si los retasen. Con un tapado negro que cubría la totalidad de su cuerpo, los rizos de ébano se notaban por su nuca hasta acariciar sus hombros. Su piel empalidecida por el color de la luna reflejada en su rostro así como en sus ojos, delineados en negro por las ojeras que no dejaban de darle una visión sombría e incluso demoniaca para quien le pudiese encontrar en la soledad de un cementerio. Sin embargo, cada centímetro de su ser era atrayente como lo es el pelaje de un felino, más allá de las garras de éste. ¿Qué mente oscura se perdería en medio ese desolador sitio después de la medianoche? ¿Tan osado era su corazón que no temía a los ojos que podrían espiarle en las sombras? Un hombre con un titulo capaz de enmudecer al más bravo y elocuente  y una fortuna capaz de callar al más audaz para comprar la privacidad de un sitio para él y los suyos ¿Qué hacía a esas horas de la noche solo en medio de la negrura intensa de la tierra cubierta de tumbas?

Cerró los ojos y escuchó el sonido de la noche y los seres que surgían con ésta. Él era uno de esos seres, incapaz de ver la luz del sol desde hacía años pero tan acostumbrado a la luna que poco extrañaba a la gran estrella que daba vida al mundo. De vez en cuando abría sentía su pecho inflarse con el aire y entreabria los ojos, para observar la nada del lugar y encontrarse con el mausoleo cerrado, sonriendo como estuviese viendo a los espíritus danzar en su interior - ¿Quién sería tan estúpido para creer que el Líder de los Iluminados cedería a la muerte sin dar guerra?- su voz se convertiría en un susurro mientras la brisa nocturna acariciaría sus cabellos, moviendo el largo tapado que llegaba hasta la mitad de sus piernas.

Los demás sabían que no debían molestar a Donovan mientras éste platicaba con los muertos. A diferencia de los demás vampiros, los oscuros eran lo que eran gracias a esos hombres que permanecían ocultos en la tierra. Así como la sangre de este clan era mística, sus creencias también lo eran y por eso, el Líder acudía a una confesión nocturna cada vez que buscaba respuestas. Había soñado con la caída del clan de Brodde y con el líder de la familia extinta mirándole desde la más infinita oscuridad. Todavía recordaba aquella temible batalla bautizada como la batalla de las cenizas por la destrucción que el fuego había causado a la extinta casa de sangre ubicada en España. Brodde...aquel ser que había visto en su mente era Brodde. Sus brazos se estiraban hacía Donovan formando garras con sus dedos y luego, se deshacía ante el fuego en un grito gutural. ¿Qué era esa sensación que se aferraba al hombre de cabellera negra y le quitaba el sueño tranquilo del cuál había gozado en otros tiempos? ¿Acaso los antiguos caídos buscaban advertirle de algo?

Donovan abrió sus ojos de cristal y los clavó en el viejo mausoleo mientras el viento de la noche se llevaba los pétalos que formaban una alfombra de putrefacción sobre el marmolado, llevando el aroma de rosas muertas a todo el lugar. Había visto algo más en ese sueño. Brodde gritaba en medio de las llamas…y luego, al ver ese rostro con más detalles, reconoció el gesto desesperado de Raphael. Y con las llamas que envolvían su cuerpo, se envolvía también la Fortaleza de Londres. Y con las llamas de esa fortaleza se extendían las miserias al resto de las casas de sangre, consumiendo uno por uno a los líderes.


Úrsula Koslova



Se sentía tan bien. La música estaba al más alto volumen, y aún así en millas de distancia nadie la oiría, y sí lo hacían, todos hablarían de mitos y leyendas; de notas musicales perdidas en el espacio y el tiempo. Nunca hablarían de la verdad que escondían los altos muros de la mansión. Y en el más recóndito espacio de aquel magnífico lugar, la Reina hacía gala de sus dones. Sus largas piernas, torneadas pero delicadas debido al ejercicio al que se sometía día tras días, se estiraban en perfectos déboulés, demostrando la eficacia y perfección de su cuerpo. Lo único que se podía distinguir entre aquellos veloces giros era su falda blanca y la estela de su cabello ébano. La música finalizó y Úrsula terminó con sus ojos diamantinos fijos en el inexistente público. No hubo aplausos, no hubo devoción ni adoración, sólo un largo silencio que se extendía en la eternidad. La Reina decidió que debía buscar lo que le hacía falta para llenar ese vacío. A sus vástagos...y al Rey.

Descendió con delicadeza los tablones del escenario mientras su cuerpo cambiaba drásticamente detrás del telón hasta que, recorriendo el centro del camino entre los asientos, una gata blanca hacía su aparición. Aún en esa forma, su piel destilaba soberbia y elegancia. Sus patas trazaban pequeñas huellas que algún súbdito tendría que limpiar. Cruzó la casa con más rapidez que si hubiese decidido ir en su forma bípeda. En esta piel podría alcanzar rápidamente lugares altos, inestables, resbalosos y pare usted de contar. Si ya como humana su equilibrio y balance eran perfectos, como una caprichosa minina era extraordinaria. Acudió a la Suite Real, encontrándola vacía pero con su aroma y el de él regados por doquier. Volvió a adquirir su silueta femenina y humana para entrar en un baño de burbujas, que disfrutó durante un largo tiempo.

Finalmente, cuando se consideró impoluta acudió a vestirse. Deslizó por su cuerpo un vestido blanco que le llegaba a las rodillas. Era cómodo porque no exactamente se adaptaba como una segunda piel a su cuerpo, sino que las capas de fábrica casi transparentes serpenteaban por éste resaltando ciertas áreas, como su escote y el borde de la falda,  con un delicado bordado en hilos de plata. Si no se equivocada, le había sido regalado hace más de 52 años y aún moría por él. Y sí, probablemente llamaría la atención pues la única con permiso para usar ese color en el clan era ella, porque, obviamente, la Reina podía hacer lo que le pareciera. No se calzó zapatos, pues prefería descansar los pies del extenso trabajo en zapatillas de ballet que habían realizado. Se detuvo en el ventanal de su habitación, desde la cual, un gran balcón le daba puerta a contemplar la más profunda y dulce de las noches.  Y mientras miraba la luna plateada, que seguramente envidiaba el color de sus ojos, lo sintió.

Era un ligero cosquilleo en todo su cuerpo que después se convirtió en ansiedad, más tarde en necesidad, pero lo que hizo que Úrsula tomara su forma felina y saltara de balcón para ingresar en los jardines, era la curiosidad. Cuando empezó su camino no estaba siguiendo el característico aroma masculino del Rey, en lo absoluto, estaba siguiendo el llamado de su sangre. Podía sentirla recorrer las venas de su dorogoy. Lo único que no le agradó a la Reina fue el lugar en el que se encontraba.  Retomó su forma humana a más de un metro de distancia y lo contempló. La poca luz que había en el mausoleo parecía ser absorbida por su forma, de una manera oscura y casi siniestra para quien no conociera su espíritu. Una sonrisa se dibujó en los labios de Úrsula y sus colmillos le dolieron cuando intentaron salir. Pero ella no precisaba que la biología empezara a trabajar.

Caminó lentamente hacia él, con la gracia y elegancia que le era innata, casi pareciendo que el viento la trasladaba. Deslizó su mano por su hombro lentamente siguiendo la curva de su brazo  y finalmente entrelazó sus dedos con los de él en silencio, contemplando el panorama delante de ella. No dijo nada durante un largo rato, sabía que Donovan acudía aquí por asuntos que a ella se le escapaban y que los necesitaba para seguir adelante con el clan. Sus ojos diamantinos pasearon por el lugar con curiosidad. ¿Qué se sentiría hablar con los muertos?. Se humedeció los labios antes de hablar -¿Qué te han dicho, dorogoy?- Preguntó suavemente, arrastrando las R rusas, provocando que su voz pareciera un ronroneo. Decidió ponerse el movimiento, y sin soltar su mano, se dejó estar frente a él; buscando su mirada de cristal; tan parecida a la de ella. Subió su mano libre y acarició la línea de su barbilla -Puedo sentirlo- No dijo a qué se refería porque estaba más que segura de que él deduciría que se trataba de su ansiedad y el ligero aroma a preocupación que se desprendían de su esencia masculina.


Donovan


Respiraba, sí, lo hacía. Su cuerpo se movía levemente a la altura de su pecho con cada inhalación y exhalación. La otra vida no le quitó el placer innato de respirar, a pesar de saber que podía dejar de hacerlo cuando quisiese. Sentir los aromas era parte de los pocos placeres que compartía con su lado humano, adormecido en su interior. Y por medio de estos, supo que no se encontraba solo. Aun así, no se movió, ni siquiera cuando la mano zurda de él fue envuelta por la delicada mano de su adorada, tomándole en silencio, con respetuosa caricia mientras él se mantenía con los ojos fijos en los mausoleos. Sabía que tal estado de lejanía, atípica en el Señor Donovan, causaría rumores y temores dentro de la Familia. Aun así, solo ella entendía cuál era la razón de su incomodidad. Entreabrió sus ojos helados, transparentes como el cristal y volvió la mirada a la figura que esperaba a su lado. Una mujer de cuerpo esbelto, más hermosa que cualquier diosa tallada por las finas manos de los más gloriosos artistas; cuya cabellera caía como una cascada de ébano sobre su espalda y cuya piel parecía una muestra de la espuma formando una mujer. Era la dueña del único cuerpo que había cautivado su mirada apenas posó sus ojos en él y del espíritu ardiente que había comprado su alma. Una visión fugaz atravesó su mente mientras ambos ojos se encontraron y fue del tiempo pasado, antes de que los clanes se viesen atormentados por el riesgo de los hijos de la luna. Ella, tan joven, era incapaz de entender lo que azotaba la mente de Donovan puesto que solo había visto la privacidad y el cuidado que él se había esforzado por darle. Cruel señora de la oscuridad, sin embargo, tan sana respecto a la verdadera historia de los caídos. Y mientras observaba sus preciosas facciones, siguió sus movimientos felinos con atención y con la mano libre de su agarre poderoso, acarició la mejilla perfecta para posar el pulgar sobre la sublime forma de sus labios. – Mi reina…- susurró con cautela mientras su semblante de pantera parecía ligeramente consumido por la angustia y la incertidumbre.

Ella no había conocido los tiempos de temor de los vampiros; cuando los licanos amenazaban sin preámbulos la paz que éstos habían logrado en Europa. Sin embargo, esa paz era cuestión de tiempo que se viese consumida por la guerra. Esa diosa de cabellos negros conoció la comodidad que los clanes encabezados podrían dar, pero él, él había visto mucho más con sus largos periodos de vida. Había visto el temor de la invasión; el temor de la más completa extinción. Los Líderes se habían escogido para mantener la paz la mayor cantidad de tiempo posible y ahora, uno de esos líderes había caído. Pero ¿Por qué? –Ellos hablan en una lengua que no puedo comprender…- empezó a decir mientras sus cabellos caían en forma de bucles sobre su frente helada. Y entonces, ante el recuerdo de los viejos temores, renaciendo en su interior, la visión del antiguo Brodde cayendo en la desdicha llegó a su mente como un flashazo imposible de frenar. Las mujeres de Brodde, las hembras conocidas como las bastardas del sol por sus cabelleras teñidas de oro, gritando piedad ante la terrible ira de los lobos. Algunas, las más afortunadas, siendo ejecutadas al instante; otras, las pobres desdichadas, siendo tomadas contra su voluntad por varios de ellos frente a sus amados para luego ser muertas por las garras de las bestias despiertas por la lujuria. Los labios de Donovan se presionaron en un gesto de asco y repulsión y clavó su mirada en el rostro precioso de Ursula. Una sensación de furia contenida se apoderó de cada uno de sus músculos ante la jugarreta bastarda de su mente, poniendo en esas imágenes a la hermosa bailarina rusa presa inocente de la guerra de razas. ¿Qué haría él si alguien hiciese algo así? Deberían de quebrarle y rebanarle sus brazos y piernas para que no se lanzase en su agonía ante los enemigos que buscasen alejarla de él. Incluso la muerte sería más piadosa que la visión de ver a su amada mujer; su reina, en los brazos de esas bestias malditas sedientas de sangre y muerte.

Cerró sus ojos y mantuvo el aire oculto en su pecho por instantes para luego liberarlo mientras volvía a abrir los orbes de su mirada. Sin embargo, la transparencia de éstos se había teñido ligeramente del rojo de la sangre, clásico en él cuando las emociones lo llevaban más allá de los furiosos límites de su naturaleza – O quizás…Comprendo demasiado bien lo que quieren decir y por eso me niego a escucharlo…- aceptó finalmente, sin dejar de mirar a los ojos de ella. Daría todo por alejarla de lo que los muertos decían y, aun así, sabía que si los lobos volvían a atacar, la casa de los guerreros estaba acéfala y los Donovan deberían formar parte del choque para refrenar las manadas que vendrían de los bosques. Ella conocería la guerra y eso…eso le hacía arder con furia los trozos desgarrados de su alma negra – No hay nada en este mundo que no te daría si me lo pidieses…Sin embargo, siento que no te he dado lo suficiente – susurró como una bestia sometida mientras dejaba caer la cabeza ante ella. No había vampiro, líder o plebeyo que viese jamás a un Señor de los Oscuros agachar la cabeza de esa forma, pero ella era su Reina; la única capaz de ver más allá de él y seguir viviendo para disfrutarlo. Posó su frente en la frente de ella, acercando ambos rostros como quien busca contención en un momento desesperado – Ellos hablan de una guerra que se ha aplazado por demasiados años... – confesó, refiriéndose a los mensajes que había estado recibiendo por parte de los otros mundos – Una guerra que amenaza con consumirnos a todos…-


Úrsula Koslova



No cerró los ojos ante la caricia sino que sus labios se curvaron hacia arriba en una sonrisa para su amado y ésta se extendió aún más cuando la llamó su Reina. Cada vez que escuchaba su profunda voz haciendo referencia a ella de esa manera, su alma se regodeaba. Estaba totalmente segura de que el rango no había existido hasta que ella se había autoproclamado Reina de los Oscuros y Joya de la Raza. Porque sí, ella había leído. Y nadie lo había hecho antes. Cuando su tiempo se había alargado, cuando descubrió que estaba atada totalmente a la eternidad entendió que debía  instruirse sobre su raza. Una Reina no era Reina hasta que conocía cada recóndito espacio de sus súbditos, de su origen, de su marca en la historia. Pero todo aquello que había aprendido se quedaba ahí, en su cerebro, como meros mitos y leyendas. Un susurro en oídos distraídos. Sin embargo, por el gesto de preocupación en el rostro, Úrsula infirió que pronto aquellos cuentos tomarían vida pero en su rostro no se notó un ápice de ansiedad aunque él seguramente lo percibiría.

Sus palabras hicieron que Úrsula frunciera el ceño. ¿De verdad no los entendía? Él que tenía siglos interpretando lo que sus antepasados querían decirle. Previendo los desvaríos de la raza. Anticipándose. Ella abrió sus labios para incitarle a seguir intentando, por su bien, y por el de los Oscuros pero su gesto hizo que perdiera la voz. ¿Qué era aquello que bailaba en su mente que despertaba aquel instinto sobreprotector para con ella? Debía ser brusco, cruel, hiriente. Úrsula temió y sus ojos fríos se convirtieron en orbes glaciares que nada tenían que envidiarle a la Antártida. ¿Qué era lo que le comunicaban sus ancestros que desataba aquella esencia oscura dentro de su ser? Ella pudo observar cómo la transparencia de los ojos de su hombre eran teñidos por un peligroso carmesí. Y su cuerpo sabía que no se trataba de biología, de lo contrario, sus colmillos habrían salido disparados y la habría tomado en ese mismo lugar sin respetar demasiado a sus ancestros. Esta vez era diferente, su cuerpo no había respondido y el de ella tampoco. Había sido la ira que sus pensamientos habían desencadenado.

-No lo niegues, Donovan. No deberías. Saberlo y no hacer nada al respecto podría condenarnos- Musitó y su voz no sonaba tan firme como muchas veces lo había hecho. Tenía miedo porque si el instinto de Donovan se había disparado quería decir que dentro de poco ella estaría en peligro...Y nunca lo había estado. Su hombre había actuado de manera irracional en contadas ocasiones y no porque su seguridad se viese afectada si no porque hubo machos estúpidos que quisieron cortejarla. Ahora era diferente. Escuchó con atención sus palabras y una inmensa tristeza recorrió su ser. Tensó los labios y desató su agarre para subir sus delicadas y gráciles manos hasta el cuello de Donovan -No hay nada que ansíe más en esta tierra que a ti- Acarició con suavidad la piel de su cuello y su aura de preocupación fue mermando hasta mutar en una de inmensa tranquilidad y satisfacción -Las cosas materiales siempre estarán ahí cuando las necesite. Pero sin ti, Donovan, no puedo existir- Sí, era ciertamente superficial y cínica...Era caprichosa y perfeccionista. Ella no pedía lo que quería, lo  exigía. Pero había una inequívoca verdad ligada a su alma, a su creación. Donovan era su Dios, sin él, no había manera de que ella pudiera seguir sobre la faz de la tierra. Hasta cierto punto, todos creían que la pareja  de reyes eran dos líneas paralelas en un mismo plano, pero estaban muy alejados de la realidad. Eran una sola. Úrsula no podía imaginar, siquiera, su futuro sin él. Y sabía que él tampoco.

Le dolía en el alma lo que le decía, no por sus palabras, sino por su irremediable dolor. La confirmación de lo que había pensado hizo que el temple de Úrsula zozobrara por medio segundo. Me.dio se.gun.do. Tras aquello negó con la cabeza  y sonrió -No, mi dorogoy. No hay manera de que nos consuma si nos preparamos- Mencionó con una sonrisa y sus dedos pulgares hicieron con Donovan alzara el mentón hacia ella -Si el futuro así lo requiere, sangraremos para nuestros enemigos- Le dijo con ese ápice de seguridad que Úrsula desenredaba cuando su lado sádico salía a la luz. Lo tenía, no era muy común que lo sacara, porque la gente le temía. Sus escenas habían sido escasas y sólo por una única razón, hembras lo suficientemente ignorantes para mirar a Donovan con ojos brillando de algo que no era respeto. Se decía que Úrsula las consumía, cosa que era una total mentira porque las hembras no podían beber de otras hembras, pero su rango de Reina estaba lleno de misterios y muchos decían que era capaz de hacer cosas que otras mujeres no. Lo cierto es que la bailarina rusa las encerraba en mazmorras durante cierta cantidad de tiempo dandole poco acceso a sangre hasta que finalmente acudía a extirparle los colmillos para que no pudieran alimentarse nunca más. Luego las dejaba libres, pero no duraban demasiado. Los solteros, a sabiendas de que la hembra había sido condenada y por su incapacidad de alimentarse dejaría la tierra pronto, la secaban para aprovechar la última bebida. Úrsula coleccionaba los colmillos y hasta ahora se había hecho una pulsera con hilo de oro y un pequeño cascabel, de esa manera, las vampiras -por el sonido que solía llamar mucho la atención- podrían observar los que les esperaba si abusaban de su status.

Poco  a poco su seguridad fue volviendo -No hay nada en esta tierra, que pueda consumirnos, amor mío.  Nosotros somos leyendas y como tal, viviremos por siempre en los pasillos de esta mansión y en los susurros de la noche- Musitó con una sonrisa que inspiraba tranquilidad por la dulzura y el amor que se profesaban en ella -De nuestro amor se hablará durante siglos si es que llegamos a extinguirnos, porque no hay nadie en este universo, ni ahora, ni nunca, que ame a alguien como yo te he amado a ti-  Añadió antes de darle un muy casto y corto beso en los labios.


Donovan



‘Saberlo y no hacer nada podría condenarlos’. Tales palabras proferidas por los labios de la bailarina rusa, joya entre las joyas más preciadas; dueña de la piel más tersa y blanca y del cabello oscuro de las perlas negras hicieron que el macho del clan desviase la mirada nuevamente a la soledad de los mausoleos. Por tantos años otros como él habían trabajado incansablemente para ser considerados como hijos de la raza de los bebedores de sangre; pero sabía que al inicio de ese clan, los Donovan eran perseguidos por sus mismos hermanos. No eran hombres, no eran vampiros…Por momentos, durante las noches más oscuras cuando la luna moría y permitía ver las estrellas, Donovan volvía a rememorar esa pregunta ¿Qué eran? Sin embargo, para los perros el chupasangre era igual desde oriente hasta occidente; desde Europa hasta America. No importaba la magia de la sangre o la corrupción de ésta. Donovan sabía que la sangre de los suyos podía herirles y con eso entendía el mensaje de los dioses para los Oscuros: Fueron creados para pelear contra los Licanos, así no perteneciesen a los vampiros al cien por ciento. Y por eso, eran vitales en la guerra de razas.

Soltó un suspiro y sus gestos se endurecieron viendo con fascinación a la mujer que hablaba frente a él.  Ella vivía por él; ella vivía para él. Cuando fue escogido por el antiguo Donovan, muerto hacía siglos por los rayos purificadores del impiadoso sol, se habría dicho que no existiría hembra que tomase como propia. Todas serían de él y él no sería de ninguna. Sabía que si elegía a una, perdería la fortaleza, volviéndose una bestia más que un ser; viviendo por algo más que por el Clan en sí. Pero entonces, Úrsula apareció. Tenía la postura de una reina sin serlo; la belleza de una diosa. Y entonces, cuando la vio por primera vez, la mirada del vampiro se tiñó de rojo; sus ojos transparentes se clavaron en ella y susurró en la oscuridad para que solo ella le escuchase –“Eres mía”. – En ese instante, como un crío recién convertido no midió la posibilidad de arriesgarla siquiera. Pensó en ella y para ella construyó esa fortaleza. Para ella y sus hijos, seres que a Donovan le importaban pero no tanto como para demostrarlo. Con ella era diferente. Ella era la reina del clan pero él solo era un Líder que se mostraba apático con los novatos y rígido con los antiguos. Demasiado alto estaba para preocuparse por los problemas de los vampiros. Ella mantenía los lazos y transmitía los problemas del clan mientras él buscaba aumentar el poder del mismo. ¿Acaso no eran así los líderes? Demasiado tiempo, demasiados siglos de paz ahora pasarían a cobrarle la factura que había evitado por años. Lo había visto, había visto a Brodde arder; había visto a Raphael arder, pero los dioses sabían que no sería capaz de ver a Úrsula hacerlo.

Le sujetó por los brazos clavando su mirada en los ojos transparentes de ella mientras presionaba los dientes ante sus palabras  - ¿Sangrar? No, tu no sangrarás para nadie ¡jamás! –En un pestañeo la calma de sus rasgos se habían perdido en una furia envolvente para mostrar una belleza temible ante la luz de la luna muerta, frente a sus antepasados, muertos también. Los oscuros estaban tan ligados a las tradiciones que eso les volvía uno de los clanes más supersticiosos. Los antepasados eran sus dioses y esos dioses conocían la ira del Donovan. En muchas ocasiones el macho Líder perdía su vida por lanzarse contra aquel que osaba levantar una mano contra su reina. El Donovan, conocido por ser espiritual, místico y prudente tenía un único punto débil y era su devoción a su elegida. Si tocaban a Úrsula; si alguien le ponía un dedo encima, Donovan quemaría el mundo para encontrar a ese alguien, descuidando incluso al resto del clan. Así de devoto; así de débil podría volverse un Lider por su Reina. –Júramelo ahora, ante ellos…- susurró, apretando los dientes sin dejar de verle, mientras la piel pálida de su rostro adquiría una visión más sombría ante las penumbras – Si los hijos de la Luna logran cruzar…Si ellos inician una guerra, irás a Oriente. –diría arrastrando sus palabras. Se odiaba a sí mismo al decirlas. Alejarse de ella era un castigo que sabría, se le haría insoportable. Sin embargo, los Donovan no eran guerreros, eran brujos, nigromantes, magos…En el instante en que los licanos cruzasen los umbrales de los guerreros, sería una masacre incapaz de ser contenida. Mientras ellos no pisasen Austria, estaban a salvo. Pero si lo hacían, los Donovan no prestarían tanta batalla como los guerreros de Raphael– Te llevarás a los jóvenes y te irás a Oriente. Si caigo, Úrsula, deberás elegir a mi sucesor…– empezó a decir.

Lentamente el temblor de sus gestos se calmó y la frialdad volvió a apoderarse de él. Soltó un rugido apagado mientras bajaba la mirada al suelo, escuchando aquellas promesas de amor eterno como si fuesen un bálsamo para sus heridas internas. Cada palabra era una caricia; cada caricia un juramento…Y aun así ella no le prometía lo que él deseaba escuchar – Eres la mujer que elegí. Sé que cuando me viste, me elegiste también- decía, mientras la acercaba hacia sí y con su mano surda tomaba el suave mentón de la vampireza, con la simple excusa de tocarle. Su piel era cálida a pesar de la frialdad de la noche…Y con ésta, sentía que estaba viendo a una musa que había tomado forma ante él. -Eres lo único en este mundo que me hace débil. Si algo te pasase, dejaría al clan arder – dijo con sinceridad, mientras volvía a acercar sus labios a los de ella para posarlos en éstos y luego, volvió a mirarle a los ojos, más cerca que nunca; intimo y decidido …Incluso intimidante– Si algo te pasase; yo mismo los haría arder a todos…- confesó.


Úrsula Koslova



El grito fue esclarecedor. A Úrsula le destellaron los ojos. Na.die le gritaba. Na.die le espetaba cosas a la Reina. Estuvo a punto de gruñirle al respecto pero cuando su labio superior se alzó para mostrar sus caninos blancos expuestos, como cuchillos de marfil,  se fijó en los rasgos de Donovan y retrocedió. Sus ojos estaban chisporrotenado de rabia, su cuerpo se había puesto tenso y sus rasgos eran oscuros, sombríos y peligrosos. Le gritó de nuevo y sintió el olor acre de la ansiedad colarse por sus fosas nasales lo que destruyó su capacidad de imponerse. Estaba realmente preocupado así que Úrsula alzó su mano derecha y rasgó su propia palma con sus colmillos haciendo una apertura profunda en ésta y dejando que la sangre fluyera por su palma. La dejó caer mientras se arrodillaba en la tierra y se llevaba la mano hacia el corazón haciendo que su impoluto vestido absorbiera el líquido carmesí, manchándolo para siempre aunque a ella no le importó. Bajó la cabeza rindiendo pleitesía al único hombre ante el cual se arrodillaría jamás. Y esta, era, sin duda,  la primera y última vez que lo hacía.  -Lo juro- Se mantuvo en silencio un momento -Ante nuestros ancestros y ante ti- Agregó un poco más tarde y se levantó con la misma gracia de siempre. Se llevó la mano derecha cerca de los labios y su lengua rosada dio largas pasadas por encima de la herida ayudando a la rápida cicatrización de su palma.

Sus ojos transparentes volvieron a posarse en los de él cuando su mano estuvo limpia y curada. Esperaba que aquellas cortas palabras pudieran darle la tranquilidad que aspiraba encontrar. La tranquilidad que ella misma quería que encontrara. Porque, sin duda, los últimos días no habían sido buenos para él y los miembros del clan estaban empezando a sentirse azorados y con profunda zozobra. El silencio de ella misma también había hecho mella. Era común que Úrsula los reuniera a todos noche tras noche para darles algún anuncio y viceversa;  o, si no había nada que hacer, por lo menos saludarlos y desearles buenas noches. Hacerles saber que estaba ahí. Pero la muerte de Raphael había sido crítica para todos. Úrsula no podría decir que lo conocía, ni al famoso Lázaro ni a él; pero la reacción de Donovan hacia esto le había alertado. Aparte, en sus más de tres siglos de vida, nunca había oído algo así por lo que supuso que se trataba de algo importante y antes de tener más información prefirió abandonar su rutina.

Pero Donovan ya tenía un plan. Lo único que se le había olvidado al Líder de los Oscuros es que a la Reina, nadie le ordenaba nada. A la Reina se le sugerían cosas.  Su piel, de por sí muy blanca, había palidecido tanto que hasta sus labios habían perdido el rosa que los caracterizaba. Aparte, el mismo viento parecía haber dejado de juguetear con su cabello y el brillo de sus ojos se había apaciguado de manera instantánea. Él tenía un plan, podía percibir el pesar de su voz, y podía interpretarlo. Sin embargo, no le encontraba sentido...No hasta que se perdió en sus ojos. Él había trazado un plan porque ya se había dado por vencido. Ya daba por sentado que la guerra se desataría con tanta violencia que rápidamente llegarían hasta ellos para deshacerse del enemigo. El Donovan que ella conocía era un guerrero también. Un Guerrero de las sombras que la había enamorado con ferviente pasión en las oscuras noches sin luna. ¿Qué había pasado con él en las últimas tres semanas que ya se daba por muerto?

Aunque eso no era suficiente. ¡Oh, no!. Ella tenía que elegir al sucesor. Si él moría, no tenía permitido deprimirse. No tenía permitido siquiera pensar en el dolor que recorrería sus venas como si de ácido se tratase, ni el corazón lleno de huecos que le dejaría. ¿Acaso no entendía que en el momento en el que supiera que él había fallecido se convertiría en un caparazón sin esencia?. No, no lo entendía. No rechazó el beso, pero ella se había vuelto fría mientras una cruel ira se filtraba en sus venas. Se apartó de él cuando dejó de hablar y comenzó a caminar por el mismo trazo por el cual había llegado. A mitad de camino se detuvo y miró por encima del hombro con sus ojos encendidos con la energía mística que rebozaba en su sangre, como faroles en la oscuridad,  hacia el vampiro por el cual había entregado la vida humana -¿También tengo que emparejarme con él, mi señor?- Preguntó con crueldad. Nunca se había dirigido así a él. Pero...¿De quién demonios se iba a alimentar mientras él estaba aquí y ella en Oriente? Dejó que las palabras flotaran en el aire esperando que la imagen de su cuerpo y sus labios sobre otro vampiro dandole lo que ella necesitaba para vivir se le clavaran como agujas bajo las uñas.

No esperó respuesta porque no le interesaba, sólo quería herirlo como él acababa de herirla a ella. Avanzó un par de pasos y su cuerpo se transformó elegantemente en la conocida minina real del clan Donovan. Sus patas se sintieron ligeras y su cuerpo una herramienta que conocía a la perfección mientras caminaba con gracia felina, su pelaje estaba manchado de su propia sangre así que debía cambiarse antes de retomar la rutina. Es decir, su destino estaba en su habitación.
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Re: La llamada de las Sombras [Donovan y Úrsula]

Mensaje por Donovan el Sáb Ago 31, 2013 11:38 pm

La mirada de Donovan atravesó el corto aire que les separaba como si fuesen agujas. Su iris fue recubierto por una lámina carmesí cuando escuchó las últimas palabras de ella, dirigidas a él como si fuese una afilada daga con la cual buscaba atravesarle. Y de haber sido una daga, posiblemente le habría dolido menos. ¿Acaso no entendía que él estaba así solamente por ella? ¿Acaso no comprendía que se había vuelto débil gracias a ella? Los gestos del vampiro eran helados, pero a la vez amenazantes, como si algo dentro de él, una esencia fiera que había contenido por demasiado tiempo empezase a emerger de lo más profundo de su ser. Aquel hombre que había sido tiempo atrás, sometido por las injusticias había muerto cuando obtuvo el abrazo de la eternidad. Aquel hombre débil que había visto morir a sus amados padres había resurgido de las cenizas y había cazado literalmente a cada uno de los impíos que le causaron dolor. El había bebido del Donovan anterior y se había impuesto a todo un clan, armándolo con sus propias manos ¡Él no tenía nada que perder antes de su llegada! –Eres cruel, Úrsula – recalcó con lentitud, sabiendo que ella se había alejado lo suficiente como para que pudiese escucharle. Su quijada estaba aprisionada, marcando con perfección sus rasgos y sus ojos perseguían esa silueta danzarina con excesiva intensidad, casi como si el amor que envolvía cada uno de sus gestos se hubiese visto consumido por algo mucho más poderoso e intenso. ¿Emparejarse? ¿Acaso realmente sería capaz de hacerlo? No, claro que no, solo buscaba dañarlo y con esas cortas palabras, lo había hecho, efectivamente.

El viento de la noche era helado y mecía las ropas y los cabellos del vampiro casi como si buscase calmar el calor que empezaba a emerger de sus poros. Sus puños estaban apretados, mientras la figura felina de su esposa se alejaba y él le veía como si todo fuese una película en cámara lenta. Ella se perdió en la intensidad de la noche, sabiendo que él continuaba viéndole, pero ni así volvió una sola vez su indiferente visión. El pecho de él se movía con lentitud mientras respiraba tratando de mantenerse en calma. Pasaron los minutos y cerró sus ojos, buscando encontrar la quietud de su propio interior. No, él no era cualquier Donovan, era el primero. Debía encontrar la forma de someter sus impulsos y ser más poderoso que aquellos celos insoportables que le envolvían al pensar en ella entregándose a cualquier otro que no fuese él. Y entonces, no lo soportó. No habría fuerza que pudiese llevar a soportar semejante insulto. Ni de ella, ni de nadie. Con pasos poderosos que golpeaban el suelo bajo sus pies, destrozó la ruta que tenía frente a él, mientras su cuerpo se volvía una sombra que se movía con agilidad por la noche.

Cruzó los pasillos en soledad, obviando miradas o susurros; evitando los pensamientos de sus muertos y de los fantasmas que caminaban por la noche. Cuando se vio frente la puerta de la habitación, su ceño estaba fruncido y sus labios presionados. Bastó que posase la palma de la mano sobre la puerta para que ésta se abriese con salvaje potencia, arrancando la cerradura y quebrando la madera que envolvía la misma en múltiples astillas. Los ojos de Donovan eran brasas, rojos en su plenitud, envolviendo la pupila negra como el abismo. Incapaz de cambiar o dominar siquiera a la bestia que se apoderaba de él, paseó la mirada por la habitación y la clavó en Úrsula apenas le encontró. Si había alguien cerca a los aposentos, todos desaparecieron al verle cruzar los pasillos en ese estado. Si las almas de los infiernos gritasen ahora a su alrededor, todas temerían de la furia que contenía aquellos ojos de tonos escarlatas. - ¡Eres una ingrata! – rugió como una fiera mientras levantaba su mano hacia ella, caminando como una pantera enfurecida hacia la mujer mientras controlaba sus poderosos instintos. Habría deseado darle una bofetada por primera vez en su vida, enseñarle que no podía darle la espalda de ese modo ¡Que no podía burlarse de él de ese modo! Sin embargo, la demencia que le invadía no era tan intensa para llegar siquiera a lastimarle. A ese punto la amaba. Tanto que le dolía como una espina atravesando su pecho. – ¿Crees que no lo sé? ¡¿Crees que no lo he pensado?! – gritó enfurecido, cerrando el puño y bajándolo con fuerza como si golpease algo perdido en el aire, mientras sus colmillos asomaban en sus labios perfectos como dagas afiladas dispuestas a atravesar la carne – Lo pienso cada instante y cada instante me trastorna. Lo sueño, lo imagino y lo veo… Y me hierve la sangre al pensarlo…¡Pero a ese punto te amo, ingrata! – rugió de nuevo, frente a ella, mezclando su voz con el grito de una bestia que emergía de su garganta como un trueno -¡Tanto que prefiero morir a verte morir a ti! – estalló, girándose con fiereza. No podía verla, si lo hacía, el animal se apoderaría del hombre de nuevo, y a pesar de la ira que le había provocado con su desdén y su soberbia, el temible Donovan jamás le había levantado la mano –Aunque eso…eso signifique…- empezó a susurrar. Sus palabras eran tan difíciles de decir que sentía como sus músculos se contraían mientras su cruel mente le mostraba aquella visión de su esposa, cediendo a los brazos de otro hombre. Acariciando con sus manos delicadas la piel de aquel, y rasgando con sus dientes el cuello de este. Las manos de él sobre las de ella…los ojos de él sobre ella...

Donovan abrió la boca y su mueca se volvió vestían mientras sus colmillos quedaban expuestos en un gesto animal que solo manifestaba el enojo del cual era presa en esos momentos. Estaba embriagado por los celos, tanto que todo a su alrededor parecía perder forma. Solo veía esa imagen…No era más que su imaginación pero ésta había hecho demasiado alboroto en su mente ya. Se volvió y su mirada era la de un animal. Sus ojos rojos como la sangre, la palidez lunar en su rostro y sus dedos doblados, mientras sus colmillos se mostraban. Sin decir palabra, sin mediar un instante de visión siquiera, se lanzó hacia ella, mordiendo su cuello, desconociendo si la lastimaría o no. Sabía que lo haría, pero necesitaba hacerlo. El Donovan preso de los celos necesitaba volver a enfocarse…y ella era su punto de enfoque en ese momento. Saboreó con sus labios el dulce sabor de su sangre y lentamente, la bestia empezó a ceder. Mientras la sangre pasaba hacia su garganta, toda su mente empezó a abrirse de nuevo, mientras el hedor de la furia se veía lentamente consumido por el aroma de Úrsula. Donovan abrió los ojos. Aun tenía entre sus labios la piel de ella. Con cuidado, se movió hacia atrás para desprenderse de aquel mordisco, mientras veía la herida que él mismo le había producido en su piel de mármol y pasaba su lengua por sus labios húmedos. Respiraba con la boca y agitado porque, a pesar de haber logrado refrenar a la bestia, estaba aun sumido en aquel estallido emocional que no acostumbraba sentir.
Miró a Úrsula un momento…Con cansancio en su cuerpo, bajó la mirada al piso y negó con la cabeza ¿Cómo explicarle lo que ella le había hecho? ¿Cómo explicarle lo que ella había causado en él? - …Yo…- empezó a decir y las palabras escapaban de su mente como la sangre de su lengua – Nunca vuelvas a decirme algo así…- susurró con pesar. Sentía vergüenza por su reacción; pero aun sentía un poco de molestia ante lo que acababa de suceder pero, no podía explicar qué era exactamente lo que había detonado aquella explosión: si Úrsula y su desdén; si el hecho de que ella no pensase en cómo él se sentiría al dejarla ir o el simple hecho de saber que había perdido el control de su propia naturaleza. Stefan le había dicho cuando le convirtió que él sería el Lider perfecto…Lo había perdido todo. Pero ahora, él notaba que no era así. Había algo más importante para él que su propia vida y la del clan. Era ella…Su talón de Aquiles.
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Re: La llamada de las Sombras [Donovan y Úrsula]

Mensaje por Úrsula Kozlova el Dom Sep 01, 2013 1:20 am

Le escuchó. Pero ella decidió no darle la más mínima importancia. Pues sí hablaban de crueldad era él el maestro de todo. Había ideado todo un plan para enviarla lejos y simplemente se lo anunciaba. Úrsula podía tomar muchas cosas con calma. Esa era una que provocaba su histerismo. Su cuerpo felino se movió   por inercia hacia su habitación pues su mente aún revoloteaba en torno a las palabras de su esposo. Una vez subió al balcón adoptó su forma humana y sintió la caricia de la seda sobre su piel así como el inmediato halo de frío que recorrió la habitación cuando abrió las puertas de vidrio. Sus manos acariciaron sus brazos con lentitud, en un movimiento natural, para cubrir su cuerpo del frío. Se encaminó hasta el gran armario, uno que a simple vista parecía más grande que la habitación y se retiró el vestido por encima de la cabeza antes de tirarlo en una canasta. Su reflejo en el espejo de cuerpo entero que ocupaba parte de una pared llamó su atención y sus ojos diamantinos inspeccionaron minuciosamente aquel pedazo de carne que le habían otorgado en la vida y le había seguido en la muerte. Fue ahí cuando se dio cuenta que su delicada piel estaba menos tersa que antes. Con algo de alarma se acercó más al espejo y pasó sus frágiles dedos por la piel de su clavícula que empezaba a verse ligeramente apergaminada. Entonces, como quien ha descubierto las pistas de un enigma; empezó a observar pequeños puntos dispares en su inmaculada belleza. Sus ojos no tenían el mismo brillo de siempre, su cabello no se veía tan esplendoroso como las estrellas en el manto oscuro de la noche, sus mejillas no estaban arreboladas con un suave tono carmesí.

Y lo entendió.
Había dejado pasar demasiado tiempo.


No se había dado cuenta de las pistas porque su misma mente estaba embotada. Todo estaba cubierto por una espesa niebla que le impedía ver las cosas con suma claridad. Su sagacidad había ido a pique y, como también había abandonado las reuniones y la socialización, no había tenido que usarla. No tenía tampoco la facultad nítida de todos sus sentidos expandidos. Eran como si, poco a poco, fueran apagándose. Y todo esto ocurrió porque Úrsula nunca, nunca, había tenido más de dos días sin beber de él. Ahora que recordaba con más ahínco cuándo fue la última vez que lo hizo, la muerte de Raphael vino a su memoria. Había sido esa fatídica noche la última vez que había hundido sus cuchillos de marfil en la tierna y cálida piel de Donovan para beber de ese río místico que le daba vida. Eso había sido tres semanas atrás y según la biblioteca que había insistido en adquirir, los escritos vagos  sobre el tiempo de duración de un Donovan sin sangre se extendían –como máximo- a un mes antes de morir de forma definitiva días después de tal fecha.

Un rugido se escapó de sus labios como muestra de alarma y miedo ante la imagen que se presentaba ante ella. Así se percató de que éstos también estaban débiles. No salían con la rapidez que les correspondía y, no se había dado cuenta, pero le había costado un poco perpetrar en su propia carne cuando hizo su juramento minutos antes. Se los tocó con lentitud y notó que, a diferencia de la primera vez que los había sentido salir, no se había cortado. Unas inmensas ganas de llorar se arremolinaron en su interior no solo por ir perdiendo su belleza si no porque Donovan la viera así, a punto de morir. Sabía que debía beber de él pero su sangre estaba infestada de matices llenos de preocupación y a Úrsula aquello no le gustaba. No quería usarlo, quería que le dedicara a ella toda su devoción en cada sorbo que la Joya de la Raza tomaba; y no en los líos de los espíritus. Era egoísta pero eso, a fin de cuentas, era su naturaleza. Con los labios tensos por la frustración eligió un par de pantalones blancos de corte sencillo y una camisa manga larga del mismo color.

Salió del armario con un gesto taciturno cuando sintió a Donovan caminar hacia la habitación. No se hubiese dado cuenta de su presencia si no fuese por la sangre de ella que recorría las venas de él. Sus sentidos, realmente, iban de mal a peor. Se movió a través de la habitación con parsimonia y cerró los ventanales del balcón y las cortinas momentos antes de que la puerta principal estallara en pedazos. La Reina Oscura se sobrecogió y giró sobre sus pies cuando él la insultó. Y aunque aquello había hecho que su cuerpo se estremeciera lo que le causó impresión y provocó que el miedo recorriera cada parte de su cuerpo –inundando la habitación del curioso aroma dulce de la muerte- es que él había levantado su mano. Sin embargo, la dama se quedó petrificada delante de él. Simplemente sosteniéndole la mirada pero no con el gesto altivo de otrora. Ella lo había visto celoso en otras ocasiones, pero la ira nunca la había volcado en ella. Sabía que no debía interrumpirlo, pero eso era lo único que quería hacer. ¿Por qué? ¿Por qué no entendía la lógica inmediata de su plan? En el momento en el que él muriera, Úrsula lo sentiría y se volvería loca. Cazaría a cada maldito bastardo hasta dar con el que había dado muerte a su esposo y después se reuniría con él en el plano de las almas para aconsejar a los nuevos líderes, por siempre y para siempre; porque esa había sido su promesa.  Reconoció aquel gesto de furia rápidamente, pero también había terror y preocupación. Ella lo comprendía. Sabía que era por su bien que se retirara del foco de guerra. Pero ¿Por qué seguiría caminando sobre una tierra en la cual él no estuviera? No tenía el más mínimo sentido.

Y antes de que pudiera protegerse de su ataque, Donovan había perpetrado su garganta con sus colmillos con una fiereza tal que la había lastimado. Ella contuvo un grito y aunque el dolor hizo que su cuerpo se tensara poco después se entregó devotamente a él. Movió sus manos hasta el pecho  de él y apretó con suavidad las telas que cubrían su cuerpo. Después de todo, la Reina Oscura había obtenido lo que quería. Lo había sacado de ese aire retraído y reservado que tenía desde hace semanas. Le había recordado quién era ella y quién era él. Ella cerró los ojos mientras disfrutaba de tenerlo cerca alimentándose de ella pero el momento fue efímero aunque ella permaneció con los ojos cerrados después de que él se alejara. Entre la sangre que había perdido en el juramento, la que él había tomado y la que aún se derramaba por su cuello sus fuerzas estaban flaqueando de a poco y su fatiga se hizo evidente. Le escuchó y sintió su dolor como suyo y el infinito amor que sentía por él recorrió su cuerpo e inundó la habitación con un profundo aroma a rosas en el anochecer –No pretendas alejarme de ti nuevamente, Donovan- Sentenció y abrió sus ojos diamantinos para posarlos en él con una veneración tal que hasta el mismo Jesucrito envidiaría–Si vuelves a ordenarme que vaya a Oriente para salvar el clan, te prometo que no quedará un clan que salvar para la próxima luna- Añadió y apartó la mirada para ir a buscar una toalla con qué limpiarse. Mientras tanto se lamió los dedos para luego pasarlos por la herida y hacer que se cicatrizara más rápido pues la coagulación y sanación también se estaban viendo afectadas por la falta de sangre, por lo cual, se ralentizaba.

-Te entiendo, dorogoy. Yo también prefiero morir que verte hacerlo- Mencionó mientras se limpiaba frente a la gran peinadora construida durante el Romanticismo y que había sido otro de sus caprichos. Ladeó la cabeza para verse mejor la herida y la acarició con una pequeña sonrisa de orgullo, sintió una punzada de dolor pero no le importó,  antes de terminar de limpiarse –Si es hora de ponerle fin a la eternidad, Donovan, prefiero que lo hagamos juntos... El Destino está echado, amor mío. Cuando la muerte toque a mi puerta, en Oriente u Occidente igual me despojaré de este cuerpo y continuaré en el siguiente plano- Desechó la toalla a un lado de las tres cajas que guardaban sus preciadas alhajas y se dio la vuelta. Adoptó incluso una informal al apoyar su cadera del mueble y cruzarse de brazos –Necesito que entiendas que en el momento en el que mueras, dejaré de ser Reina. Que el Clan haga lo que quiera. No soy yo, sin ti…- Finalmente se incorporó y caminó hacia él quedándose en frente para que sus ojos de diamante penetraran en los de él –Y buscaré a cualquier maldito licántropo y le destrozaré el cuerpo, el alma tan cruelmente que se convertirá en leyenda- Añadió y subió las manos con más lentitud de la que planeaba y tomó el rostro de Donovan con sus estas, envidiando profundamente lo tersa de su piel –La muerte nos encontrará aunque pasemos años huyendo de ella. Y esos años no quiero pasarlos sin ti- Murmuró antes de pasar sus brazos por su cuello y abrazarlo con poca fuerza.
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Re: La llamada de las Sombras [Donovan y Úrsula]

Mensaje por Donovan el Jue Sep 12, 2013 10:18 pm

La mirada distante se había quebrado como si se tratase de una pared de cristal rota con un solo golpe. Los ojos entrecerrados del vampiro permanecían presa de la belleza abismal de su esposa y de la herida lacerante que sus propios dientes le habían provocado en el cuello. Cada vez que ella se entregaba a él, predominaban las caricias de sus manos, el movimiento de su lengua, el encanto cálido de su abrazo mientras admiraba su perfecta desnudez, pero en ese momento nada de eso había pasado y era la vez primera que se daba de tal forma. Fue directo a morder su piel de mármol, dispuesto a dañarle si ella no se lo permitía y morderla muy a pesar de gritos y quejas. Pero ahora, que la veía luego de saciar la sed de su calvario, se sentía tan avergonzado que no podía mirarle a los ojos. Las palabras finales de ella, esa devoción que sentía le hizo acercarse a su mujer y caer de rodillas ante su cuerpo, posando su cabeza en el vientre exquisito mientras cerraba los ojos, confuso ¿Por qué ella continuaba tratándole con tanto amor? Lo veía en sus ojos, lo sentía en el sabor de su sangre y en el aroma que les había envuelto después. Lo reconocía en sus palabras…Tanto era el amor que Úrsula sentía por él que quebraba el deseo de poseer; iba mucho más allá. Levantó sus manos para contornear la silueta de sus caderas mientras ella escapaba de sus dedos para buscar algo con lo cual pudiese limpiar su piel lastimada. Donovan apretó los labios, mordió el inferior causándose dolor para castigar su estupidez. Siguió con sus ojos transparentes el cuerpo de ella alejándose y se puso de pie para poder sentarse en la cómoda cama que ambos compartían cada uno de los días desde que él la hizo suya.  

Cada una de las palabras de Úrsula era como una canción de cuna, calmando al animal inquieto que vivía en el interior de Donovan, amenazando con alejarla de él en caso de peligro. Pero ¿Tenía ese derecho? Mientras la miraba pensaba en lo que pasaría con él si la perdía. Seguramente perdería la cordura; buscaría la forma de acallar el odio y el dolor que le invadiría y esa bestia que acababa de ver la superficie, mordiendo a su mujer sin cuidado ni aviso emergería matándole para siempre a él y a todos los que estuviesen cerca. No decía palabra alguna ni respondió siquiera con un gesto la declaración de amor que ella le daba, tan pura como su belleza angelical y diabólica a la vez. Las manos sobre la piel del rostro y la mirada intensa de Úrsula le atravesaron el alma, llenándolo del claro deseo de tomarla en ese instante, y nunca separarse de ella por más que el mundo se partiese en dos. Se había sentido confusamente desdichado al pensar en pertenecer de tal forma a alguien pero, al verla a los ojos, al mirarla y admirarla, nunca pudo sentirse más feliz. Ella lo era todo. Él había nacido para llegar a ella; había sobrevivido la vida de los hombres; las guerras; la muerte de épocas enteras para llegar a ella. Y mataría la misma eternidad por mantenerla a su lado. Iba a sellar esas palabras y pensamientos con un beso en los labios tersos de su esposa, su preciosa mujer, cuando bajó un instante los ojos transparentes hasta éstos - …Úrsula… - escapó de sus labios al notar leves grietas debajo del tinte carmín de su boca. La mirada de Donovan se clavó en el rostro de la mujer y su estupefacción se mostró en el instante en que él la llamó por su nombre, cosa que jamás sucedía a menos que estuviese molesto o preocupado.  Y entonces, de no tener la piel pálida como la luna, habría empalidecido aun más. Se puso de pie rápidamente, acariciando los hombros de ella, mientras sus manos  le tomaban el rostro y analizaba con cuidado el rostro antes perfecto de ella. Grietas, pequeñas, apenas notorias, pero existentes. Arrugas ¿Pero por qué? ¿Ella estaba envejeciendo? No fue rechazo lo que invadió al Lider oscuro, sino un terrible temor. Sentía que algo quería llevársela y él no lo había notado. Había pensado en la guerra; había pensado en tantas cosas pero jamás imaginó que la posibilidad del fin estuviese en la propia naturaleza – ¿Hace cuanto que tú no has…? – empezó a decir, demasiado contrariado para poder recordarlo. Él sí bebía de ella pero ¿Acaso ella no lo hacía de él? Sin dejar de sostener el rostro pequeño de su mujer con su mano diestra; sin dejar de ver la piel antes tersa ahora cubierta de pequeñas grietas que apenas se veían, pero para él eran el presagio de un terrible final, Donovan usó su zurda para arrancar los botones de su camisa y abrirla, posando finalmente sus ojos sobre la belleza diamantina que representaba la mirada de Úrsula sobre él. Le miró en silencio y acercó su frente a la frente de ella, soltando un suspiro de dolor ante la visión de su sufrimiento silencioso. La mano que antes había tomado el suave rostro de Úrsula ahora se volvía caricia, bajando por éste para posarse sobre su hombro, y finalmente, sobre su espalda. Afirmó con ésta la espalda baja de ella y nuevamente, mordió su propio labio inferior como lo había hecho con anterioridad. El sabor de su sangre llegó a la punta de su lengua. No estaba dispuesto a esperar que ella respondiese si deseaba beber o no. No le daría siquiera la posibilidad de no hacerlo. – Haría cualquier cosa por ti. Lo sabes, ¿no es así? – susurró mientras sus ojos transparentes se veían envueltos en un tinte escarlata que destruía el color gris de éstos. Acercó los labios a los de ella, y le dio un beso profundo, abriendo su boca de forma que ella sintiese el tenue sabor de su líquido vital, tentándola a ir por más –¿Entiendes lo que eso significa? – decía entre aquel beso apasionado, a la vez que sus manos la aferraban a él con firmeza.
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Re: La llamada de las Sombras [Donovan y Úrsula]

Mensaje por Úrsula Kozlova el Vie Sep 20, 2013 12:29 pm

You put you're arms around me and i'm home:


Sus manos se perdieron en la cabellera de ébano de su esposo reconfortándole cuando buscó pedir perdón –sin palabras- por su repentina acción. Ella no necesitaba que se lo pidiera. Sabía que lo había provocado así como sabía que dentro de él existía una bestia que dormitaba, sí, pero estaba muy pendiente de lo que pasaba a su alrededor. Le acarició con suavidad esperando que aquello le diera la serenidad que necesitaba para calmarse. Sin embargo, necesitó alejarse cuando el instinto de supervivencia la venció. Se limpió con suavidad porque le molestaba la herida. Sus sentidos, aunque muy apagados y turbados, eran más sensibles al dolor.

Y aunque lamentaba profundamente el estado en el que estaba, la curiosidad despertaba en su nebulosa mente. Estaba viviendo la sed. Estaba viviendo la muerte. Estaba viviendo todo aquello sobre lo que había leído. Estaba acariciando los límites del abrazo de la oscuridad pero no podía analizarlos porque sentía que a su, antiguamente sagaz, cerebro se le escapaban las cosas más importantes.  Además, se perdía en los mil laberintos que su subconsciente había formado. En vez de mantenerse en el río principal, se desviaba por todos los cauces y ella no lo podía controlar. Mucho menos ante el silencio tenso que guardaba Donovan. Lo que, lamentablemente, le permitía quedarse en ese duermevela patético del final de un vampiro. En sus brazos empezó a recordar tonterías de su primer encuentro, recordó vagamente la vez que había despertado ya unida a las lides de la oscuridad, después sus primeros regalos y, como no, la terrible escena de la llegada de Ileana. Sin embargo, su mente recibió un escarmiento cruel cuando Stefan se cruzó brevemente por sus recuerdos y los espantó con rapidez. Ese era un cauce por el cual no iba a ir.

Mientras miraba a Donovan sonrió de forma casi ausente recordando aquellos ojos plateados que le habían llamado la atención desde el primer segundo en el que los vio. Su mente la llevó hasta aquella danza siniestra que había destrozado sus pies pero había disfrutado como una ninfómana disfrutaba el placer sexual. Sólo por él. La mención de su nombre en la fatídica voz de su esposo hizo que pestañeara con rapidez. Casi como una mariposa atrapada cuyas alas son liberadas finalmente y aletean con fuerza para salir del encierro. Se dio cuenta por la expresión de su señor que se había percatado de lo que estaba pasando con ella y la poca sangre que aún recorría sus venas se obligó a reunirse en su rostro. Sus mejillas se arrebolaron e intentó bajar la cabeza con pesadez y vergüenza pero él la tomó y  analizó con su penetrante mirada. Ella mantuvo los párpados cerrados, no quería ver su reflejo en aquellas orbes y menos aún el gesto de rechazo que su marido tendría ante su carente belleza.

Más tarde percibió el aroma a temor que emanaba de él y sus palabras se extinguieron antes de formular la pregunta que tanto horror le daba. Pero ella le respondió –Desde la muerte de Raphael- Le dijo a su esposo y finalmente sus parpados se levantaron para mostrar unos ojos grises como las nubes de tormenta, sin el brillo helado correspondiente a la magnificencia de Úrsula. Apoyó su frente en la de él y el suspiro que se evaporó entre ellos hizo que la bailarina quisiera llorar. Ella se había descuidado, había sucumbido a sus más caprichosos deseos egocéntricos queriéndolo sólo para ella que había olvidado su necesidad de alimentación y el arrebato de dolor que les provocaría a ambos esta situación. Pero ella sabía que aquello no seguiría mucho tiempo, él no lo permitiría ahora que se había enterado. La pregunta provocó un espasmo en Úrsula despertando su bajos instintos, no necesariamente por lo que le estaba afirmando sino porque el aroma de su sangre le golpeó con fiereza. Ligeramente embelesada observó los ojos de su marido en la más divina transformación que había visto en siglos – да- Ronroneó en ruso, sin percatarse de que estaba hablando en otra lengua pues había accedido a su más profunda naturaleza.

Recibió sus labios emitiendo un suave gemido al percibir apenas una pequeña porción del elixir de la vida. Las manos delicadas de Úrsula se convirtieron en garras alrededor de los hombros de su marido mientras, poco a poco, sus colmillos hacían acto de presencia, lastimándole a él y a ella. Las palabras fluyeron sobre ella calmando apenas dos segundos sus sentidos pues él tuvo que apartar mínimamente sus labios -Да, любовь моя- respondió arrastrando las R mientras sus ojos grises abandonaban su monotonía y se veían envueltos en una furia carmesí. Su nariz  se deslizó por la piel de su cuello en una caricia suave mientras intentaba controlarse para no lastimarlo pues algo que sí sabía es que sus colmillos no estaban tan filosos y tendría que hacer un esfuerzo por abrir su piel. Buscó aquella larga vena que iba hasta su corazón transportando su sangre y acarició con sus colmillos el lugar, adorando ese momento. Para ella cada una de las veces que se alimentaba de él, era mística. Para muchos vampiros podría ser común, una cosa del día, ella, no obstante, recordaba todas y cada una de las veces que se había alimentado de él en 300 años. -Я люблю тебя... И я сделаю тебе больно- Musitó antes de que sus colmillos hicieran fuerza contra su piel, más de lo normal porque habían perdido muchísimo su filo. Lo intentó dos veces empezando a frustrarse pero la piel del cuello era realmente delicada así que  finalmente cedió, como si él se lo hubiese ordenado, y pronto la Reina Oscura tuvo lo tanto había ansiado.

La sangre de él era el vino más preciado y delicioso que alguna vez había podido tomar. Le enloquecía los sentidos, después bajaba quemando su garganta provocándole placer hasta llegar a su estómago donde se convertía en la fuente de su vida, del amor que él le profería y ella le correspondía, de la fuerza que empezaba a dispararse a través de su músculos, de la firmeza que empezaba a obtener su mente y, por eso, la Joya de la Raza lloró, de placer, de amor, de alegría mientras su cuerpo se pegaba al de su esposo  reconociendo cada una de sus formas y sus manos ascendían hasta su cuello para mantener a su presa ahí dándole todo lo que ella necesitaba para vivir.

Ruso:
* Sí
** Sí, querido
*** Te amo...Y te voy a lastimar.
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