El Origen de las causas

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El Origen de las causas

Mensaje por Oren Astvinur el Mar Feb 18, 2014 2:55 am

En lo profundo del bosque, un sitio sagrado, donde la línea entre dos mundos deja de existir. Una noche única, pérdida entre segundos que no pertenecen a nadie. Dueños de la nada. Incluso la oscuridad agacha la cabeza, solemne, siempre en espera. Los árboles pierden su ancla, abriendo paso a su ser. La vida lo celebra, el espíritu contempla en un silencio de sepultura. Un santuario para un blanco prístino y puro en forma de hombre. El firmamento pronto se descubría, mostrándose sólo, carente de cualquier cubierta que pudiera tapar su negro manto. Las estrellas irradiaban un brillo tímido, pequeños puntos que se afianzaban a su lugar como única esperanza de ser notadas. Por sobre ellas, la Luna se mostraba en todo su esplendor, el velo argénteo que todo lo bañaba. Completando el panorama, tocando hasta el último de los sentidos, el aroma. Una combinación a viejo bosque, mezclado con la revitalizante y juvenil esencia de las flores. Por encima, al igual que un colchón de plumas es para el tacto, un agregado de lirios, suave, perceptible solo para quien se detiene a disfrutar de los detalles. Una noche olvidada de julio, donde la segunda luna llena del mes se alza en el firmamento. Ignorantes a la verdad, a lo que volvía a caminar en voluntad propia, portador de ojos de plata.

Puedes pensar que tras milenios la historia se vuelve aburrida, monótona. La caída y surgimiento de reinos y civilizaciones es un proceso continuo, sin fin. Una palabra de consejo: nunca lo hace. El mundo, perpetuo cambiante, jamás ofrece iguales. Pueden existir similitudes, características compartidas, incluso factores en común, pero no dos del mismo tipo. El aburrimiento, la pesadez de la eternidad, conceptos que se me han negado a conocer. Múltiples veces me han llamado, pero siempre seré uno, y a la vez todos. Historiador, juez, líder, dios. Guardián. Con tu último aliento, tu espíritu busca en mí su paz. No rastrees en la lejanía, contigo he ido a cada paso, no sé lo que es detenerse. Incluso la muerte no puede separarnos. En el frío de un limbo eterno, estaré para cobijarte. La nieve sabe de la helada soledad, y sólo ella puede cubrirte en un blanco abrazo. El pasado ha sido mi cuna, donde siempre he existido. En el presente me muevo, nunca estático, esperando un futuro que conozco y del que no puedo hablar. Hierba de un otoño adelantado. Así como ahora mis manos caen, acariciando este último bastión de vida, vigilo al renacer. Ese es el don y la maldición del lobo. Concedida la inteligencia y la astucia, un hermano a cada lado, el instinto obliga a callar. Sabio de axiomas perdidos, gran defensor de consecuencias prohibidas, el límite que todos tenemos y respetamos. Abandonar esa voz es negar la propia sangre, el animal que llevamos dentro. Muchos quieren ser escuchados, pero en esta noche hay única monarca. ¡Alégrate! Yo seré la pena. ¿Cuántas veces me has preguntado lo mismo, a sabiendas de la respuesta? Yo corro en la misma dirección, con un anhelo compartido. ¿Qué es lo que quiero? Lo que todo niño, el cálido abrazo de una madre. Tan lejana que el corazón se encoge con la distancia. Conozco el mundo en su extensión, llegado a lo más alto pero jamás le he alcanzado. Un amor inconmensurable que no puede ser respondido. Adelante, tú canta, yo lloraré las penas no dichas. La verdad siempre existe, sin importar cuanto intentes enterrarla.

Lo sé.

Lo sé


Cual piensas haber visto, o conocer, no siempre se ajusta a los rumores. Es sólo un paso más, un último escalón. Adelante, acércate, aquí nadie puede oírnos. Te siento, tu ser resonando como una melodía perfecta que llama a encontrarnos. Tú, que entrelazas la realidad con la luz de nuestra Madre. ¿Qué te aproxima hacia mí? La retórica juega en contra, de escuchar, entiendes mi dicotomía. Comprendo, pero las palabras han de salir de tu boca, selladas y tejidas en la existencia. Toma tu tiempo, pues tengo algo último que decir, un mensaje que has de llevar y que sabes quién debe oír.

La primera vez que nuestros caminos se han cruzado, tu historia quedó grabada, y palabras fueron dichas. Tu eres aquél ser, dije sin que comprendieras. Pronto estarás listo, la verdad que portas es tu estandarte. Has que el aullido llegue a todo rincón, devuelve lo que se ha perdido, protege su eco. Tú eres aquél ser, reflejo de mi imagen, criado en mi propia mente . La próxima vez que nos veamos, escribiré tu historia, y tú la mía. Dejo aquí mi deseo bajo una luna azul.

Feliz cumpleaños, Oren Astvinur.

Feliz cumpleaños, Fenrir.
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Re: El Origen de las causas

Mensaje por Maya Khandrá el Sáb Feb 22, 2014 2:35 pm

La melodía que acaricia con el viento que se mueve entre los árboles azules y verdes parece traer un antiguo mensaje de aquella que mantiene su efigie en alto, buscando calmar las almas inquietas de sus hermanos caídos en la desgracia de una muerte temprana. Almas que se mecen y bailan entre ellas y hojas que habían adquirido el tono cansado para lentamente, retomar ese color vivaz y palpitante de la naturaleza. Un canto que puede sanar las almas y también la tierra ahora herida, atravesada por una cicatriz que se niega a desaparecer en el tiempo. La sangre que ha sido consumida por Gaia ahogó por demasiado tiempo su aliento y la Madre emitió un alarido de dolor insoportable que hizo llorar a su hijos, los Garou. Pero para eso ella había dado vida a algunos de sus hijos que hoy caminan por el espeso y pacifico bosque Virgen cuyas tonalidades varían entre la tierra y el agua. Una voz capaz de hacer emerger a la bestia que el licano representa y, además, capaz de calmarle también.

Cubierta por un velo  místico que oculta lo cobrizo de sus cabellos, tiñéndolos de blanco ante la visión y un pañuelo que sirve para cubrir sus labios rosados y delicados, Maya camina por entre los vientos con una postura tan erguida que parece que los mismos elementos le rinden tributo. Solo se mueven sus atuendos al son del aire, y como si no necesitase de luz para encontrar lo que busca, se dirige en penumbras a un antiguo sitio apartado de la ciudadela, cubierto por árboles, hojas y flores. -Más extraño que cierto, un mundo donde los espíritus danzan al son del aire. Donde un mundo se une con el otro. Un sitio que no ha sido afectado por la corrupción.- Deja caer su velo y sus cabellos se mueven embravecidos, mientras la mirada angelical se pierde en la gran forma blanca que se muestra ante sus ojos cristalinos como gotas de rocío y es entonces que ante su propia visión, la amplia gama de  figuras que  caminan y se mecen con quietud y paz se presentan y le observan como si hubiesen estado esperando su llegada. La llegada de la flor de la noche a un jardín de flores blancas. La llegada de su voz y de su abrazo. En todo el bosque, los espíritus parecían llorar un destino que no querían seguir. Pero en esa parte, estas figuras etéreas de viejos hermanos Garou le devolvían una sonrisa de paz que invadía cada centímetro de su ser.

Bellos son sus ojos de hielo los cuales pasea cuales animas por los arboles que conservan la forma natural de siglos atrás. Como si el espíritu del bosque hubiese despertado, todas las hojas y ramas de éstos se mecieron en un fino baile que indicaba a Maya a continuar con su caminar, como si dieran la bienvenida a la licana nacida de las flores, un origen tan extraño para cualquiera, incluso Fenrir;  hija única del antiguo chamán de su manada, Koan. Sus labios pronuncian palabras inteligibles, mientras se dispone a ingresar a aquel lugar sagrado pero, sin notarlo, una sonrisa se dibuja en sus facciones de marfil – Energía que se mueve en un solo sitio. Energía que purifica todo lo que está a su alcance…- delinea con sus dedos las ramas solitarias que aun bailan - A pesar del bosque estar sufriendo; sus lágrimas no llegan a este lugar.- El principio que no ha dejado de ser principio, como si el tiempo no se moviese en aquel lugar sin importar el paso de las catástrofes que azotan todo a su alrededor. Y ahí es donde las almas se callan y celebran la paz eterna luego de una larga agonía. Maya permanece en el umbral entre el bosque y el jardín, con los ojos tan abiertos y encandilados como los de una doncella que se pierde por primera vez en la lejana tierra de sus sueños.

Se dispuso a adentrarse aun más en aquel camino que le llevaría al jardín de lirios, cual novia sumisa que oculta su cuerpo virginal debajo de un vestido blanco como los pétalos de esas flores, cuando el viento vuelve a hablar, esta vez envolviéndole como un intruso indiscreto. Los cabellos de la licana se mueven hacia adelante como las llamas de las velas aun encendidas pero inquietas y, en un movimiento de instinto, lleva su mano delicada hacia el nacimiento de su cuello fino y pálido, cubriendo el mismo y volteándose completamente, mientras sus propios cabellos le envuelven cual bocanada de fuego apaciguado ahora que el velo que acariciaba sus cabellos había caído. Las sombras veían desde fuera y, desde lo más lejano, él.

-No entres…-

Pero aquellos espectros nocturnos no hablaban con voz de hombre, como la que había llegado a los oídos de Maya teniendo al viento como mensajero. La confusión invadió sus rasgos angelicales, la finura de sus labios se separaron entonces para permitir emerger el canto melódico de su voz – Ellos me trajeron. Ven conmigo…-
No hubo respuesta en la sombra que ahora se volvía más difusa entre las formas de los árboles. Maya se volvió y comenzó a abrirse paso entre ese nuevo mundo que veían sus ojos y fue por eso que no alcanzó a escuchar la voz ahogada de su acompañante feroz.

-No puedo…-
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Re: El Origen de las causas

Mensaje por Oren Astvinur el Miér Mar 05, 2014 2:51 am

En un breve instante todo puede cambiar. Las fuerzas que mueven al mundo no conocen tiempo, sus consecuencias no menos que semillas a punto de florecer. Con la pureza que el lirio blanco porta, el aroma purificaba los alrededores dando lugar al brillo de la pálida luna, espacio al roble para tomar su designado sitio, y el velo a levantarse, sedosamente romperse para revelar lo que se oculta tras tan mística cortina. Libertad, un remanso de paz tras caída y caída de aguas turbulentas. El abrazo del viento, la caricia de la tierra que acuna al desahuciado para otorgarle un respiro, la chispa de la vida. La claridad, tan nueva como prístina era quien gobernaba el recinto prohibido a ojos mortales y sombras sin nombre. Así es que la esmeralda quedaba confinada a las profundidades, accesible solo a los osados, portadores de auténtico brillo que pudiera alcanzarlas. En la peculiar noche, la plata, tan bella y mortal era única soberana. Dos orbes de metal adornando entre cabellos que en otra forma recordarían al manto de la nieve, bello y frío; puro y cálido en un abrazo que trascendía los límites de los sentidos y la propia piel. Hay batallas que se ganan con la victoria del otro bando, cuando las circunstancias ameritan a un momentáneo y súbito cambio de leyes. La verdad se construye desde múltiples perspectivas, como piezas de un rompecabezas que solo adquiere sentido cuando todas se han unido en un orden único e irrepetible. Ante su mirada el mundo se transformaba con cada parpadeo, dos que son uno. Una mente, dos ojos. La existencia y dos universos solapados. Vida y muerte, pasado y presente en un mismo instante y lugar ¿Ves ahora el alcance de una fuerza primigenia y como esta juega sobre reglas que para el normal parecen absolutas? No es miedo o respeto la clave, sino una percepción abierta, dispuesta a soportar lo que los sentidos limitan y encarcelan. Aquella era la noche del lobo

Facciones que con los años tendían a acentuarse y marcarse, como si intentasen definir una imagen que aún no tenía forma. Los espíritus van y vienen, tan iguales y distintos como cada susurro y palabra que intentan expresar. Hambrientos y sedientos de un agua que sus dedos jamás podrán capturar, ansiedad que nunca puede ser saciada. Por un instante pasajero, la simple ilusión de completitud, capaces del más vil pecado o exaltada virtud. No es el cuerpo quien porta la esencia,  y la muerte tampoco limpia las manchas que marcan la existencia. Una persona es lo que hace, esclava de lo que dice, maestra de su silencio. En aquella cúpula los problemas quedaban de lado para que el balance hiciera presencia. Luz en el centro, la oscuridad circundante. Tímidamente un joven lobo blanco, completo animal de marcada y creciente luna sobre su frente, dejaba atrás el refugio de suaves hojas para ubicarse a la derecha del hombre. Sobre el linde, cual predador que era, su oscuro y menguante gemelo daba vueltas completas, ojos iridiscentes y envidiosos de aquél centro y posición. El viento sopló al fin, y con este llegaron las voces, suaves y melodiosos bailes creados solo por notas y la dirección de la invisible fuerza. Todas ellas querían su historia siendo oída, escrita en una eternidad que no conocía fin. Una mano que se alzaba, levitando por encima del hombro y el silencio volvía a ser mandatario absoluto.  Apenadas, débiles en lo que pareció no más que un simple silbido, una a una tomaba su lugar para hacerse escuchar. Tantas historias y sólo una noche, si tan solo las leyes favorecieran más, si la carencia del tiempo se aplicara de igual manera a espíritu, cuerpo y mente la realidad sería muy distinta. De momento no era más que un eco, una posibilidad que se acercaba desde un futuro incierto. Su verdad actual era como la noche, un corazón palpitando en busca de guerra, el escalón necesario, el paso faltante para cumplir con designios que precedían a la memoria. Tan errado como imperativo.

-No puede, porque este es lugar para ti. Tú, que de un pétalo has nacido y haces  a la ilusión de una bella flor. Ahora tan similar somos- su voz resonó en todo el recinto y la mirada argéntea del hombre se posa sobre la delicada figura femenina. El resplandor de la luna marcaba el pálido color de la piel de ambos como haría al acariciar el níveo matiz de dos lirios. En un movimiento lento, medido, su izquierda se alzaba, ofreciendo la mano a la joven  para que ocupase el sitio que aún quedaba abierto y sin dueño. Una tríada pura y limpia, el único bastión ante una oscuridad que auspiciaba muerte. El gélido toque de la noche secaba todo cuanto la luna no cubriera, manteniendo la rebosante vida en aquél secreto y confinado rincón. Los presagios no auspiciaban misericordia,  y es entonces cuando la bondad y dulces agasajos toman el lugar, alzándose por encima de cualquier mancha; una marca de luz en la avasallante penumbra. El balance nunca cesa, siempre encontrando su forma y lugar. Aguerrida mujer o sabio consejero, todo es parte de lo mismo.

-En esta noche, los velos caen y la verdad se revela a quien dispuesto a oírla. Pequeña flor, hermosa ilusión, dime entonces ¿Deseas que la luz muestre la luna que se te ha eclipsado? – tras su pregunta, sus labios se sellaron, permaneciendo en una tenue sonrisa ¿O era esa la naturalidad de sus facciones? Quizás previas descripciones quedaban con un deje de error, quizás, ínfimamente, alguien allí fuera debía temer.

Temer a la posibilidad.
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Re: El Origen de las causas

Mensaje por Maya Khandrá el Jue Mar 13, 2014 3:30 pm

-No puede, porque este es lugar para ti. Tú, que de un pétalo has nacido y haces  a la ilusión de una bella flor. Ahora tan similar somos-

La mirada de Maya no buscó al dueño de la voz que le llamaba. Aun está demasiado embelesada con su entorno que, como cachorra que acaba de ver la luz por vez primera, sus pies se mueven en círculos, llevándole a escuchar y sentir la “vida” que existe en aquel sitio sacro. Caminos que se abren ante sus pies desnudos, envuelta en solo una fina tela que bien parecía deshacerse con el viento. La piel blanca como la luna y tersa como la espuma era la real prueba de un ser que no había conocido el sol en su esplendor y que su único momento de vigilia era cuando la bella Selene danzaba en lo alto. Los espíritus surgen con la noche y es cuando ella más les escucha y canta para así lograr calmar sus esencias y volverlas vigilantes eternos de la tierra de Fenrir. Las hojas de los árboles caían y la tierra comenzaba a mostrarse del color dorado del otoño, pero ella continuaba igual a cuando abrió por vez primera sus ojos a ese mundo de lobos y los paseó con completa quietud por el cielo estrellado. Con su eterno guardián lejos, viéndole desde el borde de los árboles, con el rostro ensombrecido por la inquietud mientras se movía de derecha a izquierda como una pantera que espera el instante preciso en el cual sus domadores abren su jaula, la hermosa flor de cabellos rojos como pétalos sangrantes se introdujo más y más en ese sitio, cúmulo de energías tan conocidas para ella como desconocidas para el resto. Primero, una visión en forma de lobo pasó frente a sus pies, dirigiendo su mirada azul a ella, casi como si buscase ver más allá de la forma de mujer que exhibía su silueta. La licana sonríe en un gesto casi infantil al verle, mientras sus rodillas rozan el césped bajo sus pies y extiende sus manos hacia aquel. –El primer Guardián bendito con los ojos del cielo – dice con un susurro de su voz, casi como un canto, siendo sus ojos envueltos por la visión esplendorosa del licano de pelaje gris perlado y fornido cuerpo de animal. El antepasado de Setanta, padre o abuelo de éste. Su mirada severa y su forma de verle era digna de toda reverencia pero, Maya desconoce lo que es reverenciarse ante ellos, los que caminan en el otro lado. Además, su esencia es tan pacifica que simplemente se queda observándole por un instante de su tiempo como si esos ojos azules se fusionasen con los propios y le contasen historias que estaban mucho más allá de su línea de tiempo.

Volvió a erguirse como una ninfa de los bosques, cayendo sus cabellos rojos como el fuego sobre sus hombros y espalda y ahora, por vez primera desde que dio su primer paso, volvió sus ojos azules al sitio donde se encontraba el único ser que caminaba en el mismo plano que ella; así como en el otro. El aroma de las flores rápidamente invadió su olfato mientras se mezclaba a tierra y hojas húmedas por el rocío. Algunos pétalos que se desprendieron de sus flores volaron llevadas por los suspiros de los espíritus para caer sobre los cabellos de la licana mujer, casi como una señal de que ellos le veían también en aquel lugar; casi como un agradecimiento.

Maya ha visto antes al licano sentado en medio de aquella completa quietud que se tornaba inquieta para todo aquel que pudiese verlo. Le vio una vez, en aquella noche trágica cuando el principio del fin comenzó para la manada. Rápido como el suspiro del viento, el recuerdo acudió a su cabeza tan nítido como si lo estuviese viento. La sonrisa de los labios delineados cual pétalos desapareció de sus bellas facciones y su mirada se ensombreció como el sol  cuando la luna se posa frente a él y permite el eclipse. Ese licano es Oren Astvinur, el guardián de Fenrir. Es el que peleó junto al líder de los Ardwolf contra sus propios hermanos mutilados mientras ella, la líder Fenrir y el líder de los Likaios huian del lugar. El recuerdo que se había velado por un instante de dicha volvió a su mente y en un acto de defensa propia, común en aquella que como flor primaveral se siente acongojada por el invierno que se acerca, abrazó sus propios brazos sin dejar de mirar al guardián de ese precioso sitio y anfitrión de tal particular encuentro. Los ojos de Maya bajaron lentamente desde el rostro de él hacia sus manos y en un tenue palpitar, cuando la luna se escondió detrás de una nube pasajera, vio las marcas rojas que aun teñían sus dedos. Él había peleado y aun le dolía. Por más que la sonrisa se dibujase en su rostro, había sangre en sus manos, cayendo por entre sus dedos. Pero Maya notó algo más…En sus manos había más sangre que en la de cualquiera. Sangre que manaba en forma de manantial, hasta que las flores blancas bajo él se tornaron rojas en un afluente turbio. – Sangre de otros tiempos…Deudas de otras vidas…Muertes de otras manos y…todas caen sobre un mismo ser al final- Tan fugaz fue aquello que cuando la Luna volvió a mostrarse, las flores volvieron a ser blancas y las manos de Oren estaban tan puras como su propia mirada.  

Sin dejar de ver las manos de aquel, aun sumida en los pensamientos que acudían a su mente ahora que ha logrado ver algo que entiende y a la vez no, Maya extiende su mano diestra, aceptando la invitación del guardián a sentarse junto a él. Como un cachorro que acude por primera vez a escuchar los relatos de los antiguos, la bella flor de cabellos rojos se sienta posando sus rodillas sobre el suelo y, en un acto seguido, hacer lo mismo con las palmas de sus manos, sin importarle que puedan ensuciarse o no. Vuelve sus ojos a Oren y le observa fijamente por primera vez. Hubo un tiempo en el cual se vieron antes pero había una sombra que impedía que ella mantuviese la mirada sobre un macho de manera cómoda. La mirada de los chamanes y de Fenrir impedía que la licana hablase siquiera con cualquier licano u hombre que encontrase. Pero en ese lugar; ese mundo hundido entre la vida y la muerte, donde los vigilantes son espíritus de otros tiempos y otras formas, no había miradas que enjuicien esa curiosidad. Notó que los ojos de Oren eran verdes, como las hojas de los árboles y su piel era blanca pero no impecable. Él había peleado antes…y la experiencia de esas batallas se hacía notar en ciertos aspectos. ¿Experiencia…Madurez? No. Fue entonces cuando lo notó con más claridad. Lo que hacía que esa mirada pareciese más antigua no era la piel que le cubría, sino los ojos mismos. Una mirada que cargaba con otras vidas y otras almas...Con otras deudas.
-En esta noche, los velos caen y la verdad se revela a quien dispuesto a oírla. Pequeña flor, hermosa ilusión, dime entonces ¿Deseas que la luz muestre la luna que se te ha eclipsado?-

Efectivamente. Los velos han caído y él quizás aun no lo ha notado. Maya mantiene sus ojos sobre el rostro ajeno y entonces retira su mano de aquella mientras le observa con profundidad. –No es la luna lo que se me ha quitado, sino el mundo que ella ilumina y ama. Mis ojos ven las verdades veladas pero no terminan de comprender las mismas. Aprendo con ellos…con cada uno de ellos…- susurra y sus manos se extienden, dirigiéndose a cada ser que camina y danza alrededor de ese sitio sagrado; seres que vivieron hace ya tanto tiempo pero que aun caminan por la tierra de Gaia – Pero ellos me enseñan su mundo, no el mío. Guardián ¿Qué puedes mostrarme que escape a mi mirada? Tú, que como yo, caminas entre dos existencias y no formas parte de ninguna…- sus labios vuelven a sonreír, pero no con placer. Su sonrisa es el gesto de una mujer resignada a su destino marcado más allá de toda voluntad.
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Re: El Origen de las causas

Mensaje por Oren Astvinur el Vie Mar 14, 2014 9:14 pm

En el inicio… ¿Qué se encontraba allí donde las estrellas no brillaban? El universo que no era más que simple imaginación, una posibilidad entre infinitas. ¿Qué había cambiado, qué ponía  a los engranajes en movimiento y a funcionar? La chispa original, el perfecto instante en el que espacio y tiempo cobraron sentido ¿Con qué motivo? Una pregunta tras otra, guiando un camino por un entramado tan fino que los hilos parecen desaparecer a la vista. La verdad universal: todo está conectado y tiene su raíz, incluso la propia existencia. El fuego primigenio del cual toda civilización habla, el brillo que disipó la oscuridad y dio lugar a cada astro que adorna el firmamento. El Silencio de las voces sin habla. ¿Qué si no fue un alguien o algo lo que dio inicio? ¿Por qué uno, sino muchos? Si el futuro no era una idea plasmada ¿Qué evita que el deseo de las estrellas no se haga realidad? ¿Qué si…? La voluntad es la fuerza que mueve aquél telar que llamamos destino, el origen de toda las causas. Pasado, presente y futuro, todas convergen en un solo punto, aquél de donde provienen, el que desearon que sucediera. Un eco en la nada, resonando hasta convertirse en un hecho. La consecuencia del llamado del espíritu. Vida, muerte, el hálito que trasciende cualquier jaula o barrera, etiquetas y nombres. En aquél santuario quedaba en evidencia una situación mucho más grande, pues quizás el propio mundo era un reflejo del pequeño universo confinado a un secreto rincón. La pequeña luz confinada en una esférica cúpula; frágil, y sin embargo eterna, sobreviviendo a cada golpe de la envidia que le azota. La soledad es una fría amiga, con un hambre insaciable que crece con cada nueva víctima. La oscuridad que devora realidades enteras, perdiendo a las personas en un camino que los desangra lentamente hasta consumirlos por completo.

El peso de la labor, las manos que nunca se lavan pues el ciclo es uno que parece no tener fin. La sangre es un río que jamás se seca, siendo que la vida continúa su existencia. Un juego perpetuo de presa y predador ¿No es esa una de las reglas más básicas de la naturaleza? El balance nunca cesa, siempre encontrando su forma y lugar. Así es que el mensajero mantenía su posición, bajo un precioso claro en un jardín perdido alejado de la mano de la discordia; o quizás demasiado cerca, por ello inmune. Listo para dejar ir, para el choque con la realidad. Demasiado tarde para susurros del viento y simples elogios, la cacería es siniestra para ojos inocentes. La salvación del hombre está en una copa de  pétalos de fuego, pero la esperanza es la luna en el fulgor de la mañana. Su mirada volvía a la ajena, capturando un instante preciso, al igual que quien observa una astro fugaz desaparecer en la oscuridad. Aquél negro iba en aumento, el dilatar de las pupilas. Inspiró cual animal de caza encontrando objetivo. ¿Miedo?, un instante que se difuminaba con la rapidez de un parpadeo. Los músculos se relajaban, oponiendo poca resistencia, un buen autocontrol para alguien tan joven. ¿Es la cercanía a los pozos más oscuros lo que te han otorgado tal fuerza? Las llamas de cabellos de seda aterciopelada, espinas que podrían surgir del propio tallo de una bella flor, la sangre que ha de pagarse por la cercanía a la inocencia. Le vio ubicarse a su lado, como una cachorra demasiado temerosa de molestar a su padre cuando este trabaja. Podía ver el encanto, la curiosidad haciendo presencia a flor de piel, olfatearla como si fuera parte de su propio ser. Miras como si jamás lo has hecho, cuando la luz que siempre ha iluminado tu mundo de tras el velo he sido yo. Palabras que no fueron dichas mas su mirada expresaba la verdad de cuanto callaba – Flor de mis ilusiones. Tú que puedes verme y también las esmeraldas que se ocultan en esta tierra. Hoy los velos caen, y has creído ver siempre a través de este- El hombre se incorporó, ubicándose tras ella. Lentamente sus rodillas también se apoyaban sobre la hierba y sus manos se detenían a escasos centímetros de los pálidos hombros ajenos. Piel de níveo lirio, color de hija de la luna; fragancia de una flor única – Tu prisión ya no ha de detenerte, tus miedos no deben ser contenidos a tu lado. Frágil es el cristal que te cubre, y a diferencia de un bosque seco, una vez roto jamás se recompondrá- El silencio fue absoluto, tal era la quietud que el mundo parecía haberse detenido. Sólo él podía moverse, sus manos cortando la distancia hasta  crear contacto. Los dedos del licano se cerraban en torno a la figura menuda de aquellos hombros, y la vida volvió al bosque – Así como tú, yo he aprendido- Su rostro se había pegado a la oreja, acariciando el rojo de la cabellera. Una sola voz que se convertía en muchas, demasiadas para ser nombradas. Las figuras que extendían aquella luz, que trazaban y cuidaban los límites, todas se incorporaban en un avasallante unísono- Perteneces a esta línea, por donde caminamos, lo has dicho “Tu que como yo". Observa, esta vez mira bien ¿Qué es lo que ves?- Dejó al silencio apoderarse, a que la percepción tuviera lugar. Todo aquél espíritu que hacía presencia escrudiñaba el exterior, expandiendo la luz de la luna, resucitando más de un bosque muerto. Las sombras retrocedían, siseando como serpientes enfurecidas y cargadas de veneno- El balance debe ser recuperado, esto es apenas un faro en un mundo de tinieblas. Has aprendido de palabras e historias, pero tus ojos se han clavado en la ilusión que te da nombre. Hoy despierta todo tu ser-

Maya Khandrá.
Maya Khandrá.
Maya Khandrá.


Imágenes difusas que no volverían a contaminar la mente. No más mentiras, pues a la luz de Selene ninguna puede esconderse. Esa es la esencia del silencio de la luna, y sus hijos los portadores de la voz de la verdad – El resplandor se acerca, y debes estar preparada- Como si su discurso hubiera seguido, pero con palabras que le fueron negadas, todo espíritu tornaba su vista hacia ellos en actitud solemne y contemplativa. Espectadores y testigos de un evento único bajo una luna azul- Eres la voz de nuestra madre, que se une siempre a nuestro canto. No temas-  Con una suave caricia, las manos del licano de plata empujaban la prenda que cubría los hombros, dejándola caer a cada lado para descubrir la espalda de aquella joven, adornada ahora por el intenso rojo de su cabellera. Lentamente y  con cuidado utilizó sus dedos para despejar la espalda. El sonido de la hierba delataba sus movimientos, levemente incorporándose tras la retaguardia de la mujer. Su piel era un lienzo de blanco perfecto. El guardián extendió su brazo, las uñas de su mano derecha convirtiéndose en garras que prontamente abrieron su propia dermis. La sangre brotó, tiñendo  unas hojas de un brillante carmesí. La palma del hombre se cerró en torno a su brazo, todo el dorso y sus dedos impregnados en la cálida sustancia- Recupera tu balance, Maya Khandrá. ¡Usa tus sentidos para liberarte! –su voz rugió en todo el recinto, devuelta en un aullido presente en un mundo que pocos podían caminar- Permite al silencio revelar la esencia- se dejó caer, golpeando el suelo con las rodillas. La derecha del lobo comenzó a trazar, dibujar, escribir sobre aquella espalda, runas  y letras hace mucho tiempo perdidas- Eran movimientos rápidos, perfectos y cuidados, un arte salvaje pero lleno de significado. Las espirales y símbolos se trasladaron hacia los hombros y brazos, una enredadera roja  de marcas que ponía la piel a tono con su cabello. De pie una vez más, caminó hasta quedar frente a ella, fijándose en su rostro. Los ojos del guardián eran dos espejos de la luna, iridiscentes, llenos de vida, muerte e historia- No más mentiras- le dijo en un suave susurro a la vez que su pulgar inscribía en la frente la marca más antigua entre los hijos de Selene. Una marca de verdad, la luna de la sangre del Lobo.

Soltó el aire contenido en sus pulmones, acercando su rostro con una mano para rozar la mejilla ajena con los labios. Su derecha descendió por las delicadas facciones de la joven fenrir, registrando el recorrido que había hecho. Aquél lado de su rostro quedaba marcado por perfectas líneas, cuales garras de un lobo – Acompáñame – dijo incorporándose, girando hacia el centro del claro. La luz parecía seguirlo en cada paso, girándose en su dirección. El santuario no era solo el lugar, sino su propia persona.

-El velo peligra. Las barreras amenazan con romperse ante una presión que no conoce precedentes. Nuestros hermanos no pueden oír la voz de esta tierra, mucho menos alzar sus ojos y buscar guía en los cielos. Se han olvidado la importancia de la sangre del lobo. Fuerte, veloz, astuto. Divididos como si cada virtud fuera una posesión. Tres que son uno- Sin voltear a verla, dejando que los segundos le ayudaran a recuperarse, extendió su mano hacia un lado una vez más, esperando- Manchados con la sangre mortal, trayendo a flote sus efímeras preocupaciones y sentidos. Caemos por propia mano. Cuando nacimos, fuimos elegidos para una laboriosa tarea: Cuidar los mundos de la luna y la tierra. Un paso en falso y la muerte gana la partida, la nada nos llevará al olvido. Un mundo torcido donde la balanza no existirá jamás- Su tono era frío, casi amenazante, el presagio de los espíritus que se unía a su voz-Todos venimos del mismo sitio, compartimos un instinto, sabemos mejor que nadie cual es el enemigo del cual debemos proteger-

-Llega la hora de romper las ilusiones, ahora Bella Realidad. Dime ¿Qué es lo que ves esta vez?- Su mano volvía a alzarse, su índice marcando una dirección. No, no una dirección: algo. Una sombra que esperaba su presa, la negrura intensificándose con el contraste. El odio contenido en perfecta máscara.


En el final…volveremos al inicio.
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Re: El Origen de las causas

Mensaje por Marca del Lobo el Vie Mar 28, 2014 10:54 pm





El Espiritu

Un paso tras otro, si a eso que él hace se le pueden llamar pasos. Sus ojos donde no hay ojos se mantienen viendo por encima de la cúpula que por alguna razón le impide seguir. Detrás de él solo hay otoño; hojas que caen y mueren, sumándose a la putrefacción. Frente a él, hay paraíso donde ella sí puede entrar, más él queda recluido a la vil entrada.

Un  rayo celeste partió el cielo , alumbrando el interior del bosque, y así, en un rincón junto al árbol que comenzaba a secarse, mientras el guardián se encontraba viéndole a ella y de espaldas a la sombra, una figura de pie les observaba. Su cabello caía sobre sus hombros y sus ojos parecían dos gemas verdes titilantes. Sus labios estaban serios y como si susurrara al oído de quien pudiese escucharle con su voz hablando directamente a la mente, con desconfianza notoria en su tono- Él no me gusta. –

Pero bien sabía que ni siquiera el vestigio más lejano de su voz llegaría a los oídos de ella. Estaba lejos y los centinelas espirituales que bordeaban el lugar bien reconocían la esencia impura de aquel ser. Sus ojos destellaron una vez más a lo lejos cuando el tacto prohibido se llevó a cabo sobre la piel nívea de la mujer de cabellos rojos. Nadie debía tocarla jamás, impuro y maldito aquél que lo hiciese. -¡No toques lo que no es tuyo –hablaba el espíritu en voces distorsionadas que nadie, ni siquiera la naturaleza escuchaba puesto que él estaba hecho de los más bajos instintos pero, por un momento, la luz que produjo aquella unión física…esa paz que todo le envolvía le hizo retroceder incluso contra su divina voluntad.

-No le sigas… me lástima que te toque…- rugió envuelto en las sombras más infames de su ser, apelando a la pena de Maya pero, sabiendo que no podría llegar a ella su clamor. De tener músculos estos estarían tan tensos como si estuviesen por estallar. De tener cuerpo nada hubiese evitado que cruzase la línea que le impedía llegar a ella. Pero cuando sintió la sangre de él posar el cuerpo de ella, todo eso dejó de tener sentido. Envuelto en el fuego insoportable de los celos y la obsesión por lo que no se puede llegar a frenar, la figura antes humana, ahora tomaba la forma de una fiera bestial y antropomórfica, con garras abiertas que comenzaron a azotarse una y otra vez contra ese límite.

Si Maya hubiese visto aquella forma ahora, seguramente el terror habría invadido cada ínfimo musculo de su tierno y virginal cuerpo. Solo el aliento que resonaba se podía escuchar alrededor de la fiera de sombras, caminando y observando como si la ira que le carcomía se volviese parte de él, recuperando por un instante la cordura. - Necio, qué absurdo haberle puesto un dedo encima-dijo el ser, pero sus labios no se movieron ni su voz llegaba a través de los oídos de aquel espíritu que vivía dentro del guardián de los bosques. Hablaba directamente al interior de Oren y mucho más allá de él en un idioma que solo aquellos que viven en el mundo velado pueden entender.

-Soy paciente,  Astvinur. Miro al futuro y beberé vino, comeré carne y conoceré el calor de una mujer cuando de ti ya no queden ni los huesos-diría en un susurro que solo él podría escuchar mientras perdía la forma de su silueta gracias al despliegue de energía que había soltado de repente, mostrando por un solo instante la verdadera naturaleza de su ser.

Luego no hubo más que silencio. Ningún fantasma u espíritu habría sido tan fuerte como para mostrarse de esa manera, capaz de encontrar en la mente del Guardián su nombre y sus intenciones con solo unos segundos de observación.








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Re: El Origen de las causas

Mensaje por Maya Khandrá el Dom Abr 20, 2014 10:06 pm

Sentada como estaba, siendo los pétalos blancos que sobrevolaban con lentitud por encima del jardín, cayendo también las flores de los árboles cual lágrimas eternas, la licana de piel blanca como el terciopelo, eterna sombra que se movía con la luz de la luna, observaba la suprema forma de aquel mundo desconocido para ella, y tan familiar a la vez. Aquel lugar dónde los espíritus del pasado, el presente y el futuro se unían en una eterna danza crepuscular, sabiendo que las respuestas para los tiempos de tribulaciones estaban más cerca de lo que cualquier licano podría siquiera esperar. Decían que el aroma de su propia piel era el aroma de las flores lunares, aquellas que solo provenían de los más antiguos mitos de los Fenrir. Un aroma suave, apenas dulce, que rememoraba los pétalos blancos del jazmín y la rosa, bañado por la frescura del agua de manantial. Un aroma salvaje que parecía buscar esencias verdes de pino, romero y lavanda. Maya, la licana de piel blanca y ojos tan azules como el océano, dueña del color rojo de las fresas en sus cabellos de fuego y sus labios suaves como los pétalos de las flores que caían lentamente a su alrededor, sentía la paz en su máximo exponente. Una paz silenciosa que se elevaba por encima de la nada, surgiendo de la tierra y uniéndose en un eterno palpitar con el cielo mismo y la luna blanca que llenaba con su luz la inocencia de un árbol que era hogar. Ella, que no conoce el miedo porque nunca había sido permitido a éste acercarse. Ella que desconoce lo que es la cercanía porque cualquier ser que buscase eso de ella encontraba el dolor de un castigo.

Los ojos de la mujer, puros como las estrellas de lo alto, celestes y brillantes en una tonalidad tan blanca como solo la luz podía demostrar, siguieron la acción de su acompañante. Su cabeza se meció con lentitud, pues lentos eran sus movimientos y para cuando notó que la tela suave que cubría su forma humana caía sobre sus hombros, en un gesto tan inconsciente como infantil, unió ambas manos a la altura de su pecho. No era pudor a mostrar su cuerpo desnudo ante un macho lo que había llevado a esa reacción, sino temor a que ese muro levantado para impedir que cualquiera se acercase se viese roto por la acción de aquel de quien ella jamás esperó  tal acto. Rememoró a Galliard en un instante, el gran líder de altura envidiable y gestos fuertes siendo alejado por la misma Fenrir de ella. Rememoró el pudor que causó ver esos ojos fieros del extranjero sobre ella, cual cachorra que es observada y admirada por vez primera por alguien que es conocido por la fuerza y teme, en el fondo de su ser, que pudiese cruzar la línea prohibida. Pero Oren no era un ser que despierte temor o cuidado en la mujer. Y eso pudo notarse cuando la sorpresa se apoderó de cada centímetro de su ser, erizándose su piel como si estuviese helando a su alrededor a pesar de ser un clima cálido. Sentía las mejillas arder por vez primera mientras bajaba el rostro a la hierba verde cubierta por los pétalos y su mirada inocente y deliciosa se desfiguraba en un gesto de pena. Cerró sus puños, delicadas manos cuyos dedos finos parecían tallados por la nieve y ahogó el primer sollozo mientras los dedos ajenos paseaban por su espalda, recorriendo la bella forma de ésta con total libertad. Cuando el mentón de aquel se acercó a su rostro, notaría la humedad en la mejilla de la mujer cuyos labios temblaban con pesar y tragedia contenida, manteniendo, aun así, la frialdad de sus gestos como si su piel fuese hecha del mismísimo mármol.

Siempre protegída por vivos y muertos. Siempre libre en su jaula de oro, Maya pertenecía a un plano diferente donde macho y hembra eran uno solamente para poder dar vida al mundo. Sin embargo, la eterna flor de la luna entendía que el caminar entre dos mundos exigía una paga y sabiendo que el amor existe, lo comprendía como aquella entrega devota por el bien de la manada. El único roce que lograba entender y aceptar era la de aquella figura sin forma ni nombre, que meciéndose como dueño de la noche misma, le acunaba cuando era una niña  y le acompañaba luego de aprender a ser una adulta. Cerró sus ojos imaginando que las manos de aquel no eran de un lobo, sino que eran las de esa figura, pero nada de eso fue posible. La verdad era demasiado brillante para poder ignorarla y ahora, con cada caricia, ésta se marcaba más y más en su piel y dentro de ésta.

-No temas…-
-No temas…-
-No temas…-

Repetían la voces a su alrededor, haciendo que ahogase un sollozo que se aferraba a su corazón mientras las voces de sus espíritus se unían a la voz de Oren Astvinur. Todo su cuerpo ardía y temblaba, sus manos aun aferradas en su pecho a la vez que aquel se ponía frente a ella, de rodillas todavía, con sus dedos ardientes para escribir sobre la frente perfecta de la joven - ¿Por qué haces esto? – preguntó cual joven muchacha que acaba de ver por primera vez a aquel hombre que tiene la osadía de acercarse más de lo permitido. Las lágrimas de ella recorren las tersas mejillas delineando sus pómulos y sus labios tiemblan como petalos que vibran con el sol. Mira a los ojos de él y no ve al ser vivo que conocía de tiempos pasados. Aquel guardian que jamás habría tenido la audacia de ponerle encima algo que no fuese su sola visión. Hablaba con algo más allá de Oren, y se refería a algo que cruzaba el tiempo, el espacio y el mismo espíritu de él- Jamás te he mentido. Jamás he dicho mentira alguna. ¿Por qué entonces me has hecho esto? – preguntó como si hubiese sido víctima de un castigo temible. Aquella que no debía ser tocada, cuya única ilusión del tacto iba más allá de una fantasía de otros mundos, comprendía lo que sucedía como si fuese una condena. Ella nunca había desafiado a los dioses ni a los espíritus ¿Significaba aquello que jamás volvería a escucharles?

Como si buscase poner fin a sus miedos, invitándola a volver a ver aquello que siempre ha visto y callado, Oren le pidió ponerse  de pie, siguiéndole ella aun con el rostro agachado, casi como si aquella marca simbolizase la sumisión eterna a la cual debería someterse ¿Qué era y por qué palpitaba en su piel como si fuese una marca de fuego? ¿Qué dirá él cuando la vea? Con sus cabellos rojos cayendo en forma de espirales carmesíes y resaltando por encima de su piel de terciopelo, blanca como el mármol, elevó su mirada de ninfa y licana para observar lo que las palabras de aquel licano que no era licano decían. Sus ojos empañados, entrecerrados se clavaron en la dirección que aquella mano que antes le había tocado señalaba. Y con esto, la fortaleza que siempre tuvo en su interior, sin importar lo sola que podía estar ni las figuras que veía; sin importar las marcas que los muertos dejaban en su piel y los vivos en su alma, Maya entreabrió sus labios suaves como los pétalos de las rosas rosadas. En sus ojos cubiertos por las lágrimas pudo ver los caminos que se abrían ante ella, pasando por lo alto y lo bajo, lo viejo y lo nuevo…Tan primitivo como el espíritu mismo que habitaba en ellos. A su lado se detuvo, sentado, el licano de ojos azules, antepasado del Setanta que hoy caminaba con ellos: El primer licano con la mirada del cielo. Casi como si reconociese una posibilidad…una encrucijada, la mirada resignada de Maya terminó por negar en silencio, bajando sus ojos al suelo.
Finalmente, todo era tan negro como la noche y aun más. – Es la oscuridad lo que se acerca. La sombra del pasado amplificada en el presente para cambiar el futuro. – su voz era lenta y baja. Parecía triste y en el fondo, lo estaba. Aun sus manos se unían a la altura de su pecho, mientras sus ojos eternos se cerraban por un momento y veía más allá de lo que podría existir o no. Pero entonces, el resplandor, tan inquietante, tan supremo como si se tratase de una estrella explotando en medio de la tierra misma. Maya levantó sus manos y las llevó a los ojos, buscando cerrarlos a la vez que volvía la mirada hacia los costados, buscándole a él – No…No…- empezó a decir. Su voz asustada, su mirada clavada en los puntos que estaban más allá del hogar de Oren Astvinur – La oscuridad…y la luz. Dos hermanos que caminan hacia el mismo lugar. No son solo las sombras las que se acercan. Los Fenrir reaccionan…Todos reaccionamos a lo que está sucediendo…-
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Re: El Origen de las causas

Mensaje por Oren Astvinur el Miér Abr 30, 2014 9:45 pm

El aire se vuelca en giros sin predicción, céfiros desganados y retorcidos que ya no anuncian paz sino un profundo silencio. El vacío del otro lado, clamando con fuerza la poca voluntad de las trémulas almas que aún se aferran  a la existencia. Un destino inevitable tan temido como la propia palabra, maldito en las cuatro direcciones desde el inicio de la conciencia. El agua se revolvía inquieta, incapaz de dar sabia respuesta. Su deber sagrado fue quebrado con la fragilidad del vidrio, dejando a la cristalina sustancia sin cauce, carente de forma. El agua que ya no podía ser. Desde dentro, el fuego chisporroteaba débil en un intento desesperado de alzarse sin extinguirse. El manotazo de un ahogado aferrándose a su efímera vida, sumido en autentica desesperación que no permite escape. El humo es quien se eleva, una nube etérea capaz de cortar la inspiración con su extenuante abrazo, el moteado negro de una caída sin final. Por último estaba la tierra, temblando en su falta de seguridad, quebrada en espíritu por un peso demasiado grande a soportar. El metal que la nutre jamás es suficiente, fundido hasta volverse una débil masa que arde desde el interior. La prueba de que incluso el coloso no es imbatible, vencido por la propia realidad que le hace fuerte. A la vez que los finos hilados se desmoronan, dos espectadores son la única constante, bocas hambrientas esperando la oportunidad de hacer esos colores unos propios. En el ocaso particular la luz y las sombras son únicos caminos, labrados no menos que por las intrínsecas causas individuales y colectivas, culminando en una impecable consecuencia. Situaciones desesperadas ameritan el gasto de todo recurso. El juego disputaba ya su fin y cada as comenzaba a caer de las siniestras mangas de sus participantes.

Una noche llena de sorpresas

Una noche llena de peligro. No por ello perdería su arraigada naturaleza, la nívea pureza de la perfección echa ser. El viento cambiaba su esencia, quizás mucho más insustancial que nunca antes. El recinto se llenaba de un arrolladora música, una melodía que anunciaba la llegada de un evento sin igual, como si fuera capaz de portar sabiduría entre sus notas. No un coro de ángeles, sino el de millones de seres sin voz clamando desde el silencio un encuentro destinado desde un inicio que aún no conocía fin. Una sonata de seductora armonía, atrayendo hacia una perdición divina y devoradora de realidades. Un paso en falso y se es esclavo de las circunstancias. Miradas de cuencas vacías, carentes de brillo, emoción, solo el alma que les hace ser. Carcasas de la historia, testigos del frío y etéreo andar de un amo sin jerarquía, destinado a un único deber. Su recolección. El mundo externo que comenzaba a llenarse de miradas recelosas y desconfiadas, apuntando a todos y ninguno, volcándose en el centro, donde la luz radiaba con mayor fuerza. Una espera de la respuesta más propicia; un miedo capaz de colarse hasta la carencia de huesos. El aliento presente de la sombra, siempre a la espalda. El predador más paciente, benévolo y tirano. Luz de luna, un coraje que es escudo contra la desesperación; un designio que crece en fuerza al igual que el puro brillo. Las trompetas resguardan sin sonar, pero el mínimo cambio estremece a los espectadores infundiendo el terror de su nombre. La sonrisa es una máscara que oculta la verdad de las intenciones, siempre perfecta, inquebrantable. Los secretos que solo permite al laberinto de la propia mente, el peso de una cruz que no ha visto el día. ¿Cuál es la razón para la presencia de aquella nueva estrella que acompaña tu mano? Injusto para el incauto, envidiado por el ignorante, incomprendido por el culpable.

Un hombre de mirada fija, caminando por cada recoveco con una mezcla de asombro y rabia sobre sus facciones. Un tacto frágil a la vista, cual bebé que experimenta el mundo a través de los sentidos de su madre. Su silueta una sombra perdida y danzante entre los presentes que parecían no percatar de su presencia. No es tu tiempo. No es tu tiempo. Labios sin carne que repetían las palabras ocultas tras una cínica sonrisa ignorada - ¿Por qué no? Cada mundo cambia constantemente ¿Qué ha hecho al tuyo tan estático? Incluso cuando las explicaciones fallan, los hechos siempre tienen su causa. Estas lista- Pulgares marcados por la incesante lucha barrieron las lágrimas con una suavidad impensada. Dos capas entrelazándose, la caricia de aquello que habita del otro lado del velo invisible. Un hálito del espíritu. Nunca se había tratado del frágil cristal sino de su contenido. Una joven que era un punto de balance, el contrapeso de una balanza que amenazaba con descarrilarse- Jamás me has mentido. Jamás te he mentido. Pero sí has sido engañada y palabras vacías ya no pueden defenderte. Recuerda quien eres. Observa lo que pisas. La ilusión es un pasado que ya no ha de nublarte.

Realität
Réalité
Realtà

El unísono que otorgaba un nuevo sentido y nombre. El tiempo habría de pasar y todo parecería igual pero no existe la vuelta atrás. Con ojos abiertos sería testigo de la realidad de su entorno, la voz que completa un panorama difuminado para el alma en desasosiego. El eco del canto de la luna, reverberando en la voz de su preciada hija. Una herencia de sangre y esencia, el regalo conferido en confidencia. Una necesidad que responde al llanto del lobo cada noche. Una imagen, su reflejo y la resonancia de su amor. Un contacto que jamás conocería sitio, la sustitución por intentos que de alguna manera deben ser suficientes- Eres parte de este mundo como cada uno de tus alientos. Fenrir por ley y derecho. La responsabilidad de ayudar a un hermano es la única que vale. Uno es el hijo de la luna. Solo unido el lobo se alza orgulloso- Sonrisa que no pretendía ser condescendiente sino sabia. El secreto de una sentencia entre un multiverso de seres y significados. La encrucijada en todo su esplendor, la maraña caótica que crea la mente quebrando el juicio – Busca tu ancla y solo entonces podrás ser libre de la deriva de mentiras. Torna tu mirada hacia la luz y no la apartes, busca el origen de las causas. El peso del hacer está a  punto de caer y la voluntad es única salida. Por sobre todo, nunca olvides las palabras y momentos. Mi regalo y el de las diosas para ti bajo una luna azul- Una cortina que volvía a caer, tiñendo la plata del color de esmeraldas. Una mirada oculta tras la sombra de los parpados. La calma que volvía a reinar en completa potestad. El último remanso antes de la tormenta. Un juego cuyas reglas estarían por cambiar a un todo o nada. Cada evento sacudiendo las posibilidades de su propio peso.

Mira a través del velo, más allá de los límites de la percepción. Observa bendita con ojos esplendidos.
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Re: El Origen de las causas

Mensaje por Maya Khandrá el Sáb Jun 14, 2014 8:36 pm

Las palabras que emergen de los labios misteriosos de aquel hombre que no es hombre, pero cuya mirada imita a la perfección la de uno. Los ojos cubiertos por el velo de la noche se vuelven de gris a azul y de blanco a celeste, como si el solo aire mutase el tono celestial de la mirada que se posa sobre su virginal cuerpo. Las lágrimas habían humedecido sus mejillas de mármol pero su mirada permanecía tan distante como la de una diosa que lejos está de comprender el deseo y las intenciones de los mortales. ¿Qué es la mortalidad sino cambio? Desde el instante en que abrimos los ojos a la vida y aspiramos el primer suspiro, nuestro cuerpo comienza a cambiar. Siempre en movimiento, nunca quieto, sabiendo que dejar las cosas como están es una invitación al azar a romperlas ¿Por qué el azar? ¿Por qué no puede ser el caos el que acaricie la piel de nuestros cuerpos, formando en ella cicatrices externas e internas? -¿Por qué las cosas no pueden quedarse como están? – el canto de su voz parece hablarle al guardián pero en realidad, su pregunta iba dirigida a alguien más allá de ambos. Un gesto de doncella que recubre sus brazos blancos como el alabastro, tan suaves como los pétalos níveos de los lirios que bailan a escasos centímetros de ambos, rodeándoles casi como si le hiciesen una reverencia a los espíritus que se mueven en ese mundo de quietud. Los dedos ásperos del lobo de plata acariciaron las mejillas de la flor lunar mientras un suspiro emanaba de sus labios entreabiertos. En ese instante, elevó los ojos para ver la mirada plateada que aquel ser le devolvía, notando en su interior una vida palpitante y diferente a cualquier otra. Podía sentir que la piel de su espalda se erizaba apenas mientras la soledad les envolvía en un manto de gloriosa quietud solo interrumpida por el reflejo de la luna llena. Por un momento, su mirada pareció relucir de forma atípica  en esas facciones de porcelana, notándose una delicada marca en medio de ambas cejas delineadas con el cuidado de un cincel. Aquella mirada que era débil y distante pareció traer al mundo a la joven cuando mantuvo sus ojos de cristal puestos sobre el guardián blanco. Mentiras…ilusiones. La ilusión era una mentira de la cuál había sido víctima y fueron las mentiras y las ilusiones las que habían destronado a la Líder que amenazaba con marchitarse. Un agobio tan pesado como el ambiente más siniestro y, a la vez, capaz de acallar toda fuerza, incluso la de su canto. Los instantes parecieron congelarse en aquel momento mientras la voz de su mente parecía cantar a la par de los espíritus que danzaban a su alrededor, esperando que les viese.

-Realidad…- emergió del fondo de su garganta a la vez que bajaba su cabeza para notar su mano posada delicadamente sobre su pecho. En la punta de sus dedos podía sentir el palpitar de aquello que volvía la ilusión una verdad. Aquello que la hacía ser.

Los bucles de sus cabellos rojos parecían por instantes, tomar una tonalidad más blanquecina gracias al juego de la luz lunar sobre ella. A pocos pasos podía ver la mirada del Lobo con los Ojos del cielo, postrado y en silencio, observando aquello que sucedía en ese mundo de ensueño. Y con las palabras del guardián la ninfa de los bosques comprendió finalmente aquello que él quería decir. Ella también era licana. Podía ser capaz de ver entre un mundo y el otro; podría elegir vivir en una realidad de canciones y flores. Pero todo, incluso la realidad más latente puede verse destruida por las garras del caos porque, efectivamente, todo cambia constantemente. No es mal…Solo es.

El aroma que invadió ese lugar de fantasía donde solo pocos podrían llegar era el mismo que emergía del agua y la tierra. Una unión tan mística como gloriosa y real. El aliento de los arboles que respiraban a la vez que los espíritus en el mismo mundo. Los labios de la flor de la luna se sonrieron por un leve instante, pestañeando ante la mirada sabia del lobo acostado, el primer guardián, ancestro del Setanta. Con cada paso que sus pies desnudos daban sobre la hierba, el cabello que caía como el velo que volvía a ser escarlata, Maya Khandrá. Sus brazos se abrieron como si fuesen las alas majestuosas de un ave que está por volar mientras la cascada de luz lunar caía sobre ella como si se tratase de una bendición del otro mundo. Sus labios se separaron en un canto profundo mientras sus pies se envolvían en un giro. El lobo de los ojos del cielo reaccionó a la voz de la licana de cabellos de fuego y comenzó a correr a su alrededor. Otros espíritus que danzaban entre las flores hacían lo mismo, siempre a su alrededor, casi como si formasen un escudo metafísico que bordeaba la silueta desnuda de ella. Sus ojos estaban cerrados a medida que elevaba su rostro lentamente al cielo. La luna llena, blanca como la espuma estaba en su más grande expresión, casi acunando a su pequeña hija cubierta por la seguridad en un mundo que no le dejó saber que ella podía ser licana y médium también. – Este es mi mundo… - susurró su voz de terciopelo luego de que sus pasos se detuviesen lentamente, notándose ahora siendo observada por los espíritus de los lobos que vigilaban esa tierra. Espíritus que ante el canto de Maya Khandrá, parecían deleitarse y tranquilizar sus propias esencias. La piel de ella, ahora blanca como la luna misma destellaba el clamor níveo de la más pura esencia mientras los guardianes espirituales comenzaban a detener su trote para caminar y observarle. –Este es el origen de las causas, guardián blanco. – agregó en un tenue susurro a medida que sus labios se sonreían en un gesto cubierto de inocencia mientras su silueta pálida era cubierta con algunos cabellos rojos que resaltaban ante ese contraste tan claramente intenso. La piel pálida como la luna…Los cabellos rojos como la sangre.

Una flor se puede marchitar con el roce…Pero ella nunca había sido una flor.
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