Ecos del tiempo [Leona]

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Ecos del tiempo [Leona]

Mensaje por Oren Astvinur el Dom Nov 10, 2013 12:22 am

Cada paso se convertía en un tormento, el cuerpo resistiéndose al esfuerzo. Los días habían pasado mas las heridas seguían palpitando como hubiesen hecho los corazones que fueron arrebatados en aquél concilio. La mente no encontraba descanso, no daba descanso. Arrastrando los pies había alcanzado el linde de la puerta, aquella hecha y tallada en la propia madera del árbol que hacía al hogar del lobo. Apoyó su brazo a la altura de la cabeza, recostando su peso contra este. Pegó la frente contra su soporte exhalando todo el aire contenido en sus pulmones para luego llenarlos con pesadez. La vital sustancia parecía estar viciada y cargada de plata, haciéndole sentir como si esquirlas desgarraran su garganta y pulmones por dentro. Sin embargo, no era el dolor físico lo que le ataba como una enredadera de crueles espinas. Estaba magullado a tantos niveles de su esencia que era solo su voluntad la que le permitía andar. La falta de fe que había presenciado aún le quitaba el aliento. Los cortes habían sanado pero la sombra de su arder era recordada con cada paso. Gruesas gotas de sudor caían por su rostro, su pecho se inflaba en intervalos cortos, cercano a la hiperventilación. Juntó el restante de la energía que le quedaba, dando un débil paso hacia adelante. Su cuerpo se tambaleaba cual péndulo de un reloj y al llegar a su lecho simplemente se dejó caer. Aquello que hacía de su cama amenazó con ceder ante el impacto, Gaia misericordiosa no permitió tal pequeña gran desgracia. Al mirar hacia arriba, los patrones anillados del tronco que hacía de techo parecían moverse. Ondulaban de la misma manera que el agua al ser perturbada. Intentó cerrar los ojos y el dolor punzante en su cabeza volvía a hacer presencia. Parpadeó, con cada instante siendo un recuerdo que golpeaba con la fuerza de una estampida. Los dedos del lobo presionaban su sien en un intento de frenar aquél torrente, consiguiendo nada como resultado. Una mecha encendida que no conocía obstáculos, recuerdos a punto de explotar. El grito contenido llenó sus pulmones, y al soltarlo, incluso el campo de flores que rodeaba al árbol se estremeció en su dolor.

Tenía los ojos bien abiertos en ese entonces, segundos apenas habían pasado y Galliard tomaba posición a su lado. Las palabras carecían de  sentido a tales alturas y eran las garras quienes decidían el resultado. Matar o morir. Gaia tuviera la misericordia que él no podía mostrar en ese momento ¿Cuándo el mundo se vuelve tan retorcido que hasta las verdades se invierten? Guiados por el olfato, carentes de experiencia en la batalla, el número era la única ventaja que se mostraba avasallante. Se había lanzado hacia uno y sus sentidos indicaban que el resto del concilio había decidido aprovechar aquello para hacer a la huida. El mínimo error significaba someterse al dolor más intolerable de la vida, el cuerpo gastando su energía en reparar heridas que no podría cerrar. Ardor y fuego, la plata no debía de alcanzarlo. El guardián no dio tiempo a reacción a quien tenía debajo, yendo directo a lo único que le mantenía en su mundo, el corazón. Manos manchadas, ni tiempo para dar respeto a lo que hacía. Giró sobre sí mismo para evitar un abrazo que hubiese sido letal, los lados de su camiseta siendo rasgados por hojas malditas de bella plata. Se incorporó de un salto, alcanzando la espalda de quien había caído en su desesperado intento de conseguir su contención. La espina ajena había tronado ante el ángulo del ataque del guardián. Sin titubeos, un segundo corazón palpitaba sus últimos instantes en su mano. Necesitó de un tirón de su brazo para retirarlo. El tiempo comenzó a pasar más lento, dolorosamente  lento. Rodeado por dos, sus reflejos apenas habían alcanzado a reaccionar, evitando el fin. El filo laceraba superficialmente su mejilla mientras otra de las espadas se incrustaba en su hombro, agonía del arder de mil soles. No había tiempo, si el peso de ambos caía sobre si podrían darlo por muerto. Su mano libre, aquella que no había cedido al dolor se cerró alrededor del brazo que lo prensaba, tirando de este hacia afuera para quitar la endemoniada hoja de su cuerpo y en un rápido giro usarlo como arma contra quien tenía detrás. Un abrazo mutuo a la muerte –Perdon- dijo entre susurros cortados ante la falta de aire, el calor de su propia sangre emanando bañaba el lado derecho del cuerpo del guardián, las gotas repiqueteando desde su mano al suelo. Galliard había hecho lo suyo, no más peligro dentro del recinto.

No te permitas dormir, no lo hagas.

Intentaba poner todas sus fuerzas en mantener sus ojos abiertos pero su cuerpo le pasaba factura. Las imágenes del Concilio se mezclaban con otras más recientes, de lagos y palabras, de encuentros y la luna en el cielo. Había sobrepasado sus límites, pero solo al hacerlo conseguiría avanzar. El dolor seguía taladrando su mente sin darle respiro y finalmente cedió, dejando al sueño envolverlo en un manto de perfecta calma ¿Volvería a despertar? Aquél sitio estaba atiborrado de lujos, objetos que en su mayoría no entendía ni su razón de existir. La alfombra roja solo apuntaba hacia adelante, su calor se sentía raro a sus pies. Avanzó, ignorando un chapoteo demasiado cercano. La luz del interior era en exceso brillante y sintió la necesidad de cubrirse con el brazo. No reconocía sus propias vestimentas, eran ligeras, cómodas y a la vez tan bellas como un colchón de hojas a la luz de la luna. Cuando volvía a mirar hacia adelante, ante él se alzaba una puerta, estaba entreabierta por lo que un simple tire abrió el camino. Su olfato se resintió, un aroma tan fuerte que su alcance hizo nublar la vista. Se obligó a salir, intentar elucidar ¿Qué muerte deja un rastro tan fuerte a su paso? Deseó no haberlo preguntado. Desde la altura de aquél balcón no existía forma de dar rostros pero el panorama estaba claro. Cuerpos, cientos de ellos regados por todo el alrededor de la estructura donde se encontraba parado. Selene se teñía de rojo, las manos del lobo se aferraban a la barandilla de piedra como si intentara alcanzarla. Madre ¿Por qué lloras? Sin entender las razones o el cómo, sus ojos también sollozaban. Volteó para dejar atrás aquella horrible imagen, en una búsqueda desesperada por alivio, notando sus huellas marcadas en el viejo gris. Pasos carmesí. Ahora, helado en su lugar ¿Por dónde has caminado joven lobo, ignorado la muerte a tus espaldas? Su mirada esmeralda trazaba lentamente el recorrido transitado, sus ojos abriéndose por completo al dar con el inicio. Plic, plic. Ese maldito chapoteo. Para…¡Para!. ¿Por qué no podía moverse? Aunque… todo ese tiempo había sentido ser llevado. No deberías haber cerrado los ojos, lo peor siempre espera en la absoluta oscuridad . Gaia piedad.Plic, plic. Abrió su boca, intentando gritar mas nada se oía. ¿Por qué…? El cobre se volvía un marrón sucio y apagado, otra voz que jamás sería oída. ¿Quién?¿Quién arrebató tu brillo sol de mediodía?

¿Dónde te llevarán tus pasos, níveo Fenrir?¿Permitirás que la luna llore hasta bañarte en sus lágrimas?

Se incorporó de un salto, golpeando el suelo. La mandíbula del joven se tensó para disipar el dolor de aquella torpeza. Sentía su cuerpo aún temblar, temeroso de las palabras, horrorizado por las imágenes. Necesitó de toda su entereza para ponerse de pie, frío sudor caía por su espalda y rostro. Cuanto mayor fuera la sabiduría, así también sería el precio. La naturaleza siempre mantiene su balance. Sus sentidos cercioraron de encontrarse en casa, y con unos pasos más dejaba a su rostro empaparse en el agua del cuenco. Contuvo la respiración, normalizándola, y al salir se encontraba más tranquilo. Su mano tiró su cabello hacia atrás, despejando la mirada de vivas esmeraldas. Debía haber una respuesta. Salió de aquél árbol, solo para permitirse sentar en medio de aquél campo de blancos lirios, su mirada fija en la única flor amarilla, distinta y distanciada de las demás.

-Alguien tira los hilos, y amenaza en romper lo que generaciones han labrado. No puedo darle rostro, solo escucho palabras lejanas ¿Serán estas suficientes para frenar el propio destino?-

Se juega a todo o nada ¿Podrían los ecos del tiempo convertirse en la carta salvadora? Solo, en un bosque que tenía mucho que lamentar, y mucho peor que esperar. Solo la luna sabría cuántas estrellas más habrían de brillar contra la amenazante tiniebla.
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Re: Ecos del tiempo [Leona]

Mensaje por Leona Boadicea el Lun Nov 11, 2013 10:47 am

¿Lo sientes en la piel ahora? ¿Sientes cómo se eriza? No es frío esta vez, dejó de ser frío en el instante en que sentiste el cobijo de los brazos de tu madre sobre tus hombros, buscando cubrir tu rostro aun infantil en forma, pero teñido de golpes que dieron la forma a la mujer que hoy eres. Que rápido pasa una niña a convertirse en mujer cuando la vida le muestra algo que no debió de ver nunca. ¿Te das cuenta entonces, Leona? ¿Te das cuenta de que la vida es un pasaje entre este mundo y el otro y puede durar tanto como un parpadeo?

El viento había traído consigo nuevos relatos e historias sombrías luego de la fatídica noche en la cual la muerte acarició con sus dedos la tierra sacra de Fenrir cuando el Concilio de los Líderes fue atacado por una fuerza desconocida. Y aun así, sus brazos aun pesaban como si rememorasen el haber cargado a muchos de los licanos que encontró en el suelo para poder llevarles al abrazo eterno de la Gran Madre Gaia. Todavía tenía en su mente los gritos y aquella explosión que tiñó la noche de naranja, como si el sol hubiese salido un instante para volver a esconderse con la misma rapidez. Un parpadeo, no fue más que eso para que, de un instante a otro, aquellos licanos que ella había visto ingresar siguiendo los pasos poderosos del gran Galliard, se volviesen formas sangrantes en el suelo verduzco. Ojos abiertos, casi como si hubiesen visto a la muerte a la cara y antes de poder soltar siquiera un quejido, ésta les arrancase el alma sin piedad. ¿Cuánto tardaría en limpiar de sus manos la sangre que tiñó sus dedos de carmesí mientras ayudaba a levantar a los bravos guerreros? ¿Cuánto tardaría en olvidar los quejidos de furia y odio del gran Lider y la mirada perdida de Fenrir? Cada vez que intentaba siquiera cerrar los ojos, una nueva imagen aparecía en su mente como una bofetada y era por eso que el sueño escapaba de la joven guerrera como si fuese un aliento caprichoso que se negaba a ser abrazado. Aun tenía la sensación de cosquilleo en las palmas de sus manos, conociendo por vez primera lo que aquel metal conocido como “plata” es capaz de hacer con la piel del licano. Aun ardían ciertas partes entre sus dedos al tocar sin querer alguna extremidad de un hermano que estuviese bañada por esa “sangre de muerto”  que habían usado para matarles.

Y ella, que creía haber visto todo en su corta edad, terminó por comprender que no era más que una cachorra. Que si no estaba muerta en ese instante era porque aquellos asesinos estaban demasiado ocupados matando a guerreros de verdad. ¿Dónde estaba ella? Correteando por las linderas del bosque, observando la luna que esa noche parecía teñida de verano, abandonando la hermosa capa azulina que recubría sus perfectas formas; desvistiéndose del blanco perlado que solía utilizar para destacar en las penumbras.
“Escucha…” le susurró el agua mientras ella posaba sus rodillas junto al lago dónde días pasados había tenido un encuentro con lo que ella creyó reconocer como un espíritu del bosque. -¿Escuchar qué? …- se preguntó a sí misma, quizás diciendo en voz alta, demasiado ensimismada en sus pensamientos para siquiera notar que algo hablaba a su alrededor. Y en la mirada que el lago le devolvía pudo apreciar como sus facciones se transformaron. Sus ojos se abrieron mostrando en su gloriosa plenitud la claridad de la primavera y el miedo de aquellos que mueven, por solo un instante, el velo que separa un mundo del otro para buscar ver más allá de lo que la razón puede comprender “La sangre cae…Ellos vienen”. Una voz que no podría saber si era femenina o masculina, pero que fue tan fría que sus cabellos se erizaron. Un presagio que ni siquiera ella podía comprender del todo pero que le decía que algo no estaba bien. Todo lo comprendió cuando vio a su madre viendo con pesar el suelo teñido de rojo, lanzándose a abrazarle sin preguntar mientras decía miles de cosas que Leona no comprendía, pero sabía que su subconsciente sí: Habían atacado el concilio. Había muchos cadáveres. Los Lideres estaban bien. Oren estaba bien…

Respiró…por un instante respiró. A pesar de no haberlo visto, al saberlo sano y salvo fue como si una pesada cruz se deshiciese al momento de rozar su espalda. Las preguntas que vinieron de su parte fueron las típicas:  ¿Quién lo había hecho? ¿Por qué? ¿Cómo pudieron salir sin dejar rastro? ¿Quiénes eran los caídos?. La amazona mestiza mantuvo una frialdad atípica en su espíritu ardiente aquella noche, callando su instinto de buscar una forma de llegar al responsable para, simplemente, ayudar en dar sepulcro a los cuerpos de los caídos. Y fue entonces que comprendió por qué estaba tan apagada, como si un eclipse maligno se hubiese cernido sobre su cuerpo buscando asfixiar su rebeldía…Los guerreros caídos habían peleado mano a mano con su padre. Muchos de ellos habían ayudado en su entrenamiento incluso cuando era cachorra: Harald. Por él fue por quien derramó su primera lágrima. Sin embargo, su fuerza la mantuvo de pie con el espíritu que solo la juventud puede alimentar, dándose tiempo luego para pensar en todo lo que iba a ver y escuchar aquella noche y las que viniesen después. Gritos de guerra que iban y venían; un líder caído en su desgracia y otro que parecía perdido en un caos. Galliard nunca se vio tan opacado como aquella vez y la sola mención de una palabra de su garganta era suficiente para que todo el cuerpo de Leona temblase de temor y respeto. Sabía lo que esto significaba y lo que los Ardwolf pedirían luego de ver a sus propios hombres masacrados…Pero ¿Qué los había destrozado así? ¿Al menos tenían un mínimo indicio? Porque ella misma había caminado por esa tierra y el único hedor que le envolvía era el hedor a sangre. ¿Qué alma viciada había hecho semejante cosa con el único interés de dar un mensaje más que atacar a los mismos lideres?

Los últimos días, Leona no soportaba caminar por la ciudadela de Fenrir. El camino se le hacía insoportable, llegando a generar repulsión. No por el camino en sí, sino por el aroma. Era como si cada trozo de tierra hubiese captado el aroma a la sangre y se negase a dejarlo ir. Ni siquiera las flores silvestres y los árboles podían combatir la fuerza de ese olor asqueroso. Y para colmo de males,  había rumores que ella sabía en el fondo, dejarían de ser rumores muy pronto. El gran Lider se marchaba a las tierras de los Ardwolf y llevaba promesas de venganza en sus manos. Ella le seguiría junto con su madre para luego tener su bautismo de fuego durante una batalla pero ¿Batalla contra qué? ¿Fantasmas? Porque ella vio lo que esas cosas hacían y ni siquiera sus sueños podían darle un rostro. Se sentía tan detrás de esas formas sin forma que temía realmente ser solo un trozo de carne echado a morir por el orgullo de una manada.

“¿No era la guerra lo que querías, Leona? ¿No eras una guerrera?” Su mente, tan inquieta como ella misma, se preguntaba por qué de repente tanto había cambiado en su visión. Ella veía el reflejo de su rostro en el agua y aun así, sentía en sus ojos que no era la misma. Hubiese dado todo por poder sentarse a hablar con Bhalyon en esos momentos, por pedirle que le explicase si eso era el cambio al cuál se había referido. Sus pasos seguían una ruta que ni ella misma comprendía, buscando alejarse del aroma a guerra y perdición. Su mirada había ensombrecido como lo hace la tierra ante el invierno y aun así, sus cabellos continuaban manteniendo el brillo otoñal de siempre. “Hija de la luna iluminada por el sol” le había dicho un sabio ardwolf cuando le vio, dado que era extraño que existiese un solo miembro de esa manada que tuviese sus características. Y no fue hasta que vio a Oren que notó la gran diferencia que existía entre manada y manada; entre licano y licano.

A medida que sus pasos se internaban por un camino por el que jamás había transitado, la curiosidad de la hija del sol le llevó a continuar. Un destello de inquietud se apoderó de su ser al verse envuelta entre árboles que no conocía pero había un aroma demasiado familiar. En medio de la muerte, la sangre y el asqueroso hedor que todo lo envolvía, algo mantenía su pureza y era ese sitio. Cerró los ojos un instante y al hacerlo, el recuerdo tomó forma en su mente. Él estaba cerca. Ese era su aroma…Ese camino que ella transitaba por primera vez, él lo había caminado muchas veces ya. Su caminar se volvió trote y así como un espíritu del bosque se lanza a correr por rutas perdidas, Leona comenzó a internarse en aquellos caminos. No tardó en encontrarse de cara con un jardín tan blanco como las nubes, teniendo que abrir los ojos con cautela para poder creer aquello que estaba viendo. Flores, todas ubicadas en perfecta armonía, rodeando un árbol más grande del cual emanaba una extraña aura de plata que, sin entender cómo, podía visualizar sin ver. Pronto se dio cuenta que lo que pisaban sus pies no eran hojas ni tierra, sino pétalos, como si cada flor hubiese dedicado uno de sus pétalos a formar una alfombra nívea para recibirle. Se quedó de pie un instante y sin saber por qué, sintió arder sus manos de nuevo. Ese maldito picor…era como si el recuerdo de haber tocado la sangre de la muerte aun dejase su marca entre sus dedos. Los movía como si tuviese hormigas en éstos y no fue hasta que los vio que su rostro se ensombreció al instante: Rojo. ¿Pero cómo? ¿Rojo? ¿Sangre? Ella lo había limpiado; pasó horas haciéndolo ¿Por qué estaba ahí de nuevo?
Se quedó de pie cuál gárgola mirando ese árbol, incapaz de distinguir que entre las flores había alguien más. Por un instante, todo fue un sueño que se volvía por momentos pesadilla. Al volver sus ojos verdes a sus manos temblorosas, Leona las vio del mismo color de siempre. Su respiración se acortó mientras su corazón palpitaba con la fiereza de las bestias y fue entonces que comprendió qué era esa pena que embriagaba su corazón: Llorar por los muertos estaba bien…Llevar a otros a la muerte no.

Debía irse de ahí…Debía correr y alejarse. Volver a la ciudadela y hablar con alguien. Sin embargo, sus pies se habían clavado sin piedad a la tierra como si brazos invisibles la contuviesen en ésta. El viento volvió a soplar como una caricia que buscaba calmarla, mientras sus cabellos se mezclaban con los pétalos blancos que se elevaban a su alrededor y fue entonces que sus ojos de esmeralda se encontraron con alguien más. No le había visto desde aquella noche y sentía que de ese momento había pasado una eternidad. Le observó por un instante y esbozó una sonrisa con sus labios presionados. El silencio, no hubo nada más que silencio. Aun así, ella fue quien lo rompió, como casi siempre hacía – Te buscaba…Pero no sé por qué…- dijo su voz sin dejar de mirarle, anhelante de una respuesta que, sabía, posiblemente él desconocía.
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Re: Ecos del tiempo [Leona]

Mensaje por Oren Astvinur el Jue Nov 21, 2013 11:58 pm

Observar las flores traía a cuenta muchos conceptos, quizás tantos como pétalos pudiesen ser contados. Podrías preguntarte ¿Cómo es que algo tan simple como una planta es capaz de evocar tanto? Las experiencias, las particularidades que hacen a la memoria de la persona son las que otorgan valor a las cosas y momentos. Al mirarlas, era imposible dejar de lado la concepción de la vida, como rápidamente estas podían pasar de un bello florecimiento a marchitarse. La inmortalidad de la que goza el lobo, la capacidad de conocer una vida que puede no tener fin. Tan distinto es esto como comparar con la eternidad. Muy pocos cuentan con esta última, la posibilidad de trascender toda barrera, cuando el tiempo y el espacio simplemente pierden significado. Entonces ¿Sería a la vista de Gaia, y su propia Madre, no más que una flor que muestra sus pétalos, una llama delicada, bella y sutil? Destinado a marchitarse ¿Habrá significado algo la vida de aquella flor, o sería como la de todas aquellas que ahora le rodeaban? ¿Es posible ponerle valor y diferenciar a cada ser de esa manera? Mientras más profundo escarbaba en las ideas, más dentro de sí se perdía. Interiorizarse es como ver el cielo infinito lleno de estrellas, algunas nuevas, otras siempre latentes. El corazón pulsando como la luz de la luna. El espiral de descenso no conocía fin, y para cuando abría los ojos todo el panorama era distinto y a la vez tan familiar. La memoria que los lirios traían con ellos

Lo recuerdo, lo recuerdo perfectamente. No es que pueda olvidar, no. No puedo hacerlo. El bosque siempre se comportaba extraño, podía sentirlo dentro de mí. Como odiaba esa sensación, era como si cientos de ojos estuvieran centrados en mí, pero no había nada. Mi vista despejaba las sombras de la noche, y nada. Solo el viento soplaba, elevándose con el terreno hacia una única dirección. Mi sangre se congeló, mi cuerpo negándose a las indicaciones de mi mente. La imagen que tenía en frente  era una que generaba iguales dosis de miedo y respeto. Maestro. Fue lo único que mis labios pudieron pronunciar, separándose casi para soltarlo en un suspiro. Un título un tanto particular para aquél ser. De acuerdo a sus ideas, tenía algo que aprender de un aspecto tan simple como es un apodo. La mayoría de veces eso sólo lograba producirme horrorosos dolores de cabeza, ofuscando mi persona por algo que hoy me parece tan tonto y verdadero. En ese entonces era un joven ignorante, hambriento de historias pero con la paciencia de una tempestad. Mi sinfín de preguntas rara vez obtenía respuesta, y créeme, nunca fueron directas. Las ropas de guardián cubrían su figura y una hermosa capucha de plumas solía ensombrecer su rostro. Algunas veces me quedaba como tonto, simplemente viendo el níveo blanco sobre su cabeza resplandecer a la luz de la luna. El viento se alzó una vez más y mi maestro miró hacia adelante. Suspiré ¿Otra vez? No tenía que dar la orden, para entonces tenía cierta claridad respecto a sus intenciones. Sígueme , decían labios que jamás se movían.

Ya había perdido la cuenta de la cantidad de días, semanas y meses que llevábamos en tal rutina y la verdad, ya estaba algo cansado de preguntar las razones. Podíamos estar corriendo por horas, sin rumbo alguno. Como dije, era joven. Bostecé a medio camino, cubriendo mi gesto con una mano, dando una vuelta que comenzaba a hacerse familiar. No siempre se repetía, pero cada tanto caíamos en esa especie de rutina. Un giro a la derecha, sortear el río, volver al punto en una circunferencia perfecta. Límites claros, bordes que quedaron grabados por siempre en mi cabeza. Conozco el bosque, cada recoveco, solo porque mis pies lo habían transitado una y otra vez en su totalidad. Frenamos en el punto habitual, un claro apartado. Observé la figura hecha en roca que se erigía allí mismo. Una luna creciente, una que mis propias manos crearon, llevando cada piedra una a una. El peso no pareció importarle tanto a mi maestro como a mí. Por supuesto, su figura solo me observaba a una distancia prudente. Como también era costumbre, lo vi subirse a la roca central, la parte más ancha de aquella luna de piedra, el astro que llevaba el nombre compartiendo su luz a su persona. Respeto. Si viera lo que yo entenderías el porqué.

Me quedé en mi lugar, abriendo mis ojos como pregunta y expectativa. Nada. ¿Otra vez nada? ¿Cómo se suponía que fuera un guardián si todo lo que hacía era correr? El destino me mostraría que fui tonto, la línea entre la vida y la muerte algunas veces queda trazada solo por el hecho de que tan rápido y cuanto puedes correr. Mi paciencia se iba agotando, y me cruce de brazos, permitiendo que una media sonrisa se deslizara por mi rostro, como si otra vez saliera triunfante de hacer su pedido. Me observaba, y Gaia testigo de cuanto era capaz de decir con solo una mirada. En aquella oscuridad artificial que creaba su cubierta, los ojos centellaban cual dos lunas gemelas. Su silencio me carcomía, pero mi juventud estaba impaciente de arder- ¿No podemos hacer algo más divertido? ¡Tú sabes…! –Allí estaba de nuevo, aquél vistazo capaz de atravesar cualquier defensa, algo dentro mío me gritaba en creces que incluso los árboles no podían resistirle- ¡Vamos Di--!- Me di cuenta de mi error antes de pronunciarlo, pero mi boca simplemente iba más rápido. Mis manos ascendieron agilmente. Jamás lo suficientemente veloces. El aire me abandonaba, dejando escapar las últimas silabas en un susurro ahogado- ana…- Sentí que mi cuerpo escapaba a la seguridad de la tierra, suspendiéndose a pocos centímetros del suelo. Su agarre era más fuerte que yo, muy a pesar de que le superaba en estatura. Su rapidez había echado atrás la capucha, liberando una larga cabellera pálida como la luna en el cielo. Nuevamente no tenía que decirme nada, estaba todo grabado en sus facciones. Aún no has aprendido la lección. No tienes derecho a llamar mi nombre. La noche se apoderó de mi allí mismo, sumiéndome en su oscuro abrazo. Mis ojos se cerraban lentamente, observando la luna, su mirada hasta que nada quedó.

Igualdad. Yo no la conocía. No comprendía el balance, las razones. Sólo por ser más grande no me hacía ni más fuerte o mejor que ella, mi Maestro. No era un objeto para hacer mi voluntad, no era alguien destinada a servirme. Diferentes, pero partes iguales de un entero. Me tomó mi tiempo, pero eventualmente pude llamarla. Otro eco del tiempo:

Diana

Los ojos del lobo se abrieron al oír las palabras como quien despierta por primera vez, dejando que una cálida sonrisa saliera de sus facciones- Me buscabas, es razón suficiente. Lo que falta, llegará con el tiempo- El guardián no se movió de su lugar, como si estuviera anclado entre las flores- Y si al final el vacío nos alcanza, siempre podemos crear nuevos motivos. Simplemente habla, Leona. Estamos escuchando -
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Re: Ecos del tiempo [Leona]

Mensaje por Leona Boadicea el Jue Dic 19, 2013 8:29 pm

-Tienes la capacidad de volver lo simple… complejo…  - su rostro mantuvo su sonrisa pero ésta no era sincera. Podía notarse en su respiración como el aire buscaba entrar y salir más rápido de lo normal de sus pulmones y, aun así, la postura de la licana era perfecta. Incluso de pie parecía ser esbelta, a pesar de carecer de la altura superior de Mikhele, la amazona Ardwolf de cabellera dorada. Pero era más que su altura lo que ahora determinaba lo que pasaba por su mente y en lo que Leona, la hija del León Ardwolf, estaba convirtiéndose. Sus manos se abrieron, paralelas a su cuerpo, estirando sus brazos mientras volvía a dejarles caer como si fuesen pesadas rocas mientras su sonrisa anterior se  borraba en un bosquejo de insatisfacción y ansiedad – Tal vez he venido para que hagas lo contrario – suspiró sin perder el tono alto de su voz. Ésta temblaba, podía sentirlo. A simple oído era por haber llegado corriendo por tiempo que ni siquiera alcanzó a medir. Pero  la realidad es más profunda que algo así, tan simple e ínfimo, tan secundario como el cansancio físico. El aliento amenaza con cortarse en momentos cúspide para los seres vivos. Se pierde el aliento por la emoción más poderosa, por el tierno abrazo del ser amado, por la ira más profunda que despierta un enemigo y, también, por el golpe inevitable de la muerte ¿Cuál de todas esas opciones había arrebatado el aliento a Leona, la que camina por los dos mundos? Ninguna. Aquello que le quitaba el aliento era tan humillante de admitir como una derrota y en la mirada desafiante y constante de la muchacha, parecía rogar al guardián por una respuesta que, en el fondo, sabía que él no podría darle. Tenía miedo.

Su melena leonina fue azotada de repente por el viento que provenía del norte pero ella no se movió un palmo. Sus ojos permanecían fijos en Oren con una fe que desconocía por qué sentía – He venido para que hagas de lo complejo, algo simple. ¡He venido para que hagas de lo difícil, algo fácil! – su voz se elevó decidida a los cielos mientras los pétalos blancos de los lirios se mecían a la par de su cabellera otoñal. Ese viento que traía mensajes fríos de las manadas ardwolf que aun no recibían las noticias de lo sucedido en tierra extranjera pero que, pronto, lo sabrían. Y en ese momento, no habría palabras que contuviesen el grito de guerra de su propia familia puesto que, en el fondo, en cada centímetro de su ser, en cada gota de su sangre, lo sentía también.- ¡El Gran Galliard declarará la guerra a los vampiros! – elevó su voz la cual emergió de su garganta como un gruñido. Su ceño estaba ahora fruncido mientras sus puños se aferraban de forma tal que las uñas de sus manos se clavaban en sus palmas la cuales ni los castigos ni los entrenamientos ni los cortes constantes habían logrado endurecer del todo.

-No lo ha dicho aun pero lo sabemos…Lo veo en sus ojos. Conozco a mi líder como tú conoces a la tuya…- su mirada permanecía posada sobre él en una mezcla de reproche y , a la vez, ruego. Ir con su madre indicaba recibir una negativa de parte de la bella licana con la excusa de que el líder está ahí por deseo de Gaia y si el Lider desea ir a la guerra, es porque Gaia lo bendice con esa iluminación. Ni siquiera pensaba en pedirle a Niall ayuda para refrenar el deseo de venganza de Galliard ¿Cómo siquiera pensar en pedirle algo así? Su padre había caído y la idea de ver a su mentor enterarse de la noticia le hacía un nudo insoportable en la garganta. Seguramente de haber sido al revés, de ella haber sido quien hubiese perdido a uno de los suyos, no habría fuerza ni licano capaz de refrenar una búsqueda por cielo,tierra, mares e infiernos, de aquellos que les habían puesto un dedo encima. Si él aceptaba la guerra de Galliard, cosa que era casi segura, ella no solo lo comprendía, sino que le acompañaría, así estuviese equivocado. ¿Qué sana el dolor de la pérdida? El honor de la venganza y eso era algo que no podía quitarle. Pero no quería que él muriese tambien sin tener el goce de vengar y extender el nombre de su padre.

Entonces, en esa situación, solo le quedó una última opción. Y fue por eso que corrió por esas tierras desconocidas que conocía aun así. Buscó con sus ojos y luego su olfato. Sintió las marcas y las llamadas de los árboles y, finalmente, le escuchó gritar. Porque aunque él estuviese tan calmo como las aguas del lago, sabía que algo en el interior del licano de plata, el guardián de los Fenrir, gritaba con la furia de las bestias. –Él nos llevará a una guerra para saciar nuestro deseo de venganza con sangre…Pero será nuestra sangre la que beberemos…- confesó sin saber por qué. Una parte de ella sintió asco siquiera al mencionarlo y luego, otra se levantó como un roble ante la tormenta. Cuando las vidas de otros cuelgan de un hilo, el orgullo se vuelve demasiado ínfimo, incluso para alguien como ella. ¿De qué le servía el orgullo a los que ya no podrían volver a pelear?- Ayúdame…No sé con quién más puedo ir. Tienes que ayudarme…-

"Standing still in this rocky boat, chase my mind; takes it´s toll.
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Re: Ecos del tiempo [Leona]

Mensaje por Oren Astvinur el Lun Ene 13, 2014 8:12 pm

- La mente tiene sus formas de… - La frase quedo en el aire, deteniéndose en seco y quedando inconclusa, perdida en la nada. El control sobre las palabras. La mente tiene sus formas de interpretar la realidad, simple y complejo, son construcciones que parten desde la percepción, del conocimiento y la experiencias, es la forma que tienen las personas de dar sentido a los hilos y un mundo que se desenvuelve frente a ellos.  Lo extraño es complicado, hasta que sus formas se adecuan a la concepción de las cuales se jactan los portadores. Podía haber mucha razón en una oración que podía haber sido una simple inocentada, un comentario al aire carente de verdadera intención. Hubo un tiempo en que palabras similares fueron dichas, de misterios que aún no eran revelados. Las causas comenzaban a hilarse, extender su largo y encontrar rumbo. Épocas de costumbres distintas, de visiones jóvenes, mucho más que la que tenía en frente. ¿Sería posible tal propuesta, el avance daría a la simplificación? Aires disimiles y de una fuerza que jamás repite. Hechos únicos, hilos que no pueden volver a trazarse en el telar del mundo, poco es lo que queda estático  en una realidad siempre cambiante. Incluso el tiempo y lugar llegan a ser relativos, pero esos ínfimos instantes son los que marcan pequeños puntos de una línea eterna, fijas esquirlas donde el peso de un sinfín de elecciones queda sostenido. Así es que el eco iba en aumento, repitiéndose una y otra vez sobre sí mismo, relatando acerca de tiempos pasados y sucesos escritos en piedra, el destino revelándose para finalmente desenlazarse.

- La mente tiene sus formas de representar lo que vemos, no solo en lo físico y  que los ojos ven, sino  a cada estrato de nuestra percepción y existencia-  Palabras finales de un viejo chaman. El gris teñía una larga cabellera moteada en mechones sueltos y enmarañados. Las arrugas cortaban la piel cuando demostraba la seriedad de sus palabras, obteniendo un asentimiento repetido por parte del joven frente a él. Era un contraste bastante notable: cabello corto, de un dorado viejo que se mezclaba con el fuerte castaño de la corteza de los árboles. Dos perfectas joyas de plata hacían a sus ojos una vista única.  Sentado de piernas cruzadas, el joven se balanceaba hacia atrás y delante, las manos aferrándose a los pies.  Alto para su edad, aunque su rostro revelaba la verdad de aquel cuerpo. Los brazos y piernas se tensaban con el movimiento, revelando una musculatura que comenzaba a formarse bajo la presión del entrenamiento. ¿Qué me tocara? se preguntó con curiosa ansiedad. Espero que sea uno de los geniales volvió a decir, sus movimientos tornándose más nerviosos y carentes del pacifico temple demostrado hasta el momento. Solo en la oscuridad, conocía las instrucciones de memoria y lo único que restaba era esperar un llamado: su nombre.

Oren.

Se incorporó rápidamente, temiendo las consecuencias de no atender de inmediato. Un fuerte fuego se alzaba en el centro de aquella morada entre árboles, los chamanes daban un paso atrás con cada uno que el joven tomaba hacia adelante. Las sombras los consumieron, y pronto era solo él y el fuego. Lo embargo un sentimiento extraño, de un momento a otro se encontraba sentado, observando las llamas danzar como único interés en el mundo. Curioso y a la vez familiar pero a pesar de ello no tenía forma de darle nombre a lo que veía y sentía. Las figuras se movían de manera particular. Un momento ¿Figuras? El fuego se acercaba hacia sí, ardiente y amenazador, mas el lobo parecía estar interesado en su propia percepción, y no la impresión de su tacto al ser acariciado por el calor- ¿Quién eres? ¿Qué eres? – fue su pregunta, la fogata chisporroteando como si el mero hecho de pronunciar palabra fuera una broma inocente por parte del lobo – Y quiero un animal genial – prácticamente termino gruñendo de cara al abrazador infierno que tenía en frente. Hubo respuesta, tanto más inesperada por el joven.

Y así será, esa es tu voluntad, nuestra voluntad. Su voluntad. Una tortuga, para proteger el verdadero valor, que en su espalda cargue el peso y  a su momento lleve lo que guarda a su destino. Estaremos esperando, siempre viendo, a tu lado transitando.

El fuego se concentró y aulló, abalanzándose sobre el joven como una tormenta enfurecida, cabello ardiente, enormes fauces que se abrieron, atravesando su pecho y saliendo completamente por la espalda, dejando solo la oscuridad tras su paso y una marca  a su espalda, la tortuga que porta, cubriendo y resguardando la verdad. El joven abrió los ojos, no capturando la luz cual luna, sino en perfectas esmeraldas.


-Hacer de lo complejo, algo simple. Me pregunto si tienes idea de la magnitud de lo que pides- a pesar de sus palabras término por sonreír – la sangre llama a mas sangre. Un instinto natural, una consecuencia que atenta contra la libertad y propia vida – asintió, como si diera razón a su propia voz, retornando la instante su atención en Leona-Los espíritus también tienen su voluntad y voz en el asunto, y como tal, se hará oír. El sonido distante de tambores ha de quedar donde debe, perderse en el eco – se incorporó, posando sus manos sobre los hombros ajenos- Descansa tu alma, una guerra jamás ha de librarse sola. –Dio un paso hacia atrás, dejando que sus brazos caigan naturalmente a su lado, alzando la mirada hacia arriba, pasando las copas de los arboles hasta el cielo nocturno- Parece que el viento sopla en dirección a las montañas 
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Re: Ecos del tiempo [Leona]

Mensaje por Leona Boadicea el Vie Ene 24, 2014 5:49 pm

¿Cómo se atrevía? Ella, que nunca había sido buena a la hora de buscar ayuda había cruzado los bosques tratando de llevar la voz de la verdad al licano hijo de Selene. Pero casi como una burla, él le miraba con esas facciones calmas que parecían decir “tranquila, Leona. Siéntate y todo estará bien. Deja ser las cosas y todo por si solo se calmará”. Cada uno de sus músculos vibraba como si fuesen movidos por una energía invisible proveniente de su propio interior. Sin embargo, sus ojos permanecían fijos en Oren tan abiertos como desafiantes, como si estuviese viendo a la cara a un licano atrevido que había cruzado la línea llamándola cobarde. Pero él no había dicho nada de eso, por el contrario. Sus palabras llamaban a la paz como un bálsamo que buscaba alivianar las dudas de la hija de los Ardwolf, heredera también de los Fenrir. Sus cabellos se azotaron de repente, envueltos en la ventisca mientras sus ojos continuaban viendo a la cara a Oren Astvinur. Y de repente todo el afecto que creyó guardar para él y la confusión que atentaba contra su cordura se vio velada. De repente, ese guardián volvía a ser el perro faldero de Fenrir que susurraba a su oído como una sombra. Y fue el recuerdo de ese título mal llevado por esa mujer que para nada servía que desencadenó un gruñido de los labios de la licana de cabellera otoñal mientras movía los brazos de manera veloz, sacándose de encima las manos pesadas de Oren de sus hombros - ¡No me toques! – rugió cual león enfadado, siendo su melena una nube salvaje que se azotaba ahora hacia las montañas, tal como Oren había dicho que estaba yendo el viento. –¡Tu no tienes idea de nada! – elevó su voz a la vez que su dedo derecho señalaba al hombre ante ella, volviéndose una palma que buscó apoyarse en el pecho de él para empujarlo haciendo uso de la fuerza temible que dominaba ahora su cuerpo incapaz de superar el metro sesenta - ¡Hablas de guerra y no sabes nada de ella! ¡Hablas de espíritus y no escuchas nada más que tus estúpidos desvarios! – exclamó volviendo a buscar empujarle, levantando entonces su mano a la altura del rostro y finalizando su ataque de impotencia en una bofetada que buscaría chocar directamente en la mejilla derecha de Oren Astvinur - ¡Los tambores no se detendrán porque, a diferencia de tu inepta líder que prefiere hundirse en su pena ahora, Galliard sí buscará hacer algo de la forma incorrecta! – gritó y con su voz, el viento volvió a gemir llevando hacia delante sus cabellos entrelazados en hebras cobrizas.

-Tú descansa, Fenrir. Ve y coquetea con tu líder y consuélala ahora mientras llora. Yo tengo cosas más importantes que hacer… - gruñó con desprecio mientras le volvía la espalda, sintiendo el temblor de su cuerpo dominar cada uno de sus pasos – Pensé que encontraría ayuda aquí. Pensé que eras algo diferente…- dijo sin volver los ojos hacia atrás, dispuesta a soltar su furia en el camino que se abría ante ella. El mismo que había recorrido momentos antes, buscándole.
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Re: Ecos del tiempo [Leona]

Mensaje por Oren Astvinur el Lun Ene 27, 2014 1:50 am

Ojos cerrados. Hay una línea entre lo bueno, inocente y la simple estupidez de dejar las cosas pasar. Es fácil confundirse, ese es el poder y la maldición de la palabra. ¿Cuándo toca trazar el límite? La mente del licano era una melodía llena de matices y colores. Una serenata dedicada a la noche y sus elementos. Con gracia, cada nota anteponía a la siguiente en un juego travieso que mantenía a la línea del pensamiento. El crescendo de una idea, tan intensa en su sonido clamando por su merecido lugar en la sinfonía. Hilos que van  y vienen, vibrando en cándidos sonidos, muchos ignorando la armonía que entretejen. Animados, sus pensamientos trinaban cuales traviesas corcheas, subiendo y bajando escaleras en un laberinto mental, haciendo eco de las palabras adecuadas. Aquél compas que traía calma, expresada en jóvenes pero marcadas facciones, que aún confinado era capaz de transmitirse. El silencio también es parte de la música, y  en los instantes apenas pasados hubiese sido ejemplar sanador. Los fonemas en su conjunto forman palabras, construcciones portadoras de poder. La magia queda concentrada al significado, pero es su entorno quien desenvuelve y enfoca la energía. Sin intención, lo dicho no es más que vacío, frío como un réquiem que no auspicia final. Los acordes se suceden, finalizando en un estruendoso cierre. ¿Qué rompía con la bella coherencia y concordia? Una desafinada disonancia de sonidos inadecuados, cuales insistentes voces en una noche de paz. Aún si intentaba callar aquello con su voluntad, ya nada podía frenarlo. Un fiero maremoto, la caída de un árbol, el quiebre de la paz.

Ojos que se abren, profundos en su alcance como la intensidad de su color. El licano no movía un músculo pero la observaba, el bosque siendo testigo que solo falta de la luna rompería la fuerza y contacto de su unión. Ahora podía darle nombre y razón a las palabras que amenazaban la perfecta homeostasis. Ladeó la cabeza hacia un lado, como haría quien quiere entender  una lengua desconocida. El viento sopló, y cada flor danzó con este, girando en el mismo sentido que el lobo allí ubicado. El Gran Árbol sacudió su copa, las hojas frotándose una contra otra produciendo un sonido de tempestad. Las costumbres e historias relatan que uno hace al hogar ¿Podría darse un ejemplo a la inversa? Su respiración parecía inexistente como si el entorno hiciera el trabajo por él. Todo cuanto prevalecía era su mirada fija, el ojo de la tormenta. Sí, la mente estaba llena de voces, repleta hasta el hartazgo. Eran raras las oportunidades que tenía para hablar, expresarse consigo mismo. Numerosos desvaríos, de ellos era escucha, confidente, orador solo de la verdad. Cuidado. Labios que jamás pronunciaron, ojos que mostraban una sola cosa. Hija del sol, hija de la luna, nacida y siempre criada en esa fina línea; precaución la luna te ha enseñado y ante ella demuestras descontento y desagrado. Un paso hacia adelante, el sendero se abre con solemne respeto para acunar sus pies. El cobre pierde su brillo y energía con el llegar del oscuro manto. Plata que se alza, iluminando pálida tez, su resplandor mezclándose en el verde y marrón de la naturaleza. Luz pura, de jueza y guardiana, otorga a su hijo su potestad y jurisprudencia. El avanzar se detiene, uno frente al otro, dos figuras perfectas del día y la noche. Los actos atan con cadenas invisibles, haciendo al incauto prisionero y esclavo de su propio descuido. Un paso en falso y el precio a pagar puede ser demasiado alto.

La belleza cuanta lástima traía, entendedor de su consecuencia. Ella no podía imaginar en el momento, pero en el fondo lo sabía, de la misma manera que el sol se oculta cada noche para dar lugar a la luna. Las blasfemias jamás pasan sin castigo ¿Cuánto dolería el frío, el abrazo de espinas? –Si no estas lista para las respuestas: calla- su voz era el ártico, el gélido toque del espíritu. Sin más, carente de explicaciones, volvió a andar. Como una trampa lista, el hacha del verdugo en alto, el viento volvió a soplar, siguiendo su dirección. El suave blanco de pétalos llevados, convertidos en filosa plata por la fuerza de  un suspiro de aire. Cada uno surcó el espacio, acariciando la tersa piel, tiñendo el níveo inmaculado con el rojo del sol. Tras su paso, solo quedaban pequeñas líneas, los rayos del astro rey, marcados en propia piel. Ya entre árboles circundantes, el lobo hizo un ademán. El viento cesó y la escena que quedaba no era más que un colchón blanco con sabanas rojas. Pétalos teñidos en sangre.

-La impaciencia trae el descuido; el descuido a la muerte repentina. Es la muerte quien llama a la guerra- volteó a verla por encima del hombro, notando las marcas que habían quedado en la piel desnuda de la joven. Esmeraldas que otorgaban un discurso sin la necesidad de palabras- Para detener el llamado de la guerra, mejor empezar frenando la batalla en uno mismo.
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Re: Ecos del tiempo [Leona]

Mensaje por Leona Boadicea el Sáb Mar 08, 2014 11:53 pm

“Calla”…Claro. ¿qué otra respuesta podía esperar de él que no fuese apelar al silencio. Según sus propias palabras, el silencio traía la verdad y ésta vez, no mentía. ¿Lo había hecho alguna vez antes? Leona sabía que no; cada palabra que emergía de los labios del licano de plata era tan cierta como que la luna emergía con la noche. Sin embargo, el orgullo naciente en el corazón de la muchacha ardwolf era como una llama inextinguible que se negaba a ceder con caricias de brisa nocturna. Sus ojos entrecerrados como esferas encendidas mientras desafiaba en mirada firme al guardián que le superaba en edad y experiencia. Y a pesar de todo no había forma que esa mirada le hiciese ceder un solo centímetro. Leona era una guerrera. Amaba el combate porque era todo lo que podía comprender. La ley del fuerte era la ley de Gaia y la justicia abrazaba como madre piadosa a aquel digno de seguir viviendo. Lo veía cada día y cada noche cuando una presa era muerta por un depredador. Por un instante, mucho tiempo atrás, ella misma estuvo a nada de volverse una presa en las garras de los no muertos y, de no ser por su padre, no estaría ahora dónde estaba. Semanas antes ese destino volvió a posarse frente a ella, esta vez, siendo Oren quien la salvase de ese trágico final. Y días atrás, fueron las voces del bosque que le pidieron que corriese las que lograron sacarla del camino de las sombras que azotaron sin piedad el concilio y se llevaron numerosas vidas en su paso. ¿Era un mensaje lo que estaba recibiendo con esa serie de eventos? ¿Acaso ese sería su final, sin importar quien estuviese para salvarle?

No. La sola idea de necesitar que alguien le salve le hizo apretar los puños y los dientes a la vez. No era una licana nacida para ser salvada ni por un macho, ni por Gaia misma. La fuerza del sol corría en su sangre como un río embravecido y el fulgor de éste se alojaba en sus ojos como fuego que se niega a extinguirse. Leona era la hija del Otoño, así fue cómo le bautizaron los chamanes Ardwolf cuando la vieron llegar en brazos de su padre, el gran León, guerrero combatiente y compañero del gran Galliard. Ese era su lugar. No era Fenrir porque ellos no merecían que ella lo fuese. Oren dejaba eso en claro con sus palabras y su deseo de callar en un momento en el cual los lobos deben gritar como bestias - ¡Mis hermanos están muertos y pides que me calle! – exclamó volteándose de nuevo hacía él en una tormenta de hebras cobrizas mientras le señalaba de nuevo con el índice al licano guardián, mientras los músculos de sus brazos se endurecían en furia profunda que envolvía todo su cuerpo y ser - ¡Somos Licanos! – gritó de nuevo a la vez que su grito parecía traer el llamado de Gaia misma, meciendo los árboles y las flores a la vez en una danza hermosa y temible de pétalos y hojas - ¡Nuestra fuerza emerge de nuestra ira! ¡Nos transformamos gracias a la ira y caminamos con esta! ¡La ira hace que veamos la luna con forma de lobos! – agregó a la vez que sus pasos le fueron llevando cada  vez más a acercarse a aquel hombre del cual quería alejarse más que nada en el mundo - ¡Y TU LIDER NO SIENTE NADA! – exclamó, en un completo estado de furia que estalla de repente con la luz de mil soles. Sus ojos destellaban ahora ya no con el color verde de las esmeraldas, sino ambarino, como la energía solar que empieza a apoderarse de los irises para terminar abrazándolos por completo. Sus cabellos se habían erizado y su postura estaba tan erguida que ni siquiera el viento de la peor de las tormentas lograría doblegarla. La ira le alimentaba. Ira que se mostraba en forma de lágrimas que caían por sus mejillas a la vez que sus labios y puños temblaban. Ellos habían muerto y su líder no estaba llorándolos. Y tarde o temprano, por gracia o desgracia de Gaia ella moriría también. ¿Qué puedes saber tu, Guardián, acerca de la vida de los Ardwolf? Quédate entre tus flores, hablando con los espíritus. Quizás, con suerte logres comunicarte con los que han caído y le puedas pedir perdón por la incapacidad de sus gobernantes.

-Quédate en tu jardín peleando tus peleas contigo mismo… – gruñó finalmente, con su rostro peligrosamente cerca del rostro de aquel. Con ese estallar de furia y frenesí, Leona había aumentado incluso de tamaño, empezando el proceso de transformación de un licano que es envuelto por la ira. Su voz emergía del fondo de su garganta como una letanía que está a punto de estallar en un aullido profundo – Voy a pelear una  verdadera batalla con verdaderos licanos...- finalizó. Ella misma iría a detener la guerra con sus propias manos. Si ninguno quería seguirle, al demonio con ellos. Ya había visto la muerte antes a la cara… Ya estaba marcada con ésta desde el instante en que vio la luz de la vida.
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Re: Ecos del tiempo [Leona]

Mensaje por Oren Astvinur el Jue Mar 13, 2014 5:12 pm

El mundo no es uno color de rosa, esa parte que se cree bella y de carácter inexorable también tiene su contracara, y en otras, la verdad se tergiversa hasta culpar a lo menos debido. El arte no es excepción. Las motivaciones y sentidos tampoco. Al lobo no le faltaban ejemplos para citar en caso de que la evidencia fuera un deber. Como Fenrir, parte de su vida rondaba en tales circunstancias, y no solo lo visible, el resultado. Para entender y dar con cierre a los incidentes, su cuerpo siempre cambia, la mente adaptándose a nuevas estructuras, ocupando el lugar de otros con relativa rapidez. Su ser, los axiomas a los que respondía, jamás le permitirían sucumbir a las retorcidas representaciones. Un nuevo arte suele surgir con el pasar de los años, pero ciertos límites existen para jamás se cruzados.  El momento en que la mente prueba un negro tan absoluto que pierde su brillo, convirtiéndose en un peligroso animal de insaciable hambre. La vida y la muerte no es un juego, el espíritu es demasiado precioso para considerarlo un muñeco, y lo que se derive de ello  pierde toda belleza y sentido a tiempo en que las reglas se rompen. La destrucción no es arma del justo, sino del cobarde; el temeroso que se alza sumiendo al otro en la oscuridad, jamás por resplandor propio. La malicia no es bella, sino el ego de una persona, la obra de uno y que solo uno ha de entender, el acto más egoísta. El ejemplo más explícito del negativo del arte.

Relatos de tiempos ya muy lejanos, de cuando el mundo tenía un color distinto, mucho más brillante. Si bien nunca había dejado de creer, el resplandor de la plata se apaga con los años, la muerte desgasta los tintes con su frío toque. Sin embargo, el pulso se mantiene siempre latente, hay hechos y eventos que ni la más fuerte tormenta puede borrar. El cuerpo también tiene su papel, causas que no pueden ser negadas. Habiendo mirado aquél simple retrato frente a sus ojos; el instante que tenía observando a la joven licana, su piel se había erizado como haría ante el contacto de suave seda. La caricia de una madre, el acuno de una voz grave que guiaba sus sentidos al temporal descanso. El pasado nunca abandona, es el fiel ejemplo que marca quienes hemos sido, las causas de quienes somos. El mundo es un entramado de hilos intrínsecamente conectados, el verdadero peligro no es quien sabe cortarlos, sino quien puede moverlos para crear un tejido a gusto propio – Si callaras, serías capaz de oírles, de entender cuál es su verdadero deseo. La ira es el camino sencillo. Nunca hay una sola opción y la más apresurada rara vez lleva a buen puerto. No eres un animal Leona, tampoco solo una mujer. Si no encuentras tu balance, temo que hemos perdido sin haber iniciado-

Por un instante que duró un parpadeo, se podría haber jurado que fruncía el ceño, de la misma manera que un niño lo hace cuando las situaciones no son de su agrado. La diferencia se plantea cuando en el mundo de los adultos las apuestas son más altas y hasta peligrosas. Era por tal razón que refunfuñaba en su interior, para nada cómodo con la idea que había encontrado lugar, saliendo a flote para reventar como una burbuja frente a su rostro. El final de una caótica revuelta era malo, sin duda, pero el camino que ella quería trazar incluso peor. ¿Qué belleza hay en la ruptura, la caída y la pérdida? La destrucción es la forma más básica y rastrera de expresión. ¿Por qué las sociedades a lo largo de la historia siempre han venerado en gran medida a seres creadores, figuras omnipresentes y padres del universo? Las palabras tienen poder al generar oraciones, ideas y pensamientos. La fortaleza y grandeza yace oculta en esa creación. Ancha es la puerta a la perdición y lleno de espinas el paso a la salvación- Ve entonces, que las raíces de este bosque no te anclen. Pelea una batalla que no ha de ser. Sólo recuerda que no puedes disipar las sombras con golpes y garras. Aúlla la ira que engendrará más ira. Vacío. ¿Estas lista para cargar con la vida de los que mueren sin verdadero propósito? Un licano usa su cabeza, el apoyo de sus hermanos. Jamás solos, la Bestia solo consume; alimenta entonces el hambre de la muerte- El viento se heló de repente, soplando afilado y peligrosamente cortante. El hombre seguía su camino. Una rueda que atrapa todo cuanto gira. Cielos de rojo carmesí, demasiado tarde para implorar clemencia. La suerte y el destino envuelven y observan, virando sin fin. Un círculo vicioso perfecto: ira que invoca a la guerra, guerra que llama a la muerte, muerte que provoca ira.

Libérate de ello brillante sol, o serán tus propias llamas las que te consuman.
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