La belleza de las rosas reside en sus espinas [Priv.]

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La belleza de las rosas reside en sus espinas [Priv.]

Mensaje por Úrsula Kozlova el Vie Oct 25, 2013 12:16 pm

Su cabello sedoso se expandía en la almohada de seda blanca como la noche arrasa con el cielo una vez que el sol se ha despedido. Sus ojos permanecían cerrados pero su mente estaba despierta, desde hace mucho, pues últimamente lo que más le costaba era dormir…Serenamente. Una serie de pesadillas sangrientas y crueles se colaba en su subconsciente advirtiéndole que el futuro se cernía en ella y…Él, como una soga para el ahorcado. Lento pero seguro. Y, tal vez, si la Joya de la Raza hubiese prestado más atención a lo que los espíritus trataban de decirle mediante aquellas imágenes, hubiese valorado con más aprecio cada instante que sus ojos se deslizaban por su esposo y no hubiera llenado de gélida frialdad y toscos modales cada uno de sus encuentros.

Sin embargo, Úrsula era demasiado terca para comprender que aquellos sueños eran advertencias. La ingenua mujer del aclamado líder Donovan, estaba segura de que nunca recibiría comunicación con el más allá y lo había asimilado hace más de 50 años ya. Por ende, ignoraba todas sus pesadillas como cuando era humana. No obstante, la de aquella noche había sido vívida y terrible. Había involucrado licántropos. Las temibles fieras enemigas de la raza. Por eso, la Reina había mantenido los ojos cerrados por miedo a observar lo que la cómoda oscuridad de su habitación le daba. Pero Ileana tenía otra idea, una mucho más sutil para advertirle a su Reina que había que ponerse en movimiento. Una pequeña luz roja, muy tenue se había encendido al final de la habitación sirviéndole de aviso a Úrsula y bañando la instancia del color de la sangre. Aunque ella ya se había acostumbrado, últimamente era lo único que veía.

La mujer movió con suavidad las piernas sintiendo la caricia de las sábanas de seda y el calor que emanaba su marido a un par de centímetros de ella.  A un par de centímetros de ella. Contuvo el suspiro porque sabía que él estaría despierto o tal vez, si no lo estaba, no quería despertarlo. Se movió hasta apoyar un brazo sobre la almohada y la cabeza sobre su mano, observando cómo la sábana se adecuaba a cada recoveco de aquel cuerpo que conocía como la palma de su mano y los colmillos le dolieron. No por salir, pues desde hace más de un mes que no podía abandonar de forma correcta el frenesí causado por la situación de Gabrielle en el cual, el único y verdadero culpable era él. Se humedeció los labios y maldijo internamente por lo que tenía que hacer. ¿Por qué? Pues había estado alargando aquello esperando que nunca llegara y aunque sabía las consecuencias, lo cierto es que hacerlo haría que las murallas de frío hielo que había levantado contra él se derritieran.

Y, sólo debido a que era una obligación antes de partir, alargó su brazo libre y tomó con cuidado el de su esposo para llevárselo a los labios. Sin siquiera quererlo, más incitada por la inercia y la costumbre, aspiró su aroma masculino y la sed le arrebató la poca cordura que había logrado reunir para llevar a cabo eso. Mordió sin ningún tipo de remordimientos a su marido y pronto el elixir de su sangre corrió por su lengua regalándole un festín de sabores que enloquecía su paladar, Úrsula cerró los ojos ante la delicia y se dejó caer en la cama atrapando su presa con ambas manos sin darse cuenta de que le estaba girando el brazo a Donovan –Y, honestamente, tampoco le importaba-. Una vez que el líquido carmesí pasó a su estómago pudo sentirlo vibrar de emoción mientras la energía que se acumulaba era dispersada por todo su cuerpo. Y ante el éxtasis, y la falta de contacto que por casi un mes habían tenido, la lujuria de la sangre se hizo presente en la Reina  que apretó sus colmillos contra la carne magra del Rey hasta que sus dientes golpearon con el hueso de su brazo. El golpe vibró a través de sus caninos y fue un escarmiento para la fiera que había desatado. La dama rusa parpadeó antes de abrir los ojos y percibir que otras tres luces se habían encendido a causa de Ileana. ¿Cuánto tiempo había pasado bebiendo que Ileana la había tenido que presionar de esa manera?

Apartó las manos del brazo de su marido mientras se relamía los labios con lentitud y gesto pensativo. Ni siquiera se tomó la molestia de dedicarle una mirada y se levantó de la cama dejando tras ella el famoso halo de su aroma a rosas floreciendo mientras su figura envuelta en un delicado pijama de satén negro se perdía tras la puerta de la suite del baño, donde la esperaban los preparativos para su largo viaje.
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Re: La belleza de las rosas reside en sus espinas [Priv.]

Mensaje por Donovan el Dom Oct 27, 2013 11:30 am

Corrían como sombras que huyen del sol matutino. Chocaban unas tras otras como figuras danzarinas que esperaban elevarse por encima de algo más. Él estaba en medio, como en todas las visiones anteriores mientras aquellas formas se perdían en torno a su persona, chocando contra sus propios hermanos a quienes daban muerte. Y a pesar de eso, nada de aquello tenía que ver con Donovan a pesar de ser este el vivo testigo de la masacre. Sus facciones heladas observaban aquello, viendo los trozos destajados de cuerpos que en su momento tenían forma humana pero que la habían perdido, como si algún ser desalmado se hubiese ensañado con ellos. Y en medio de las sombras que gritaban unas contras otras, dando alaridos bestiales como cerdos a los cuales se les arranca la piel, vio una figura que le veía a él. Fijamente…y entendió que así como él la veía, ella le veía también. En medio de ese mundo caótico, infernal, de esa masacre, ambos cruzaron el umbral del espacio y el tiempo para posarse ante el otro unidos por un mismo canto: El de la muerte.

El sueño agregaba un detalle con cada luna, pero nunca llegaba a distinguir la cara de la joven que le veía en silencio. Primero alcanzó a ver una cabellera roja como la sangre que corría por sus venas. En la segunda ocasión creyó ver su piel, pálida como la luna llena…Cada vez que cerraba los ojos volvía a verla y un rechazo instintivo se apoderaba de cada centímetro de su ser, ennegreciendo su alma. Ella era tan brillante como el sol, capaz de consumir sus ojos ante su visión y como estúpidos insectos que caminan hacia la luz, los muertos acudían a su brillo…¿Quién era esa mujer? ¿Por qué al verla sintió el más profundo odio visceral a su hermosa y maldita figura?

A pesar de tener sus ojos cerrados, ese pensamiento giraba en su mente. Desde que los Raphael se habían comunicado con Donovan para poder mantener a línea a los políticos y los medios humanos después del ataque a una de las torres, el vampiro se había vuelto más cerrado respecto a sus pláticas. Últimamente ni siquiera Stefan escuchaba el sonido de su voz, como si toda su atención estuviese puesto en aquellos seres que no caminaban a su lado en el mismo plano, sino en el otro. ‘Cuidado, Ed Uram. Los muertos exigen demasiada atención que tu les estás dando’, le habría advertido el rumano cuando éste lo despachó de su alcoba. Desde que hubo pasado lo de Gabrielle hacía ya más de treinta días, Úrsula se había mostrado helada como un témpano de hielo para con él y sabía que la presencia de su Sombra dando vueltas no ayudaría. A pesar de permitirle cada uno de sus caprichos, incluyendo aquél que dejaba a su esposa volverse ausente para él, Donovan había perdido hasta el deseo de tratar de explicar la razón de sus actos. Desde que pasó lo de Gabrielle, incluso luego que el mismo Stefan le plantease la crueldad que había cometido, el Señor de los Oscuros optó por ignorarle, como a todo lo que estaba pasando en su realidad. Era otro mundo lo que le importaba ahora; el mundo donde ella, la mujer de cabellos de fuego le veía cada noche porque él sabía que, desde aquel maldito averno donde ella estuviese, realmente le estaba observando.

Su respiración era pausada como si realmente estuviese en el plano de los sueños cuando los dedos de Úrsula le acariciaron con calma. Primero parecían tímidos mientras delineaban su brazo para finalmente clavar en éste sus dientes como si fuesen agujas afiladas que atravesaban su piel con extrema facilidad. Donovan no hizo un solo gesto, como si su rostro estuviese embalsamado en un sueño eterno del que la dama de la muerte se negaba a despertarle. Pero en realidad estaba despierto. Cuando ella sentía la sangre de él humedecer sus labios, los ojos de hielo de aquel se abrieron, mirándole en perpetuo silencio mientras le observaba alimentarse. ‘Tonto’, se dijo a sí mismo. Tanto había sido su pérdida en los mundos que no eran donde ella caminaba que había olvidado el tiempo…Aun así, Úrsula no se dejaría morir de hambre y llegado el momento que su enojo fuese lo suficientemente grande como para no querer alimentarse de él, Donovan no dudaría en obligarla. Cuando notó las formas perfectas del rostro de su esposa, apretó las muelas marcando aun más su rostro, sin poder contener el dolor del mordisco que ella le daba en su carne. Quizás era eso lo que necesitaba. Que ella le recordase lo que era sentir con el cuerpo del hombre y no con el espíritu que los muertos se peleaban por consumir. Su lengua delineó sus propios labios pero, en el instante en que iba a decir una palabra, notó que Úrsula se separaba de él, dejando la herida en su piel sin siquiera mirarla para ponerse de pie al instante y caminar hacia el baño. ¿Seguía molesta después de todo?

Si había algo en lo cual Donovan competía abiertamente con Úrsula era en su carácter posesivo y caprichoso. Eso se notaba pocas veces dado que él siempre se encargaba de satisfacer los caprichos de la efigie rusa sin poner preámbulos pero ese matiz en el cual ambos chocaban afloraba cuando él imponía su deseo contra el deseo de ella. Y en ese instante se iba a dar un ejemplo claro de aquello, cuando él se puso de pie tras de ella, caminando como si fuese una sombra silenciosa, marcando aun así sus pasos a la vez que seguía la silueta del cuerpo perfecto de Úrsula por el camino que separaba la cama matrimonial del baño - ¿Qué debo hacer, mi reina, para que vuelvas a hablarme? – preguntó finalmente, rompiendo después de tanto tiempo el silencio que había caído sobre ambos desde aquel maldito día en el cuál él le impidió tomar la vida de la prostituta Gabrielle, hecho del cual se arrepentía cada minuto más. Sus manos se posaron sobre los hombros de ella por detrás, marcando la forma perfecta de su cuerpo con las palmas mientras cerraba sus ojos de hielo y aspiraba el aroma embriagante de su cabello negro como el ébano –Úrsula…¿La quieres? Mátala, no me importa, pero ahora te necesito y tu a mi – agregó, entrecerrando sus ojos a la vez que sus labios se paseaban en un susurro por su oído derecho, finalizando en un suave beso sobre su cuello.
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Re: La belleza de las rosas reside en sus espinas [Priv.]

Mensaje por Úrsula Kozlova el Lun Oct 28, 2013 11:20 am

Había percibido el movimiento de su esposo, pero lo había ignorado a sabiendas de que para él sólo sería otro día normal. O relativamente normal hasta que supiera que iba a poner tierra en medio de ellos porque el lecho matrimonial ya no era suficiente, en su opinión. Sin embargo, cuando cerró la puerta de la suite se dio cuenta que se había levantado de la cama y tensó la mandíbula. No quería cruzar palabras hasta que fuese obligatorio pero, al parecer, él tenía otra idea. Se acercó al espejo para tomar su largo cabello negro, que él amaba suelto, y empezó a tejer una simple trenza para mantenerlo fuera del agua mientras se tomaba un largo baño. Ni siquiera cuando entró a la habitación Úrsula alzó la mirada hacia él, estaba aparentemente concentrada en el “complicadísimo” trabajo de tejer su cabello.

No obstante, él cortó el crudo silencio que como barrera invisible e impalpable se había alzado entre los dos. Disfrutó del sonido de su voz, adentro, dónde su sangre estaba dándole vida le recordaba cuánto lo amaba. Y le dolía. Pero su pétreo rostro no dejó entrever ninguna emoción porque ahora en la misma medida que lo amaba, lo odiaba. Y quería arrancarle la piel a tiras para que comprendiera cómo había destrozado su corazón en pequeños pedazos que ni ella misma encontraba. Dejó que la tocara, pese a que aquello la incitaba a dejarse caer en sus brazos, a abandonar esa infructuosa pelea que estaba haciendo merma en ella y en su alma. Porque, a fin de cuentas, aun teniendo a Ileana, era él su mejor amigo. Con él quería hablar de lo que había pasado pero su dolor se lo había impedido. Quería llorar en sus brazos y que él la rodeara e intentara protegerla de las crueles oleadas de desesperada agonía que sufría su cuerpo y su mente.

Sus últimas palabras amenazaron con destruir la poca compostura que le quedaba a la Reina, pero el perpetuo recuerdo de Donovan negándole lo que le pertenecía por derecho y el descubrimiento de todas sus mentiras seguía palpable en su mente –No- Musitó y movió los hombros con suavidad para apartar las manos de él de su cuerpo. Caminó hasta adelantarse hacia el espejo y tomar de un pequeño cofre de oro un broche para finalizar su trenza. Se giró sobre sus pies y finalmente lo enfrentó. Sus ojos carmesí se encontraron con su mirada de diamante y pese a que los de ella brillaban bajo el color de la sangre y los de él con el del hielo; la de la Reina Oscura era mucho más gélida –Te importaba. Me lo prohibiste. Esto ya no se trata de Gabrielle- Mencionó su nombre pero el tono de voz era tan fiero y seguro que ni siquiera una inflexión de disgusto o asco se notó. Se acercó un paso hacia él y frunció levemente el entre cejo –Se trata de tu desconfianza hacia mí. Se trata de tus mentiras. Se trata de la falsa ilusión de libertad que pintaste para mí durante siglos, Donovan. Y ya no te lo permitiré- Le recorrió con la mirada negando con la cabeza –Tuve una vida antes de ti. Fue corta, sí, pero siempre fui una líder. No tienes el derecho de decirme cómo vivir mi vida porque ni siquiera mis padres me lo dijeron. ¡Ni siquiera Dimitri!. Tú no tienes ningún derecho a partirme el corazón y el alma de esa manera y después ofrecerme la muerte de una prostituta que no vale más que las mismas ratas de las catatumbas de los Lázaro-

Sentía que estaba teniendo un problema de verborrea, y así era. El detalle es que había guardado tanto odio, tantas cosas que decirle durante aquel mes que sentía que no le alcanzaba el tiempo ni el movimiento de su lengua para escupirle todo. –Se acabaron las matanzas por una sonrisa y una mirada. Porque si un vástago puede romper tu rostro, ese que antes era mío- En ese momento le tomó el rostro con fuerza clavándole las uñas sin ninguna misericordia –Y seguir viviendo, todo lo demás en un chiste. Exactamente lo que era para ti, ¿No es así, dorogoy?- Preguntó y, finalmente, usó un tono sarcástico al final de la frase justo antes de soltarle el rostro.

Se giró nuevamente sin esperar respuesta, tratando de componerse porque la rabia que se filtraba en su cuerpo la hacía temblar –Tú necesitas a tu muñeca de porcelana, a tu preciosa estatua de mármol. Pero ya no lo soy. Y yo… - Se humedeció los labios tratando de contener esa estúpida sensación humana de tener un nudo en plena garganta –Yo ni siquiera sé de quién me enamoré, mi señor- Añadió antes de tomar un respiro hondo mientras tomaba dos paños. Lo que le impidió soltar más petulante o doloroso discurso fue el sonido de un pestillo abriéndose dos puertas más allá. Evidentemente, se trataba de Ileana que ante la tardanza se estaba desesperando pues teníamos un estricto horario que cumplir si queríamos llegar antes que los Iluminados a Londres.
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Re: La belleza de las rosas reside en sus espinas [Priv.]

Mensaje por Donovan el Jue Oct 31, 2013 1:40 am

A pesar del silencio que consumía el tiempo que ambos pasaban juntos, a pesar de que él acostumbrase a que sus pedidos de paz fuesen aceptados luego de un momento de molestia, Úrsula respondió con la misma frialdad con la cual le había mirado los últimos días. Reconocía aquella mirada que le atravesaba como una estaca de hielo. Aquellos ojos felinos que veían en el fondo de su ser con firmeza y dolor a la vez. Hacía tiempo que no le miraba fijamente, ni siquiera las veces que él se alimentaba de ella para volver atender sus asuntos los cuales consideraba más importantes que un enojo temporal de su esposa. Pero este enojo había durado demasiado, tiempo precioso que él había dejado pasar por el solo hecho de reconocer que había muchas cosas de las cuales debía encargarse desde que los Raphael hubiesen sido atacados de manera tan sorpresiva y hubiesen mandado a pedir ayuda de los fondos y contactos Donovan para poder mantener a los clanes de sangre lejos del ojo de la humanidad. Sin embargo, los días pasaban y la distancia que su hermosa mujer había puesto para con él continuaba como una brecha que atravesaba la confianza de ambos.

Apenas le tocó, la reacción del cuerpo de Úrsula retorciéndose de forma casi invisible bajo sus dedos le hizo entender que ella también le extrañaba. Pero fue su mirada la que se opuso a aquella reacción, posando sus ojos de hielo sobre la mirada helada de Donovan, casi como una amazona que impone su voluntad contra aquel que le ha ofendido. Y entonces, un solo vocablo acabó con la sonrisa agotada que iluminaba los labios del Señor de los Oscuros. Se había negado a él. De todas las veces que habían tenido una pelea, ella jamás le había dicho que no. Nadie, en su sano juicio, se había atrevido a decirle que no a la cara. Donovan levantó ambas cejas, sin perder aun así la belleza pétrea de sus facciones masculinas, veladas por las penumbras de la noche misma que caía cual manto sombrío sobre sus ojos. Y la negativa de la hermosa mujer rusa fue el inicio de una gran cantidad de palabras. Palabras que él recibía cual rosa de pie que aguanta con firmeza la furia de los elementos. Palabras que buscaban llegar a lo más profundo de él. Cuando escuchó el nombre del antiguo pretendiente de su esposa, los ojos del Oscuro se entrecerraron, clavándose cual agujas sobre ella, casi desafiándola a seguir hablando.

Ella quería silencio, según podía apreciar. Pero ella no tenía idea de lo que era el silencio para él. Orgulloso señor de un clan de Elite; poderoso Líder que controlaba la economía de los clanes de sangre, permitiéndole a su señora jugar a las matanzas porque ella creía que era intocable. Oh, por favor. Nadie la tocaba porque tenía su nombre en ella. No le temían a ella, le temían a él y ella haría muy bien en recordarlo. –Ya veo. ¿Por cuanto tiempo has callado todo esto, Reina mia? – su voz era lenta, gutural como la que emerge del fondo más sombrío de las tumbas. Su mirada helada permanecía sobre su mujer pero, mientras ella estaba enojada, cosa que se podía apreciar en el aroma de su piel y en el color de sus ojos, él estaba helado, tan frío como la noche y distante como el océano. La oscuridad envolvía la fiereza de su carácter creando un magnetismo cortante para cualquiera que pudiese acercarse a su cuerpo en ese instante. Con un movimiento de su lengua, mordió apenas el labio inferior de forma que pudo sentir el amargo sabor de su sangre. Amargo como la hiel, como el veneno que recorría ahora mismo cada centímetro de su cuerpo – ¿Crees que te he mentido? – susurró como un espíritu de la noche, cayendo apenas su rostro hacia la derecha en una mirada que no perdía la frialdad ni por un solo segundo. Sus cabellos alborotados y a la vez, perfectos, movidos por el descontrol del sueño, sedosos como la caricia de la noche. Sin embargo, la piel desnuda de su torso era azulina gracias a los reflejos de la oscuridad, casi como si ésta le abrazase en un gesto lujurioso y enternecedor, dejando que solo un pantalón negro envolviese la parte baja de su cuerpo. –Si ocupases solo un instante del tiempo que ocupas en envenenarte en preguntarme, sabrías que jamás te he mentido – diría. Y su voz estaba teñida en el mismo veneno que ahora recorría su ser. Ella, ingrata como ella sola había cometido una sola estupidez en su discurso y fue nombrar a un ex amante que osó tocar su cuerpo. Si ella le pidiese ahora que él la abrazase, él mismo la empujaría hacia atrás, dejando en claro que prefería la compañía de la más baja prostituta que respirar por un instante su aliento. – Nunca me preguntaste sobre Stefan. Ni siquiera me preguntaste por qué no dejé que tocaras a Gabrielle…- empezó a decir a la vez que se acercaba como un espectro a su esposa, estirando su diestra para envolver con ésta su rostro pálido y hermoso como la luna misma. Pero sus dedos se volvieron garras que sujetaron la forma preciosa de Úrsula y cuando ésta viese los ojos de aquel, vería los de una fiera descolocada y maldita que le observaba desde el fondo más profundo del infierno que significaba el alma de Donovan. Sus ojos ni siquiera eran rojos, sino negros y las líneas de expresión de su cara se habían marcado como nunca antes en su vida. Ella creía que le había visto furioso pero en realidad, jamás lo había hecho. Nadie había visto esa mirada poderosa del líder sobre él, ni siquiera Gabrielle cuando este le dio un golpe de puño en su rostro de muñeca –No hay verdad que te hubiese ocultado, reina mia. Solo una pregunta y hubieses sabido todo lo que querías saber. Pero todo gira en torno a ti ¿no es así? Siempre tú. Siempre tu queriendo hacer lo que quieres; queriendo que te permita hacerlo. Si vieses un poco más lejos de tu propio espejo, Úrsula, notarías que no te lo prohibí por mí, sino por ti. Pero siempre quieres ver…siempre quieres saber más de lo que te incumbe ¿no es así? –preguntó, mientras sus dedos sostenían de manera firme el rostro de su mujer, sin dejar de mirar sus ojos con intensidad. Los colmillos de Donovan comenzaron a formarse en sus labios, perlados como agujas finas con las cuales podría atravesar cualquier cosa, desde piel hasta hueso y sin decir más, atravesó el corto espacio que les separaba para morder sin piedad la piel de su esposa y así, tragar su sangre. Pero solo un sorbo, no más.

Sin medir su fuerza, la echó hacia atrás sin cuidados y se quedó de pie, viendo a su señora. – ¿Quieres saber de quién te enamoraste, Úrsula? Del hombre que compraría el paraíso para ti y lo bautizaría con la sangre de mil clanes. ¿Quieres saber quien soy realmente, mi amor? – preguntó. Su voz se había levantado mientras formulaba aquellas palabras, casi como si escapasen del fondo de su garganta, arrastrando con ellas todo el veneno que había consumido. Ahí, de pie en las penumbras, despeinado y sin camisa, con la piel blanca y los labios rojos así como sus ojos teñidos de sangre, Donovan había perdido su belleza angelical. La oscuridad marcaba más cada facción de su rostro y cada hendidura de su cuerpo, casi como si se tratase de un monstruo que emergía de lo más profundo de las pesadillas – Te enamoraste del Demonio, Úrsula – dijo con gravedad.
Su agudo oído hizo que se girase, reconociendo el sonido de alguien en la habitación. Su mirada se clavó en la puerta y sin mover su rostro, sus ojos volvieron a posarse sobre su esposa – Hum…-
Solo la miró. No hizo más que mirarla en esos instantes en los cuales los segundos se volvieron eternos. Una mirada que congelaría la sangre del más ardiente guerrero. Parecía analizar lo que pasaría a continuación y aun así, su rostro no decía nada.
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Re: La belleza de las rosas reside en sus espinas [Priv.]

Mensaje por Úrsula Kozlova el Jue Oct 31, 2013 11:52 am

Agradeció internamente que Donovan no le respondiera ni le interrumpiera. Pero así era él y hasta cierto punto admiraba la fortaleza y frialdad con la que podía recibir los insultos más petulantes. Sin embargo, sabía que su esposo no dejaría pasar nada de aquello. Lo conocía bien, o eso quería creer. Notó que el nombre de Dimitri había causado escozor en su cuerpo y Úrsula no pudo más que tensar la mandíbula. Lo cierto es que se preguntaba qué creía Donovan que había pasado entre ellos que su reacción siempre había sido tan iracunda y cruel. Aquel prometido ruso ni siquiera había llegado a posar sus ojos sobre la belleza inmaculada de la Reina Oscura pero, supuso, su esposo pensaba lo contrario. Una vez que finalizó su discurso, el silencio se acopló entre la pareja como un viejo amigo. Saludándolos afectuosamente, abrazándolos mientras instalaba una tensa calma entre ambos.

Úrsula cerró los ojos cuando escuchó la voz de su marido y negó con la cabeza hacia su pregunta -¿En realidad te importa saberlo?- Guardó apenas segundos de silencio –No sabía lo que hacías hasta que me prohibiste ejercer mi derecho- Señaló con incluso algo de pena en la voz. Recordar aquello le provocaba punzadas de dolor en el bajo vientre. Abrió los ojos y descubrió que Donovan estaba en esa gélida faceta que odiaba. A la vez tan cerca pero tan lejos y se sintió inmediatamente culpable, pero no dejó que aquello la afectara más de lo que debería pues, ante todo, quién había sufrido había sido ella –Pienso que fingiste darle importancia a cosas que te parecían estúpidas cuando para mí eran muy relevantes. Eso es lo que creo- Mencionó sin apartar su mirada de él. Estoica como estaba no quería permitir que ningún sentimiento se colara en su cuerpo y diera algún tipo de énfasis en su rostro.  No obstante, la forma en la que empezó a hablar su marido fue metiéndose debajo de su piel regalándole escalofríos espeluznantes que no terminaba de comprender.

Se quedó en profundo silencio después de que le incitar a preguntarle. Pero… ¿Qué pareja en el mundo necesitaba preguntarle a su acompañante si le mentía? ¿Por qué habría de haber pensado, alguna vez, la Reina Oscura, que todas sus venganzas eran jueguitos a ojos de su hombre? ¿Qué no se daba cuenta que si hubiese ido a preguntarle aquel día –e incluso los siguientes- habría terminado atacándolo sólo por furia? Úrsula sintió una punzada de depresión. ¿No tenían la suficiente confianza para hablar abiertamente de cualquier tema? ¿Por qué? ¿Por qué tenía que preguntarle? Úrsula nunca tuvo vena de periodista, ni siquiera para investigar asuntos propios porque daba por sentado que durante su emparejamiento todo había quedado a la luz. Ella había sido totalmente sincera. Un libro abierto para su marido contándole las escasas dos décadas de existencia que había tenido sin él. ¿Cuándo se había dañado todo que Úrsula pecaba de “No preguntar”? Su mirada había dejado de lado la fiereza para ser cubierta por una espesa sombra de confusión que convirtió su pétreo y hermoso rostro, enmarcado por su cabello oscuro, en una máscara de estupefacción.

Le dejó acercarse esperando que siguiera hablando sólo para encontrar alguna explicación más sincera de lo que le estaba diciendo. Por ejemplo…¿Por qué demonios no le explicaba ahora porque Gabriella era una prostituta intocable? Oh, no. Había que suplicarle al Señor de Señores que abriera sus deliciosos labios para dar la información. Un destello de rabia volvió a los ojos de Úrsula, un destelló que se inflamó en el momento en el que los dedos de Donovan la apresaron como garras. La mujer observó el cambio cruel en la mirada de su esposo y se preguntó cómo lo había logrado. Aunque un suave y delicioso escalofrío le recorrió el cuerpo, recordándole aquel que había sentido el día en el que lo conoció; Úrsula le sostuvo la mirada a las miles de sombras que pululaban en las orbes de su marido. Les devolvió la misma gélida respuesta porque si era eso lo causante de su separación, Úrsula no se iba a ir sin dar la pelea. Si eran esas sombras las culpables de todo lo que había pasado, le iba a demostrar que ella tenía más derecho sobre Donovan que ellas mismas. Subió la mano hasta la muñeca de su marido y apretó sus delicadas uñas con manicure francés  contra la carne de él tratando de quitarse sus garras de encima.

Y las apretó aún más fuerte cuando osó echarle en  cara su único y mayor pecado: La Vanidad. Sobre todo, por la estúpida misión altruista que iba a hacer ahora. Quería abrir la boca para expresarle todo lo que estaba pasando por su mente. Escupirle en el rostro que el único egoísta acá había sido él. Con la información, con sus poderes, con todo. Pero la tenaza que tenía sobre su rostro le impedía movilizar su mandíbula y, por ende, emitir cualquier sonido. Pero un gemido gutural emergió de la garganta de Úrsula cuando su esposo le clavó los colmillos como fiera descuidada y sin modales. Le gruñó aunque aquello terminó convirtiéndose en una queja cuando su cuerpo débil golpeó contra la pared a causa de su empuje.

Se incorporó con premura sintiendo que de la herida no paraba de brotar sangre que se deslizaba por su piel de porcelana manchándola de un delicioso color carmesí. Pero la Reina no se preocupó de su pérdida si no de lo que decía su esposo –Espero que la primera en bautizar mi paraíso sea esa prostituta- Añadió con una mirada mucho menos fiera de la habitual hasta ahora. El gesto se había convertido en un brillo de pecaminosa curiosidad mientras se vanagloriaba en la imponente imagen de su marido. Siempre había sabido que Donovan era poderoso. Siempre. Pero ahora lo veía desde un matiz distinto. No obstante, el hecho de que su mirada oscura quisiera penetrar en la muralla de Úrsula como queriendo destrozarla con aquellas palabras la molestó. Se acercó hacia él como las luciérnagas que, embelesadas, se acercan demasiado a la luz. No necesariamente por el magnetismo poderoso que ahora emergía de su cuerpo haciendo sucumbir sus instintos más básicos de protección que estaban gritándole que se alejara. Si no, simplemente por la frase que acababa de abandonar sus labios. Alzó la mano para cachetearlo y traerlo de vuelta a la tierra–¿Y crees que eso debe asustarme, idiota?- Le dijo justo parada delante de él con la barbilla alzada en un gesto puro de soberbia –Desde el primer día que te conocí supe que eras más de lo que decías. Mi cuerpo y mi alma me gritaba que me largara. ¿Crees que sólo tus ojos de diamante y tu perfecta forma me sedujeron? ¿Crees que soy tan estúpida y banal? Y sin embargo, Donovan, has tardado 300 años en confesármelo y ni siquiera te lo he preguntado. Sólo he traído el tema a colación y tú has abierto tu bocota por voluntad propia- Señaló y justo cuando abría sus labios para decir algo más la presencia de Ileana llamó la atención de ambos.

Los ojos de la doncella destellaron de preocupación ante la corriente de sangre que ahora humedecía el vestido de satén negro que Úrsula usaba como pijama, provocando que se pegara contra sus pechos. La Reina ignoró el sonido de su esposo y miró a Ileana a los ojos –Retírate. Que todos estén listos cuando baje- Ordenó y la muchacha parecía tardar en entender la orden pues, atenta a su educación, lo que quería desesperadamente era cerrar la herida de Úrsula de cualquier manera posible. Y Úrsula lo sabía. Sabía que usaría cualquier forma. Incluso esa que provocaría que Donovan le quitara la cabeza con sus propias manos –Ileana. Afuera. Ahora- Espetó con más crueldad de la que tenía prevista, pues lo único que faltaba para coronar aquella situación es que la única vástaga con el apellido de Dimitri se paseara por el tambaleante y chispeante ambiente de la pareja real. La niña finalmente logró entender y asintió. Cerró la puerta pero la bailarina rusa no giró sus ojos hacia su marido hasta que escuchó los tres pestillos cerrarse.

Una vez con la privacidad reinante, Úrsula giró su rostro hacia Donovan –Eres un   maldito hipócrita, Donovan. Me acabas de gritar  que soy una egoísta y una mujer llena de vanidad, no lo niego…Tú me conociste así. Pero lo cierto es que en este último mes has estado tan metido en ti mismo, en tus sombras, en ese maldito mundo que te absorbe y que no te pertenece, que ni siquiera te has dado cuenta de  que tu Reina se larga  a Londres por el bien de tu clan y el de la raza vampírica-  Espetó sin ninguna furia, más bien como una llamada de atención a Donovan. Casi, como si para atraerlo cual perro, le hubiese tronado los dedos al frente de la cara dos veces. Se giró sobre sus pies y cogió el paño que había dejado olvidado para limpiarse la sangre que ensuciaba su piel. Se acercó al espejo y tras apoyarse varias veces la toalla la apartó para lamerse los dedos y acariciar las marcas de los colmillos de su esposo recordando con cierta rabia la forma tan incorrecta y descarada en que la había tratado. –Posa tus ojos en el mundo real porque todo se está yendo al infierno- Mencionó y por un momento un gesto dubitativo se coló en su rostro. Se giró con el ceño fruncido – Y, te pregunto, vaya a ser que peque de no suplicarte que me digas algo ¿Es ahí donde lo quieres?- Cuestionó alzando una ceja de forma muy leve añadiendo y fortaleciendo el tono sarcástico de la primera parte de su oración.
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Re: La belleza de las rosas reside en sus espinas [Priv.]

Mensaje por Donovan el Miér Nov 06, 2013 12:11 pm

-Tu derecho…- susurró como si el aliento de la muerte estuviese escapando de las profundidades de su garganta. Las mujeres olvidan con facilidad los lujos que se les otorgan cuando se les hace notar que no tienen el control que ellas creen sobre algo. Úrsula no era la excepción, más por el contrario, era la estricta regla a aquella premisa. Si era una criatura posesiva y celosa antes incluso del abrazo de la eternidad, éste le había amplificado en mucho el matiz más oscuro de su carácter; un carácter que a todos doblegaba incluso a él cuando éste quería complacerle. Sin embargo, pequeñas cosas habían empezado a penetrar en la relación como punzantes espinas y todo había comenzado con aquella noche temible en la cual el Lider Donovan vio con sus ojos oníricos a Raphael siendo consumido por el fuego. Secretos, los hay y muchos. El abrazo de Stefan y el amor que les unía era solo un trozo de nada comparado con todo lo demás. Si ella supiese una sola parte de sus secretos, seguramente entendería remotamente por qué él era tan cerrado con su confianza. No porque sintiese que ella podría traicionarle sino porque sabía que para la Reina lo material y el amor que él le entregaba debería ser suficiente para acallar su femenina curiosidad. – Así es – respondió con calma como si no hubiese escuchado nada realmente importante en el planteo de ella. Realmente no le importaba mucho todo lo que ella hacía mientras ella estuviese a salvo y por los antiguos caídos, ella siempre estaba a salvo, al alcance de su mirada calculadora y vigilante. ¿Le importaba que matase a quienes no le gustaban? No. Úrsula tenía derecho a eso. A tener pasatiempos, sí, pero no necesariamente a imponer su poder y control sobre el Lider de los Oscuros. –Úrsula…- su nombre completo es el preámbulo a un desastre. No había apodo esta vez así como no había cambio mínimo en el músculo más ínfimo de su mirada. Donovan se había endurecido demasiado; un precio que aquellos que caminan con la muerte deben pagar. Eudoxia ya lo había advertido una vez, posando sobre él sus ojos malditos y luego mirando a Stefan, quien conocía todo lo bueno y todo lo malo que el Lider escondía: ‘Si de verdad lo amas, no dejes que la oscuridad le consuma’. Ni siquiera Stefan tenía tanto poder ya. Todavía trataba de sacar explicaciones de lo sucedido a Gabrielle y el Lider simplemente ignoraba su voz como si fuese brisa. Él, su señor, si sire, quien le había dado la vida y la eternidad, salvándole de las garras de la muerte y de los infiernos ¿qué le hacía creer a Úrsula que con ella sería diferente si por un mes se había negado a hablarle? Si a pruebas de poder se trataba, Donovan podía vengarse y con creces de aquello.

Le había lanzado como si se tratase de poco menos que nada. Y en el interior, eso le dolió tanto como a ella y quizás más. En el interior, algo temblaba y miraba por detrás de esos ojos oscuros teñidos de tinieblas, gritando que la abrazase y le pidiese perdón. ¿Aun estás ahí dentro, Peter? ¿Aun arañas con tus uñas rotas para romper la coraza de quien lidera al grupo de Elite de los vampiros europeos? Donovan no tiene tiempo para tonterías. Esa mujer le ha desafiado y debe entender cuál es su lugar. A su lado, sin vueltas ni replicas, sin quejas ni imposiciones. A su lado como su Reina, tal cual habían acordado. La amas como a nadie y te duele ver el dolor en sus ojos. Pero la oscuridad es demasiada para tratar de calmar a la bestia a gritos. El hombre y el vampiro pelean en el interior de Donovan como dos fuerzas que se mutilan entre sí y, por fuera, él solo está de pie, con sus ojos viendo a la mujer sangrante como si fuese una escultura de piedra. Y fue entonces que un solo golpe de su mano, más potente que la caricia más suave hizo que su rostro se moviese hacia la derecha. Los cabellos del vampiro cayeron negros sobre su frente de mármol y sus ojos se abrieron para volver a posarse en la mirada de su esposa. Se quedó viendo tal hombre que no sabe qué decir. Ambas fuerzas en su interior parecían murmurar a la vez  y no decir cosa alguna.

En lo que Úrsula cruzaba palabras con Ileana, Donovan se mantuvo con los ojos puestos en la pared oscura frente a él. Ella lo sabía…En el fondo de su alma la primera vez que le vio, ella lo supo. Él le dijo tantas cosas que eran mentira y ella no las había creído. Sabía cuál era su verdad y aun así, le aceptó. Y no solo eso. Como un desfile de formas en su mente, empezó a prestar atención a las pequeñas “estupideces” que su Reina hacía para entretenerse.
-¿Sabes que ella le quita los colmillos a las doncellas que te observan para que mueran de hambre? – le habría dicho Stefan hacía ya mucho tiempo, cuando Úrsula comenzó a moverse sola en los pasillos de la mansión. Donovan admiraba con demasiada fascinación aquella esquela que Raphael había enviado por lo que movió ligeramente su diestra en señal de silencio –Es la Reina, puede hacer lo que quiera – su voz estaba en otro asunto así como su mente.

¿Cómo pudo ser tan estúpido? Porque así se sentía, como un completo idiota. Ella nunca le negó las cosas, jamás se molestó en cambiar un solo vocablo de lo que se decía de su persona…y aun así, él no escuchó nada porque estaba demasiado ocupado escuchando otras cosas ‘más importantes’. El último planteo de ella rugió sobre su rostro como el aliento de un león. Sus ojos habían perdido el tinte oscuro que le había envuelto anteriormente y la mirada de quien estaba ante Ursula parecía más la de un adolescente contrariado que la de un Lider de la noche. Su rostro se movió de derecha a izquierda, dando con eso su respuesta a su Reina y entonces, finalmente, sonrió. Llenó con el aliento de la vida sus pulmones y por primera vez en mucho tiempo, desde aquella noche en la cual ella le encontró frente a la tumba de los antiguos, el Lider de los Donovan se sinceró – La mandé a violar por seis de mis hombres. Seis de mis soldados la mordieron hasta dejarla sin sangre y luego penetraron en lo más profundo de su ser hasta quitarle el orgullo. Si la matabas en ese instante ibas a sacarla de su pesar. Y hubieses visto de lo que yo soy capaz cosa que, siéndote temiblemente sincero, no quería que vieses – susurró con calma, sabiendo que ni el más sublime de los discursos podría calmar un poco la furia de su mujer para con su persona y por eso, ni siquiera se molestó en adornarlo con apodos dulces o miradas suaves. Sus pasos lentos le llevaron hacia la ventana y cruzó sus brazos ante esta, viendo por la misma. Ella se iba…Y ni siquiera eso él había sido capaz de notar. ¿qué tantas cosas pasaban frente a sus narices sin que las viese? –Que tengas un buen viaje, Reina mia. Seguiré aquí para tu retorno…- no le miró al decir esas palabras. Su rostro continuaba pétreo como una estatua que acaba de descubrir que no es tan perfecta como todos los demás notan – Anhelaré el instante en que vuelva a tocarte. Y en ese instante te diré absolutamente todo lo que desees saber…-
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Re: La belleza de las rosas reside en sus espinas [Priv.]

Mensaje por Úrsula Kozlova el Mar Nov 12, 2013 11:53 am

-Mi derecho- Reforzó con aquella voz cristalina en un tono demasiado agudo. Porque él sabía perfectamente que era su derecho. Él era de ella y, por ende, cuando una Donovan veía a su pareja siendo  atacado, molestado, seducido o siquiera mirado de forma que no le gustaba su reacción era natural…Y fiera. Entonces sí, Úrsula tenía mucho derecho a arrancarle la cabeza de los hombros a la mujer que le había hecho eso a su marido. La respuesta casi vacía de Donovan hizo que Úrsula abriera los ojos con cierta estupefacción. Estaba dándole la razón. Estaba asumiendo que, evidentemente, no le importaba lo que ella hacía para defender su relación. La Reina Oscura sintió que los pedazos de corazón que le quedaban fueron atenazados por un dolor más fuerte que terminó convirtiéndolos en arena. Quiso llorar. Se quedó mirándolo en silencio, atónita, y lo cierto es que ni siquiera la pronunciación de su nombre hizo que saliera de tal estado. Estaba como detenida en el tiempo, con sus ojos carmesí posados sobre la figura terrible de su marido como si, aún después de todo, no le pudiera creer.

Por un simple instante deseó ser atacada por un licántropo. Sí…Que la estatua del Ardwolf de la Biblioteca de Emil tomara vida y buscara con sed de venganza a la Reina Oscura. Que la dañara y la maltratara, que le quitara la vida. Pero que después saliera ileso…Que arrastrara su cuerpo por toda la mansión hasta manchar los pisos de porcelana de la pura sangre de la hematomante hasta dejarla pudrirse en la sala principal a la vista del clan. Y sólo ahí destruir a aquellos que se interpusieran en su camino… ¿Luego? Que el lobo saliera impune a la luz del sol y que Donovan sintiera el dolor de una venganza no llevada a cabo. Porque, obviamente, Úrsula aún pensaba que la amaba pese a que la miraba a través de una niebla oscura y densa llena de maldiciones y muerte.

Pero así, ante sus propios ojos, Úrsula pudo observar cómo sus palabras habían calado hondo en su marido. Desmenuzando aquella telaraña que llevaba en los ojos para descubrir que su esposa no era tan estúpida como pensaba. Que detrás de la fachada materialista, Úrsula había crecido en una sociedad monárquica donde los secretos se servían en el desayuno, el almuerzo y la cena; ahí era donde había aprendido que detrás de una cara inocente nadie busca una mente sagaz. Después de todo, había sido educada para ser la Reina de Rusia.  Lo que le ocasionaba algo de molestia es que aquel con quien había convivido más de 300 años no lo supiera, pero la incomodidad de él la hizo callar y no seguir diciendo tonterías. Había destapado la Caja de Pandora y ahora sólo le quedaba esperar.

Lo que vino de él no fue lo que esperó. Detalló el “trabajo” que se había tomado con Gabrielle y Úrsula alzó ambas cejas. Estaba sorprendida ante la actitud de su esposo pues aunque conocía brevemente su lado oscuro, no sabía si tenía las agallas de llevarlo a cabo. Por lo menos, no sin Stefan. La dama rusa creía que estaba demasiado acostumbrado a que el Demonio tomara las cuentas y las arreglara por sí solo para que Donovan nunca llegara a ensuciarse las manos. Sin embargo, toda la sorpresa que poco a poco se tornaba en excitación por la noticia se convirtió en otro sentimiento…Uno de confusión. ¿Por qué no quería mostrarse como era ante ella? Úrsula nunca temió mostrarle sus cóncavos ni sus convexos, ni ninguna parte de ella.  ¿Acaso no era de suficiente confianza? La Reina bajó la mirada con pesimismo. Sus padres la habrían cacheteado. Después de espetarle que era una fracasada y una decepción para ellos. Por el este camino su vida humana hubiese sido un desastre. Si Dimitri la hubiese desposado él habría acabado engañándola con otra. Se había desviado y desvivido tanto por su faceta más superficial que no le había dado pie a su esposo de ser sincero con ella. Y se odiaba por ello.

La voz de él recurrió a ella como un baño tibio de alivio. No había confiado en ella, pero no cabía duda de que la amaba. Y ella lo amaba a él. Eso podía solucionarlo todo ¿No? Así quiso creerlo. Alzó sus ojos cristalinos hacia él, aquellos que ya habían perdido el tinte carmesí de la furia que ardía en su interior hace tanto tiempo, y observó su perfil apesumbrado. La Reina Oscura camino hacia él y se colocó a su espalda. Con suavidad apoyó el mentón en su hombro y ladeó la cabeza hasta recostarla de la suya. Guardó silencio durante un largo rato, pero no se dio cuenta de aquello porque estaba volviendo a sentir todo de su marido. Su aroma amaderado, el calor de su cuerpo, la suavidad de su piel mientras trazaba dibujos abstractos en su espalda desnuda. Y así pudo percibir la sangre que corría por la muñeca de su marido. Con un dedo siguió la línea de su brazo y atrajo hacia sí la muñeca para lamer la herida y cerrarla. Dejó un casto beso en la zona antes de devolver el brazo a su posición  -Tienes razón. La habría sacado de su miseria. Sin embargo, debiste enviar a toda la guardia. Seis...Bueno, en mi opinión, ni toda la guardia le habría hecho pagar cada mirada altanera, cada tono arisco...Ni la muerte de su Sire- Sonrió de forma pérfida y apenas visible pues la idea de la pelirroja en ese estado le gustaba demasiado. Pero no quería que la idea dispersara lo que de verdad quería decirle a Donovan.

Lo rodeó hasta ponerse entre él y la ventana apoyando su cadera del vidrio.  Su mano derecha acarició el contorno de su mandíbula con cariño, atrayendo su rostro hacia el de ella, antes de descansar sus ojos de diamante sobre los de él –Donovan…Dorogoy- Negó suavemente con la cabeza mientras una sonrisa suave se deslizó en sus labios. Casi pícara. Como si supiera algo que él no - Я пил с вами на протяжении более трех веков. Я впитывал ваши темноте. Я сосала ваша ясность, любовь моя. И никогда не разлюбил свой вкус. Никогда я отверг тени, потому что без них нет света. Вы не должны бояться, чтобы показать, кто вы есть, потому что я знаю, что вы.(*)- Le habló en voz baja y en ruso, porque él sabía que aunque siempre había sido sincera con él, cuando su lengua materna se veía de por medio, Úrsula le hablaba con el corazón en la mano. Además, para una hematomante del nivel de Úrsula la sangre era todo lo que valía, todo lo que necesitaba para conocer a alguien y, obviamente, el sabor de Donovan le era natural y delicioso. Perfecto.

Su mirada se clavó en la de Donovan, que no se la devolvió, si no que siguió mirando a través de la ventana como si de un trance se tratara. Úrsula apretó los labios, varias veces había lidiado con su ausencia, pero ésta era diferente. Estaba analizando lo que había paso. La Reina comprendió que su Rey no sólo necesitaba tiempo si no también espacio. Se levantó acercó sus labios a su mejilla para dejarle un casto beso antes de retirarse para iniciar el viaje que los separaría por tanto tiempo aunque ellos desconocían ese pequeño detalle.

(*) He bebido de ti por más de tres siglos. He absorbido tu oscuridad. He absorbido tu claridad, amor mío. Y nunca ha dejado de gustarme tu sabor. Nunca rechacé las sombras, porque sin ellas no hay luz.  No deberías temer a mostrarte cómo eres, porque ya te conozco.
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Re: La belleza de las rosas reside en sus espinas [Priv.]

Mensaje por Marca de Sangre el Sáb Ago 30, 2014 11:53 am


TEMA FINALIZADO
Todo lo que inicia tiene un final, éste lo han marcado ustedes.

Pero no os confundáis, no siempre tendrán la misma libertad...




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