Ingresa al mundo de las sombras [Eudoxia]

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Ingresa al mundo de las sombras [Eudoxia]

Mensaje por Marca del Lobo el Jue Oct 17, 2013 10:29 pm

¡Que perdone el cielo la locura y la morbosidad que atrajeron sobre nosotros tan monstruosa suerte! Hartos ya con el mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden rápidamente su atractivo, él y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los movimientos estéticos e intelectuales que prometían acabar con nuestro insoportable aburrimiento.  

En medio de un círculo de personas cubiertas por el negro velo de la oscuridad, el hedor de la cera de velas consumidas ahogaba cualquier rastro de otro sentido despierto. El humo era lo segundo que se alzaba en el recinto, a la vez que éste hedía a transpiración y muerte, como las flores que se pudren en el florero de una tumba después de días de abandono bajo el sol.

En el aire se escuchan distintos cánticos prohibidos, palabras entrelazadas como los brazos de la mujer que se encuentra postrada en medio de aquel círculo de humanos. La voz masculina era grave, más potente que las demás y con cada canto que escapaba de su garganta, todo el cuerpo de la mujer vibraba como si reaccionase. Eran advertencias, así no advirtiesen nada. Ellos le decían que estaba por cruzar a un mundo más frío y negro que el alma de todos los presentes. Aquellos que habían llegado a ese otro umbral abandonado por la luz y que ahora cantaban cubiertos por los velos negros de la muerte sombría. Aquellos que dejaron su alma con lo que quedaba de su pérfida humanidad en los recónditos escondrijos de las sombras.

Ella había vivido antes esa escena maléfica. Una muestra de aquello que la memoria marca como si fuese un sello de fuego en el cerebro. Solo que en aquel instante, Eudoxia veía la escena como una observadora más. Se veía a sí misma, desnuda a medida que un ser de las sombras, vicioso como el espíritu más podrido de lo más bajo del infierno. Veía aquellas manos sujetando la piel de su joven forma humana de otros tiempos y volteándole boca arriba mientras su lengua viciosa acariciaba las formas de sus cuerpos. Ella, que lo creía tan sublime, tan precioso, la muestra más perfecta de poder, ahora veía todo tan diferente desde su punto de visión. Aquellas manos eran garras y esa lengua era áspera como la de las cabras. Cada centímetro de la piel de quien posaba su ser sobre su cuerpo virginal parecía cubierto de ampollas pero la joven muchacha que representaba su belleza de otra vida, parecía no notarlo. Y entonces Eudoxia levantaría la cabeza y vería a los presentes. A la luz tenue de las llamas mundanas, cada uno de ellos eran exactamente igual a la bestia que doblegaba a la muchacha.

La mujer lo veía todo como una testigo silenciosa, escuchando los gemidos y los sonidos de aquella orgía de carne y formas. Sin embargo, nadie parecía prestar atención a su ser porque, en realidad, ellos no la veían. Ella no estaba ahí. Aquello era un retazo de su memoria y, como todos sabemos, la memoria es una amante traicionera. Todo pasaba, aquella escena que debería haber sido la situación más exquisita y el recuerdo más fantástico de su vida, ahora era algo repulsivo y repudiable. ¿Qué pasaba en aquel encuentro? ¿Qué le hacían a esa niña? No era más que una niña, ahora que la veía. Ahora que veía su piel blanca en medio de esas manos cubiertas de llagas en carne viva. Fue entonces que Eudoxia notó algo en la habitación que no había notado antes. De pie, en una de las puertas, una entrada de piedra cavernosa, era observada por una figura negra, como la más oscura de las sombras. Y a diferencia de los que llevaban a cabo tal acto ante sus ojos, ésta figura le veía a ella. Podía sentir que la veía a pesar de ser un recuerdo…¿Era un recuerdo?

Su presencia era helada y sus ojos rojos. Solo eso podía notar. No podía saber género o edad, raza o forma, puesto que solo sus ojos estaban ahora a la vista de ella, y como quien ha sido señalado por la cruel parca, al verse victima de esa mirada, sintió que el terror más humano, aquel que no sentía desde que era una niña y temía a las sombras, volvía a invadirle. Y se volvió a sentir niña, y se volvió a sentir  vulnerable.

¿Cuánto duró aquel cruce de miradas? El tiempo en ese mundo no existe y sería difícil adivinarlo. Pero de un momento a otro, la figura le volvió la espalda e ingresó al umbral oscuro que se encontraba detrás de él. Solo cuando él se aleja, Eudoxia deja de sentir esa opresión, ese temor. ¿Qué es esa figura? ¿Qué hace en sus recuerdos?
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