We we're meant for each other [Flashback - Donovan]

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We we're meant for each other [Flashback - Donovan]

Mensaje por Úrsula Kozlova el Lun Sep 23, 2013 9:45 am

Su pose final había sido perfecta, como toda su rutina. Sus ojos claros se habían fijado en el punto inferior del iluminador que bañaba su delicioso cuerpo con luz blanca señalándola como la estrella principal de aquel show en el que se encontraba –lamentablemente- rodeada de amateurs. Su mentón se elevó recibiendo con adoración cada uno de los aplausos y ovaciones que el público estaba dándole.  Sus manos finalmente descendieron y comenzó a caminar al frente mientras el resto de los bailarines armaban una fila horizontal detrás de ella. La Joya del Ballet, Úrsula Kozlova, se inclinó rígidamente hacia el público que estalló en vítores nuevamente. Ni siquiera ahí la mujer deslizó una sonrisa en sus labios, sabía que se merecía eso y mucho más. De forma casual paseó la mirada por el público buscando aquellos ojos de cristal por los cuales había danzado aquella noche, no los encontró pero en su rostro sereno no se coló ningún gesto de ofuscación.

Su atención fue solicitada cuando el director se acercó a ella para entregarle un inmenso ramo de rosas rojas al que ella agradeció dándole un beso en la mejilla y antes de que las cortinas se cerraran para darle fin al show, Úrsula miró de nuevo al público con una pequeña esperanza de encontrar al hombre pero nuevamente no lo hizo. Cuando las pesadas telas la ocultaron de la vista del público, devolvió el ramo de rosas al director con un seco –Gracias- Y comenzó a caminar de vuelta a su camerino. Pero había un par de sorpresas en el camino. Más de un de los bailarines así como interesados en hablar sobre ballet y el desarrollo de éste en Austria la interrumpieron, pero Úrsula – como casi todos los días- no estaba de humor para socializar justo después de una obra. Pero lo que colmó su vaso fue una mujer que insistió en presentarle a su hija –Le ha encantado mirarle. Ella es tan buena como usted. Desde pe…- La mujer acalló sus halagos a su hija cuando la fría mirada de la rusa se alzó hacia ella desafiante y sin una pizca de amabilidad en el rostro. Ni siquiera un milímetro de sonrisa –Discúlpeme, si su hija fuera perfecta como yo, ya sería famosa. En Rusia me conocían desde los seis años. Así que por favor, no interrumpa mi camino con este tipo de insinuaciones porque necesito descansar- No esperó la respuesta de la mujer que, evidentemente se quedó estupefacta ante la cortante respuesta de la bailarina pues, como  muchos, esperaba que fuese simpática y carismática. Úrsula la esquivó con la misma gracia de siempre y finalmente se acercó hasta su camerino que quedaba en la parte más alejada del teatro para evitar molestias innecesarias.

Se detuvo un momento apoyando las manos en la puerta cuando se hizo consciente del dolor que tenía en los pies. Estaba totalmente segura de que le estaban sangrando. Con la gira, los últimos shows habían provocado fisuras que hoy, seguramente, se habían roto. Su humor fue de mal a peor.

O por lo menos hasta que abrió la puerta.

El misterioso hombre por el que había estado bailando aquella noche se encontraba en su camerino. Su mirada cristalina se clavó en la de ella y ella le respondió con dureza por demasiadas razones entre las que se encontraba su ausencia durante la clara devoción que el público le brindo, el salto a la seguridad que hizo para ingresar en su camerino privado, el hecho de que estuviese tocando sus flores y por último, muy debajo de aquellas particulares excusa, estaba la sorpresa, el miedo e incluso la excitación de que un desconocido estuviese acechándola en sus aposentos. Rompió el silencio con una pregunta y la dama respondió con aparente serenidad –Úrsula Kozlova- Murmuró mientras cerraba la puerta con lentitud dándoles privacidad pero muy alerta por si tenía que gritar con fuerza por ayuda. La forma en la que mencionó su nombre le provocó un escalofrío que, hasta ahora, no sabría diferenciar entre placer o miedo -¿Y usted?- Cuestionó la bailarina esperando una respuesta rápida. Su tono era bastante demandante empezando a sentirse nerviosa por la forma anhelante en que la miraba el hombre.

Ella había avanzado un par de pasos para poder cerrar la puerta pero cuando el hombre se acercó hacia ella, sólo por inercia, retrocedió hasta pegar la espalda contra la puerta. Recordó vagamente, mientras sus manos frías acariciaban su piel, que ella estaba comprometida pero eso no evitó que se sintiera cómoda y extraña ante la caricia mientras sus mejillas se coloreaban de carmesí y su corazón latía más rápido, más fuerte. La presencia de aquel hombre la avasallaba y aunque bien podría ceder ante él, tomando en cuenta que era el primero en tocarla de esa manera o, más bien, tocarla en general; hoy no sería ese día. Fue el agregado después de su nombre lo que le llamó la atención y soltó una risa petulante antes de subir su mano  y tomarla apartándola de sí antes de soltarla con cuidado –Aún no soy Reina, señor. Dimitri está cumpliendo servicio. El próximo año me desposará…Y aun así su padre sigue vivo- Aclaró sin comprender a lo que Donovan se refería y finalmente salió de enfrente de él para caminar hacia el ramo de rosas que esperaba frente a su peinadora. Se inclinó para percibir el aroma de las rosas y cerró los ojos disfrutando de éste durante un plácido rato antes de sentarse  frente al espejo -agradeciendo el descanso a sus maltrechos pies- mirando el reflejo del hombre, cual sombra negra, detrás de ella. Sintiéndose, curiosamente, protegida pero vulnerable –En todo caso puede tratarme de princesa, por el momento- Mencionó alzando su mirada pícara hacia él mientras sus manos empezaban a retirar los pequeños ganchos que sostenían parte de su cabello fuera de su hermoso rostro para permitirle bailar. -¿Cómo accedió a mi camerino? Lo vi en primera fila- Reconoció que lo había visto con  tranquilidad mientras paseaba la mirada por el cuerpo de Donovan imaginándose que Dimitri sería igual a él, imaginándose cosas que no debería. Deseando que fuese así o de lo contrario estaría decepcionada toda la vida. Ansiando que sus ojos fueran tan únicos como los de ella, esperando que su aura fuese tan fuerte como la de… Donovan. Curioso…No había dado apellido. ¿Sería un sirviente? No tenía pinta de ser uno. Tal vez un guardaespaldas. Subió la vista hasta la de él nuevamente esperando que le respondiera.


Última edición por Úrsula Kozlova el Miér Abr 16, 2014 12:06 pm, editado 1 vez
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Mensaje por Donovan el Vie Abr 11, 2014 9:09 pm

El solo aroma que emanaban esas rosas chocó con su olfato generándole repentino desagrado. Pero fue entonces que comprendió que no era por los pétalos de las mismas, dado que era una de las fragancias favoritas de Donovan. Lo que en realidad le generaba fastidio era aquella sensación de verlas como si fuesen un desafío hacia él y todo lo que él representaba. Ese nombre palpitaba aun entre la belleza de aquellas flores. Oh, ¿por qué no las había quemado apenas les vio? Pero la atención hacia las rosas rápidamente mermó cuando el hombre de mirada de diamante posó sus ojos en la dama que abría la puerta. Esa mirada que solo una mujer como ella podía tener, capaz de quebrar el escudo más fuerte y hacer hervir la sangre de quien le observase. Ya no era su danza lo que le había hipnotizado, sino que era todo su ser. Y cuando pudo aspirar el aroma que emanaba de su piel…de su deliciosa sangre, comprendió que eso iba más allá incluso de cualquier razón que pudiese buscar en ese momento. Había tenido tantas mujeres como habría deseado y ni siquiera una podía jactarse de tener ese aroma que emanaba de ella. Embelesado como quien observa una obra de arte, Donovan no dejaba de ver sus ojos, tan transparentes como el hielo. No importaba su belleza, el señor de la oscuridad comprendía lo que era el control y siempre hacía lo mismo con cada una de sus víctimas. Primero se acercaba cual pantera al acecho, como un demonio que envuelve en sus alas negras a las pequeñas criaturas de alma pura para luego dar un solo mordisco que acabase por completo con su aliento y sentir así el éxtasis de la unión y del placer cuando el corazón vivo de ésta aun se detenía, palpitando cada vez más lento. Pero ella era diferente y lo notó porque, a pesar de emanar de su piel el aroma al miedo, le alejó, caminando hacia el espejo para verse reflejada en él. Lo notó más cuando el nombre que emanó de sus labios le hizo sentir como si su propia sangre ardía y, a pesar de todos los formalismos que un hombre debe seguir en el acto de cortejo, así sea con una víctima potencial, su mirada se deshizo, clavándose en la que ella le devolvía desde el espejo y luego, en las rosas rojas.

-¿Dimitri? – susurró en voz baja, repitiendo el nombre de aquel casi como si fuese una letanía. No quería olvidar su nombre y seguramente no podría así pusiese en ello todo su empeño. Ella, la mujer que había ido a buscar estaba comprometida. Donovan aspiró el aire como si le sirviese de algo y sus pasos lentos comenzaron a acercarle, pausadamente hacia la efigie femenina de la bailarina. Sin embargo, había hecho algo que la dama no notaría puesto que fue en el instante en que ella le dio la espalda: trabar la puerta. Pobre de aquel desdichado que siquiera pensase en tocar la misma estando él ahí y buscase quitarle la atención de esa rosa negra tal como lo hicieron esas condenadas flores.

Mientras más se acercaba, el aroma de aquellas chocaba más y más de cerca y fue por ese instante fatal en el cual los ojos del vampiro se posaron en la tarjeta que rezaba ese nombre maldito. Su rostro estaba pétreo como si de una estatua se tratase y fue entonces que, casi como si escuchase la voz de ella, cantando por encima del perpetuo silencio que volvió a clavar sus ojos como dos dagas en la mirada cristalina. ¿Qué era ese vestigio de dudas que mostraba en las facciones de mármol de su hermoso rostro, tan  blanco como el alabastro? - ¿Crees que he venido en nombre de ese tal Dimitri? – preguntó. Su voz grave emergió de su garganta casi en una mezcla perfecta de burla y, a la vez, misterio. ¿De verdad eso era lo que representaban esos ojos diamantinos posados sobre su fisionomía? Y fue entonces que la seriedad desapareció de sus labios y una sonrisa se formó en estos, entrecerrando los ojos mientras posaba ambas manos heladas sobre los hombros ardientes de ella, sintiéndolos como si acariciase por primera vez el paraíso. Se regocijó cuando aspiró el aroma de su perfume mezclado con su propia piel y, muy en su interior, con ese torrente que corría en ríos rojos y volvían a colorear sus hermosas mejillas. – ¿Por qué tratarte como una princesa si lo que mis ojos ven es una reina? – preguntó lentamente, agachándose apenas hasta que su rostro se posó en el hombro desnudo de la mujer. Ambas miradas por un instante se fusionaron en el espejo como si una llamase a la otra y era porque, efectivamente, una llamaba a la otra. Casi como si ambos existiesen en la misma tierra por la misma razón y después de tanto tiempo se hubiesen encontrado. ¿Ella entendía aquel magnetismo que desprendía como una reina demoniaca que envuelve toda la luz con su presencia oscura? Sí. Y él no solo sabía eso sino que, en cierta medida, era algo que le fascinaba. ¿Cómo un rey no puede identificar a su reina? Él, el mismísimo demonio estaba mirando a los ojos de una mortal, perdido en estos como si no hubiese universo alrededor de ambos. Que bella era, sobrenaturalmente hermosa.

-Acceder a tu camerino fue la parte más sencilla…- comenzó a decir mientras sus labios acariciaban la oreja de Úrsula, sintiendo en esto el metal de sus hermosos aretes, tan indignos de tocar su preciosa piel – Por la puerta… -sonrió mientras su aliento le acariciaba,  tan helado como el gélido invierno. Y por un solo instante, en aquella visión del espejo,  los ojos de hielo del hombre parecieron adquirir un tono carmesí. Solo el instante que dura un pestañeo; solo ese segundo que él se dedicó a mirar su propio reflejo. Pero era tan poco el tiempo que podía dedicarle él a mirar una imagen cuando bien podía sentirla con cada centímetro de su ser. –Úrsula…- acarició de nuevo su nombre con un placer incapaz de ser reproducido por ningún amante de ningún otro tiempo mientras ella sentía como él aspiraba el aroma de su cuello y sus cabellos negros como la noche – Eres la mujer más fascinante  que he visto en toda mi existencia- comenzó a decir en un susurro eterno que solo ella podría escuchar puesto que hablaba directo a su oído, grave y enigmático como un caballero gótico que emerge de la más profunda oscuridad. Había visto el mundo entero y no había joya tan brillante ni dama más preciosa como la que ahora acariciaba con la punta de sus dedos, casi saboreándole con ellos – ¿Qué clase de tonto es capaz de admirarte una sola vez y luego acceder a alejarse de ti enviándote flores que se marchitan como lo hace la fotografía que seguramente guarda en su patética mente? Si tu fueses mía, Úrsula…no habría un solo instante en que no te demostrase que eres mi reina y que no hay joya en este mundo digna de ser usada por tu perfecto cuerpo. Haría lo imposible posible solo por complacer tus deseos. afirmó. Tal como si sus palabras fuesen un encantamiento maligno, los pétalos de las rosas comenzaron a caer, marchitos como si hubiesen absorbido el otoño mismo en forma de agua.  Pideme el mundo, reina mia, y este será tuyo...-
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Re: We we're meant for each other [Flashback - Donovan]

Mensaje por Úrsula Kozlova el Miér Abr 16, 2014 12:05 pm

Las gráciles manos de Úrsula sabían exactamente qué hacer sin necesidad de que su mirada diamantina estuviese guiándolas. No, sus orbes brillantes estaban clavadas en la oscura figura del hombre que estaba detrás de ella. Las horquillas negras se desprendían de su suave cabello provocando que las hebras, tan negras como el ébano, cayeran libres sobre sus hombros perfilando su perfecto rostro.  Úrsula asintió con suavidad cuando preguntó el nombre de Dimitri. Ella nunca lo había visto, tampoco a ninguno de sus amigos ni allegados. Lo único que recibía de él eran las rosas rojas cada cierto tiempo y nunca comprendía cómo llegaban a su camerino. Era un lindo detalle a encontrar, tomando en cuenta que amaba esas flores, pero sin duda; para aquella que iba a ser su esposa el gesto más agradable sería ponerle rostro al hombre que iba a pasar el resto de su vida a su lado. Y sí ese rostro se parecía un ápice al del hombre que tenía a su espalda, cuyo reflejo en el espejo eran tan hipnotizador como tenerlo de cerca; entonces sería la mujer más feliz del mundo.

A Úrsula le dio un vuelco el corazón cuando aquel hombre comenzó a acercarse nuevamente. La inquietaba pero al mismo tiempo sentía una inmensa curiosidad que le mantenía el cuerpo pegado a la adorable y flexible silla que soportaba su peso. Observó el ligero cambio en sus facciones y un escalofrío de muerte atravesó su columna vertebral con fiereza provocando que su piel de alabastro se erizara, sus manos –que ya habían terminado con su cabello- se posaron sobre los reposabrazos tratando de aparentar una serenidad que por dentro no tenía –No lo sé. Los amigos de Dimitri tienen la manía de entrar a mi camerino con frecuencia sin que yo lo sepa.- Mencionó y al oírse frunció levemente el cejo –Pero usted se ha quedado- Concluyó con un tono de ligera extrañeza antes de sonreír bajo el efecto de su sonrisa. Casi por inercia. Su rostro taciturno se había iluminado tras su gesto otorgándole aún más belleza de lo que Úrsula esperaba. ¿Sabía él lo atractivo que era? Estaba segura de que sí. Parecía un ángel. Un ángel oscuro.

Cuando sus manos se deslizaron por los hombros de Úrsula, ella no pudo hacer nada para evitarlo. Sentía el peso de aquellas manos masculinas y, por primera vez en su vida, no rechazó el contacto humano. Pocos habían sido los que habían posado sus labios sobre su mano en un gesto claro de saludo pero más allá de eso, Úrsula no había dejado que nadie se acercara lo suficiente. Todos eran demasiado indignos para ella. Aparte, evidentemente, se reservaba para su esposo. Pretendía llegar absolutamente impoluta hasta el altar. Pero… ¿Cómo podía evitar el hechizo que aquel demonio hecho hombre le había otorgado?  ¿Esta era la tentación de la que hablaba la Biblia? ¿Era un ángel caído lo que tenía tan cerca? Sin duda su aura se parecía mucho a lo que describían. Atrayente, espectacular pero con un deje peligroso que te secaba la garganta. La respiración de la mujer se hizo más profunda y pesada, lenta y parsimoniosa y sus palabras hicieron eco profundo en su mente y en su alma. Los ojos de Úrsula se anclaron sobre los de Donovan con intensidad. ¿Acaso ella entendía qué era lo que estaba sucediendo? No, no tenía idea. Pero bajo la sombra y protección de él; de aquellos ojos de diamante que nada tenían que envidiar a los suyos, se sentía segura y más allá de la perfección.  Sentía que estaba en el lugar en el que debía estar. El lugar en el que el Destino quería que estuviese. A su lado, siendo su Reina.  

Por un momento quiso besarlo. Quiso que la besara. Quiso entregarse y sellar aquel pacto. Aunque desconocía cuál era.

La voz de Donovan susurró nuevamente en sus oídos invitándola a por más aunque las palabras eran sólo nimiedades que respondían a sus preguntas que, literalmente, le parecieron estúpidas. La dama rusa incluso ladeó suavemente su cabeza hacia él aceptando la caricia de su helado aliento y reconociendo su aroma masculino mientras una suave sensación cálida se extendía por su cuerpo. Él no estaba haciendo nada demasiado fuera de lo protocolar pero aún así Úrsula sentía que tenía sus manos alrededor de todo el cuerpo, que la acariciaba entera con el sonido de su voz y con su aura, poseyéndola y atrayéndola al lado oscuro. No dejó de mirarle a través del reflejo menos aún cuando un destello rojizo en sus ojos llamó su atención, tras aquello el mencionó su nombre y la bailarina despertó brevemente de aquel trance en el que se encontraba sumergida. Había algo…En él…Que…No pudo terminar de hilar el pensamiento porque volvió a invadirla con su tono de voz.

Arrugó brevemente el ceño pero aquel gesto se suavizó cuando una fugaz sonrisa se elevó en sus labios carmesí a causa del cumplido. Incluso tuvo el osado placer de ruborizar sus mejillas pálidas. Amaba que la halagaran pero viniendo de él, todo tenía más peso. Cuando habló sobre las flores, Úrsula no pudo más que mirar con desinterés las rosas rojas que estaban en su mesa. Era un hermoso ramo, un gran detalle pero ella siempre terminaba dejándolas en su camerino restándole importancia porque no pensaba cargar con ellas hasta su hotel. “Haría lo imposible, posible, sólo por complacer a tus deseos”. Aquellas palabras tan hermosas resonaron en su mente con sadismo. Él era cruel al proponerle aquello. Quería ser suya ¿Cómo no? Pero había demasiados obstáculos. Instintivamente se acarició el pesado anillo de oro que era la cumbre de su compromiso justo antes de apretar la mano y su rostro se llenó de dudas aún más cuando las rosas empezaron a marchitarse. La dama rusa palideció un momento y algo en su interior encendió la luz de alerta.

Su mirada reposó nuevamente en  Donovan y su mente poco a poco empezó a hacerse preguntas. Volvió a repetir sus cuestionamientos -¿Quién eres en realidad, Donovan?- Inquirió mientras alzaba una de sus manos y delineaba con suavidad la línea de su mandíbula sintiendo su piel extrañamente fría y evitando que volviese a acariciar su oído o su cuello. Quería que la mirara -¿Qué tanto poder tienes que podrías darme el mundo?- Volvió a interrogar con curiosidad –Y… ¿Cómo es que planeas deshacer mi compromiso sin que la vergüenza recaiga sobre mi familia y sobre mí? Es imposible- Dejó de tocarlo con premura y se levantó de la silla, girándose con gracia para hacerle frente. Ella se sentía alta e imponente contra mucha gente pero al  verse frente a él pensó que su movimiento era … una tontería pero intentó que aquella incertidumbre subiera hasta sus ojos.  Su vista ya no estaba nublada por el hechizo del demonio, sino más bien clara y decidida. Él había dicho todas las palabras que quería escuchar, la había hecho sentir deseada y querida. Era un demonio. Era el demonio. De este tipo de asuntos hablaban en la Biblia. No le permitiría que la tentara de esa manera. Ella era más fuerte que la oscuridad –Soy una mujer comprometida y no pienso traer la desgracia a mi familia por un oscuro hombre que me atajó en Austria. No te conozco. Nadie te conoce. Tu nombre no resuena en la realeza de Austria. ¿Quién…eres? ¿Donovan qué?- Preguntó acercándose a él tratando de presionar con su presencia para que le diera una respuesta sincera y apoyando un dedo acusador sobre su pecho.
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