Éxtasis nocturno

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Éxtasis nocturno

Mensaje por Layla Leblanc el Dom Sep 22, 2013 10:50 pm

Acaba de alimentarse, el éxtasis es visible en el mar agitado de aguas oscuras que son sus pupilas. Camina y con cada paso el ruido de sus tacones hace brotar el eco de las paredes, la capa aterciopelada vuela con el mismo impulso de su andar creando una ficticia sensación de libertad. ¿Quién puede llamarse dueño de si mismo? Aún los inmortales son lacayos del tiempo, el mismo que les despoja de la cordura condenándolos a una eternidad de suplicio y decadencia. No. La sola idea causa pavor en Layla pues sabe que cada segundo la acerca irremediablemente al mismo camino que el gran Raphael transitó y que se convirtió en el final de su existencia.

Una inmortal con mentalidad mortal. Un vampiro con temores mundanos.

Los labios inflamados, naturalmente sonrojados por la presión anteriormente ejercida y la sangre corriendo como un caballo desbocado por sus venas marchitas. La visión de la mujer lázaro con su canasta, aferrada al brazo amputado, emerge como un viejo fantasma y gatea entre sus recuerdos. Las facciones desencajadas, la voz dulce y espesa deslizándose por su espalda mientras el cuerpo del lobo se desangra dejando un manto escarlata en el suelo, como una macabra decoración producto del bosque y su humor retorcido.

Layla deja que su mano derecha aferre con fuerza el dije que cuelga de su pecho y la ansiedad parece ceder conforme las yemas de los dedos reconocen la textura labrada en el camafeo. Se detiene, y por un momento el rojo sangre de su capa parece engullirla por completo. A la izquierda las paredes se recubren de un color neutro y el arte comienza a florecer mientras el ambiente invita a la relajación. La sala de entretenimiento donde guerreros y cortesanas se mezclan en pos de la satisfacción momentánea donde lo único que prima es la necesidad de olvido después de una ardua batalla. A la derecha la luz de la luna invade el pasillo hasta envolver en sus delicados hilos de plata al guerrero que no encuentra descanso más que en sus armas. El patio de entrenamientos donde todas las artes de defensa y ataque se entrelazan para forjar a los soldados más entrenados del clan.

La mujer cierra los ojos intentando calmar sus sentidos sensibilizados por la reciente alimentación y opta por el último camino. Cuando el suelo se torna irregular bajo sus pies deja que por primera vez las ondas oscuras de su cabello se hagan visibles en contraste con la palidez inalterable de su rostro. ¿Cuántas veces estuvo en aquel sitio? ¿Cuántas veces ese suelo la vio caer para levantarse cansada pero con la frente en alto? Sus ojos se estrechan anulando cualquier recuerdo inadecuado, seleccionando con cuidado los que desea que formen parte de su pasado aunque la historia ya esté escrita y su destino probablemente marcado.

Toma una de las espadas olvidadas en la sección de tiro al blanco y observa su reflejo en la hoja afilada. Las pupilas aún levemente dilatadas son sólo la evidencia más palpable de su condición. La casi inexistente brisa le produce un dolor dulce en la piel, al igual que el roce de las telas que cubren su cuerpo y el sonido de las hojas desprendiéndose de las copas de los árboles que rodean el fuerte son como un murmullo confidencial, una íntima comunión entre el bosque y su existencia nocturna.

- ¿Qué es lo que quieres? - El sonido de su propia voz le hace descubrir tonos desconocidos aún ahora, matices que rozan lo inverosímil y que podrían abstraer a una meditación profunda al más insensible de los mortales.

Pero Layla no necesita de ninguna sensibilidad especial para percibir esa esencia, la primera que experimentó en su despertar a la existencia plagada de oscuridad. El precio a pagar por la inmortalidad, el único que no quisiera volver a pagar.
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Re: Éxtasis nocturno

Mensaje por Evans Cromwell el Lun Sep 23, 2013 2:56 pm

Aun sentía el agudo dolor penetrando por su capa de piel, extendiéndose por entre los dedos de su mano derecha. Estaría inutilizable por un tiempo, pero al menos, gracias a los cuidados del viejo Lucius, seguramente recuperaría el control de sus dedos con real rapidez. Como si fuese un instante que pasa ante sus ojos ambarinos en cámara lenta, Evans recordó el momento en el cual la bestia emergía a sus espaldas con las manos abiertas, mientras sus fauces sangrantes amenazaban con arrancarle el brazo por completo, obligándole así a perder la más útil de sus armas. Pero su reflejo fue instantáneo y en lo que dura un pestañeo, Evans logró salir ileso de esa situación, dejando un cuerpo sin vida volviéndose hombre justo en los bosques que había ido a vigilar. Cerraba con lentitud su mano, uniendo sus dedos en la palma de esta, notando como la venda se arrugaba con cada movimiento de sus falanges y, a pesar de todo, no podía evitar hacer un gesto de dolor. Era como un manto de electricidad que envolvía sus formas cada vez que trataba de estirar los tendones de su falange por lo  que optó por dejar en paz su mano y dejarla descansar cómodamente en el interior de su bolsillo.

Sus pasos apenas se sentían mientras caminaba con lentitud por aquel lugar descubierto, donde el sol no podía llegar al amanecer, al menos, no directamente. Cada centímetro de la fortaleza de Raphael estaba erigido de forma que permitiese el máximo uso por parte de sus centinelas, logrando que la mansión en lugar de recibir el sol del amanecer, le diese la espalda, para solo dejar que los abrazos indirectos del destello llegasen a sus patios. Su visión estaba perfectamente adaptada a las formas nocturnas pero, aun así, mientras caminaba, paseaba la vista sin ver hacia nada en particular. Y entonces, sus pasos le llevaron como si estuviese poseído, causando el sonido de sus pisadas el quiebre del perpetuo silencio. La había visto, claro que sí, desde las penumbras de los pasillos. Y de no verla, solo bastaría con cerrar sus ojos y sentir el aroma que traía consigo el aire para reconocer a la perfección la presencia que estaba ahí.

Desde que volvieron de la cacería; desde que el grupo se disgregó, había hablado con Eliah de lo sucedido y también con Arcueid, pero no con Layla. La verdad, y era algo que todos sabían, Layla y Evans casi no hablaban desde la fatídica noche en que él regresó de España con las noticias de la muerte de Dimitri. Empezó a dirigirse hacia la cazadora de cabellera oscura que tantas veces había acariciado entre sus dedos pero la voz de ella le congeló en el sitio, cerrando los ojos al instante, para esbozar por acto reflejo una sonrisa en sus labios. Seguía manteniendo el mismo encantador carácter de siempre; de ese capaz de lanzarle una estocada si él se acercaba más de dos pasos a su cuerpo. – Nada en particular…- susurró con lentitud, abriendo sus ojos ambarinos a la mujer para mantenerse de pie justo donde aquella frase le había dejado. La suave y húmeda brisa movía con lentitud algunos de sus cabellos, pero no se comparaba con el movimiento que provocaba en la melena espesa de la amazona de mirada de hielo ubicada frente a él -  Te vi sola desde allá…- señaló con su mano buena el camino desde donde él había llegado y posteriormente, apretó los dientes en una sonrisa forzada – Layla, sé que últimamente no hablamos y respeto que no quieras hacerlo pero, te conozco…- susurró con lentitud, sin mirarla directamente. Algo en él le decía que cuando estaba por meterse en terreno peligroso, lo mejor era no mirar a los ojos a esa amazona. Demasiado dura para exponerse voluntariamente a algo referente a su sentir o sus inseguridades; no sumaba con ella jugar a prepotentes; ni siquiera en aquel tiempo lejano en que ambos estaban juntos - …Y no necesito que hables conmigo para saber que algo está pesándote. – agregó. Y solo en ese momento, se permitió verle a los ojos - ¿Estás bien? – preguntó, finalmente.
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Re: Éxtasis nocturno

Mensaje por Layla Leblanc el Miér Oct 16, 2013 11:42 pm

Sus dedos se tensan alrededor de la empuñadura de la espada de forma casi imperceptible justo antes de voltear completamente hacia él y dejar que el arma cuelgue como una extensión de su brazo hacia el suelo. Luego, observa con detenimiento el estado del guerrero que no parece interesado en sostenerle la mirada. ¿Cuándo fue la última vez que intercambiaron palabras sin que fuera estrictamente necesario? ¿Qué no rehuían de la mirada del otro?

Sólo la mano de él parece estar resentida por alguna batalla reciente y Layla dedica unos segundos más de su atención a ese detalle. No necesita mirar directamente hacia la dirección que señala para percibir el justificativo en sus palabras. ¿La conocía realmente? La respuesta grita en sus oídos pero finge no escucharla para mantener la calma superficial que permite que esa conversación se desarrolle. No, no la conoce. De lo contrario no estarían manteniendo ese diálogo ahora, no serían dos extraños que compartieron demasiado como para actuar con naturalidad.

Se gira junto con la brisa que agita sus cabellos hasta que el guerrero queda a sus espaldas y coloca con cuidado la espada sobre la rudimentaria mesa de trabajo que le llega un poco más arriba de la cintura. La madera herida del mostrador parece lucir con orgullo las huellas producto de años de entrenamiento, mostrando los diferentes usos que tuvo antes de ser utilizada en la sección de tiro al blanco.

-  Es curioso  – los pálidos dedos de la guerrera recorren la superficie áspera de la madera mientras habla aún sensibilizada por la alimentación reciente – Siempre te vi como un niño grande y tomé esa  característica como una virtud.

La capa de terciopelo que cubre su cuerpo es desprendida con un rápido movimiento y colocada sobre la mesa un par de metros a su izquierda, dejando al descubierto la correa  que rodea su muslo manteniendo el arma enfundada al alcance de su mano.

- Que te mantendría a salvo de la locura, que no dejaría que el paso de los años te sometiera al delirio eterno  – extrae el arma y la eleva hasta la altura de sus ojos extendiendo los brazos hacia el frente y ajustando la mira pero sin accionar el gatillo – Pero parece que en eso también me equivoqué  – deposita el arma sobre la mesa con cierta desaprobación y siente el amargo sabor de la ponzoña inundando su boca mientras esta vez se decanta por las dagas que resplandecen en su cintura – Siempre aborrecí a los lázaro ¿Crees…? – Pero la pregunta flota inconclusa en el aire antes de enredarse entre las altas copas de los árboles que rodean a la fortaleza, justo cuando Layla advierte que está en presencia de un desconocido y no de su compañero, porque del Evans que recuerda no queda más que una cáscara vacía. Una burda imitación del que si la conocía, de con quién valía la pena compartir sus pensamientos.

- Si, estoy bien – Su voz sentencia el final de un tema que no llegó a desarrollarse mientras la daga surca el aire para incrustarse en el centro de un blanco ubicado a una distancia prudente. ¿Cómo confiar en Evans cuando todo a su alrededor evidencia que él no confía en si mismo?
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