Animae [Donovan, Privado]

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Animae [Donovan, Privado]

Mensaje por Grizabella Argento el Dom Sep 22, 2013 9:04 pm

Entrarás tu sola, Grizzy. No temas a mi Señor

La voz de Ileana -tu salvadora- resuena en tu mente conforme caminas por el pasillo hasta la gran puerta de arce y bronce que enmarca la entrada al estudio que Donovan, líder del clan, utiliza en ocasiones. No entiendes por qué Ileana no puede entrar contigo, te sientes indefensa y nerviosa, tiemblas imperceptiblemente conforme te acercas al lugar, tu corazón te traiciona al sonar estruendoso contra tu pecho; ¿por qué el Señor de los Oscuros, te pide entrar sola?, quizá no eres de su agrado y terminará con tu existencia y no quiere testigos, quizá a su Reina no le gusta la cercanía de otra niña y por eso debes marcharte, o quizá -y solo quizá- Donovan tiene algo que decirte.

Cierras los ojos y tomas aire, llamando con un leve temblor a la puerta, misma que se abre casi al contacto, dejando ver el enorme entorno, las paredes cubiertas de libros de piso a techo, el enorme ventanal de pesados cortinajes rojos y dorados, las sombras que arrojan las lámparas sobre los muebles de patas curvas y elegantes, y el brillo de un par de ojos que, en la oscuridad, destellan detrás de un librero, sin dejar ver a su dueño. Das un respingo y penetras en la estancia, con la cabeza baja y los dedos entrelazados al frente, mordiendo suavemente tu labio inferior con nerviosismo, vislumbrando en medio de tus espesas pestañas la efigie de Donovan al pie del ventanal, con la luz de la luna bañanado su pálida piel y sus rasgos siniestros y temibles. Sientes que el corazón saldrá de tu pecho en cualquier instante, el temblor de tu cuerpo se hace un poco más visible conforme caminas hasta llegar finalmente ante el hombre, permaneces de pie, jugando unos instantes con tus dedos en el paroxismo del nervio hasta que finalmente haces una reverencia profunda y te arrodillas ante el vampiro, sin levantar la mirada, con la cabeza baja.

-Mi Señor Donovan. Ile... Ileana me ha avisado que... que usted solicitaba mi presencia-

Musitas entrecortada, con el temor palpitando en tus sienes. Nunca fuiste buena para encuentros tan serios, y menos, cuando sabes que tu vida puede estar en juego. Tragas saliva suavemente y aprietas las manos en un intento de controlar aquel nerviosismo que parece crecer en medio del silencio; has escuchado tantos relatos acerca de Donovan desde tu llegada, que ya no sabes si creer o no en ellos; la pareja real te inspira temor y respeto, una reverencia que nunca antes sentiste por nadie y que temes cause problemas. Respiras profundo y te atreves por primera vez a levantar la mirada y clavarla en el hombre que aún está de espaldas a ti. En esos instantes de silencio, anhelas el suave susurro de Lucrecia e incluso, de las voces extrañas que por las noches, te exigen atención

-Mi Señor... Si en algo lo ha ofendido mi persona... Le suplico me perdone-
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Re: Animae [Donovan, Privado]

Mensaje por Donovan el Dom Sep 29, 2013 8:02 pm

-¿Ella lo sabe? – la voz de Stefan es un susurro del cual emerge un vaho profundo como si trozos de su alma echa niebla pasease entre sus labios mortecinos. El rincón cubierto de sombras era el sitio predilecto de él, ocultándose como un ánima maldita para mantener sus ojos posados en su temible protegido. Donovan se mantenía sin verle, ojeando papeles que estaban dispersos en su escritorio de roble, descartando cartas que poco importaban por felicitaciones que eran fácilmente omitibles – No. Puede que lo sospeche, pero no lo sabe – susurró el Lider echando un sobre sin abrir al fuego encendido donde ardían los leños que los esclavos acababan de encender para él – Ed Uram, es cuestión de tiempo. En sus ojos vi aquello que cubre los míos cuando alguien se atreve a acercarse a ti – su voz era tan sombría que parecía emerger de cualquier sitio, menos de su garganta. Era como si envolviese aquel lugar y escapase de las mismas paredes adornadas. Con la diestra, el Lider echó hacia atrás sus cabellos negros como trozos de ébano, haciendo un gesto de frustración ante la gran cantidad de correspondencia que habían dejado en su escritorio esperando despertar en él el más mísero gramo de interés. Tomó todo con ambas manos y se puso de pie. Sin rodeos, las echó al fuego  para ver como el papel era consumido por las llamas, volviéndolos nada. –Sus ojos muestran muchas cosas, Stefan. – diría sin el menor cambio en sus facciones de piedra, viendo como la temible energía del fuego volvía aquellas formas trozos de ceniza muerta. Iba a decir algo más, pero un sonido a sus espaldas hizo que ladease apenas la mirada hacia la puerta de roble. Desde las penumbras en las cuales se mantenía como una gárgola intacta, los ojos de Stefan se movieron cual trozos rojos de rubíes titilantes ante el fuego. Solo éstos se veían en las complejas formas de las sombras y no vacilaron un momento siquiera cuando la puerta se abrió, permitiendo el paso a una criatura. No mediría más de un metro sesenta, y eso era darle demasiada altura incluso. Donovan ni siquiera le miró cuando ella ingresó. Los papeles en el fuego se  habían deshecho y solo la luna iluminaba la piel pálida de su cuerpo y sus gestos adormecidos y severos a la vez. ‘Ileana’ ese nombre aun despertaba un profundo rechazo en su interior. Apretó sus labios y la forma de su ceño se deformó en una mueca de desagrado.

En tanto, desde las sombras, los ojos de Stefan estaban posados sobre la criatura como un animal salvaje que analiza profundamente a su presa antes de lanzarse sobre ella. Desde su sitio, podía aspirar el hedor a temor que desprendía de cada uno de sus poros. Cerró sus ojos que se habían vuelto escarlatas y recordó aquel encuentro con la pequeña muñeca de la esposa de Donovan. Esa niña estaba cubierta con el aroma de Ileana, quien era para él tan prohibida como la misma Úrsula. Mujer tonta, con sus celos y su deseo de poder había buscado humillar a la sombra de Donovan y ahora, presa de su propio orgullo, le negaba la cercanía a esa preciosa criatura. ¿Quién era esa niña que ahora esperaba en el despacho del Lider de los oscuros? ¿Qué traía sus pasos temblorosos y su voz tímida a presentarse ante el gran Donovan y su Sombra implacable? A medida que ella se presentaba, los labios de Stefan dibujaron una sonrisa sutil. Estaba aterrada y eso, por alguna razón, le generaba un placer malsano en cada centímetro de su condenado cuerpo.

Donovan se mantenía sin mover un músculo. Escuchaba lo que ella decía sin siquiera hacer gestos de estarle oyendo. Finalmente, su voz puso fin a tal presentación – Cállate – susurró con voz sombría mientras volvía sus ojos grises a la pequeña figura frente a su escritorio. La analizó un instante sin formar el más ínfimo rasgo de sonrisa en sus labios mortecinos. ¿Era esa la niña de la cual le habían hablado? Lo que no terminaba de entender era por qué razón, Úrsula había permitido que su muñeca, tuviese una muñeca para ella misma. Hasta sonaba descabellado pensarlo. Sin embargo, no era eso lo que había llevado a la muchacha a su presencia. Había otra razón de fondo para aquello. Ella no era como Ileana, era diferente. Tenía algo que la hacía realmente especial y que, seguramente, había sido la razón por la cual la habían convertido. Los segundos que pasó examinándola desde su sitio le permitieron entender qué había de anormal en ella. El aura a su alrededor atraía las formas místicas que pocos podían ver y ella, desde su posición, tenía la facultad, no desarrollada, de verles. –Me han dicho que estás a cargo de Ileana Romanov ¿Ella te ha dicho algo acerca de tu particular condición? – preguntó tajantemente. Stefan se mantenía desde su sitio, sin emitir palabra alguna. Sus ojos se abrieron en dos gemas escarlatas que permanecían escudriñando las formas pequeñas y puras de la criatura, acariciando con sus ojos la piel casta de ella. –Grizabella, no temas…- susurró Donovan, volteándose por completo para ver más directamente a la muchacha, sin evitar sentir la fascinación de su sombra oculta en la oscuridad con la pequeña – No te haré daño. Stefan tampoco. Deberías perder la costumbre de disculparte por cosas que no has hecho. De haber hecho algo que me hubiese molestado, no te habría mandado a llamar, habría hecho que te traigan arrastrando a mi presencia ¿Entiendes la diferencia, pequeña?- preguntó con su mirada implacable, con un destello de goce plasmado en su mirada, como si el hecho de advertir de semejante forma su poderío, le causase satisfacción.
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Re: Animae [Donovan, Privado]

Mensaje por Grizabella Argento el Dom Sep 29, 2013 9:05 pm

Contienes la respiración conforme el tiempo pasa, el corazón late desbocado en tu pecho, cual si mientras más estruendoso fuese, más oportunidades tuvieses de salir entera de aquel lugar. Su voz firme y cortante te hace dar un respingo y retroceder ante lo imperioso de su voz, respiras entrecortada y cierras los ojos unos instantes, deseando que en lugar de la fuerte voz de Donovan, acudiese a ti la dulce voz de Lucrecia, con sus matices maternales y tiernos, con esa forma tan sutil de explicarte el mundo de los no-muertos. Nuevos susurros que se enredan en tu cabello, algunos te conminan a mantener la calma, otros, parecen gritar que tengas cuidado con el Señor Oscuro, y uno más, uno solo, te hace desviar la mirada de la espalda de Donovan y las llamas que parecen consumir algo, hacia el rincón oscuro donde antes, creíste haber visto un par de pupilas mirarte desde las profundidades; tu mirada se entorna mezcla de curiosidad y temor, estás a punto de sucumbir a la curiosidad propia de la edad pero es la voz de Donovan la que nuevamente te trae a la realidad por su dureza, ocasionando que bajes la mirada otra vez, clavándola en el pulido suelo de mármol.

-Así es mi Señor, Ileana es mi... hermana mayor-

Susurras quedamente, has titubeado por que no sabes realmente que es la pequeña vampiro para ti; le estás agradecida por salvarte la vida y por haber intercedido ante sus Amos por ti, pero no te pasa desapercibido el desagrado del Gran Señor hacia su persona; tomas aire una vez más, intentando que tu nerviosismo se mantenga bajo control, antes de levantar la mirada apenas y posarla fijo en las llamas de la chimenea, más allá de la efigie de Donovan y de los rojos orbes que sabes, te observan.

-Ileana no ha dicho mucho sobre mi "condición", por que ella misma ignora mucho del tema. Mi madre... Digo, mi creadora, Lucrecia, lo llamaba "El susurro de la Muerte" y pudo explicarme tanto, como ella comprendía; una sola vez me dijo que era un Don de las Sombras, y que si no aprendía a controlarlo, terminaría como un Lázaro... No se que quiso decir realmente con eso-

Musitas de pronto más suelta, siempre el recuerdo de Lucrecia te reconfortaba al grado de olvidarte de dónde y ante quien te encontrabas; mas sin embargo, el fuerte viento proveniente de ninguna parte hizo bailar las llamas de la hoguera y te trajo de vuelta al presente, solo para darte cuenta de que en un instante, tenías los claros orbes clavados en Donovan. Parpadeas y ahogas un jadeo de sorpresa ante tal arrebato tuyo, bajas la cabeza con rapidez y cierras los ojos, rogando que no lo tomase como un desacato, con el corazón nuevamente acelerado y el aroma a miedo, destilado en cada poro de tu piel.

Calma pequeña Grizabella... No temas

Las palabras de Ileana parecen repetirse una y otra vez en tu mente, como un mantra que te mantendrá segura y a salvo; lentamente, las palabras del vampiro supremo te hacen abrir los ojos y lentamente, levantar la mirada hasta posarla con toda la inocencia del candor que llevas por dentro, adherido a tu esencia y a tu aroma. ¿No debes temer?, ¿ni a él ni a Stefan?, ¿quién es esa persona de la que habla?, ¿acaso hay alguien más ahí?, ¿acaso Stefan es el dueño de aquellos orbes carmesí que te miran desde las profundidades?. Suspiras un poco más serena, solo el tenue temblor de tus cabellos denota lo asustada que aún te encuentras, mas sin embargo, agradeces que haga la aclaración tan marcada acerca de sus acciones. ¿Entiendes esa diferencia crucial?. Claro que si.

-La comprendo, mi Señor-

Musitas, bajando de nuevo la cabeza en señal de respeto, aferrando tus manos con fuerza y respirando seguido un par de veces hasta que el temblor de tu cuerpo disminuye hasta ser imperceptible, y el ritmo acelerado de tu corazón se vuelve el rítmico tamborileo de siempre; tu piel pálida y nívea deja de transpirar aquel aroma a miedo e incertidumbre, siendo reemplazado por el sutil aroma de la inocencia vestal, de la niña-mujer que nunca ha sido tocada por mano alguna, por hombre vivo -o muerto-, la sutil fragancia de la virginidad incluso en la no-vida.

-Perdone mi impertinente curiosidad, ¿quién es Stefan?-

Musitas sin poder evitarlo, llevándote una mano a la boca apenas pronuncias las palabras, cierras los ojos dos segundos y respiras profundo, bajando de nuevo la cabeza ante su persona y sintiendo esa incómoda sensación de ser observada. Decides entonces, tratar de amortiguar aquella curiosa afrenta, con una pregunta más directa, una que te ha rondado la cabeza, desde que llegases a la Fortaleza Donovan.

-Gran Señor... ¿Es cierto lo que dijo Ileana?, ¿que usted... Usted también los escucha?-
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Grizabella Argento
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